Jesús sigue llamando igual que hace dos mil años, y nos elige en nuestro hábitat. A veces en lo cotidiano de nuestras vidas, cuando parecemos distraídos en nuestro quehacer; y en ocasiones en medio de nuestras búsquedas, cuando no estamos satisfechos con la propia vida. En cualquiera de estos dos momentos, su llamada nos consuela y, si es el caso, nos arranca de la monotonía o del sinsentido.

Creo que quien no se descubre llamado/a, no llega a ningún lugar. Le basta con ir pasando la vida. Pero nosotros, los creyentes, podemos descubrir que Dios nos llama en Jesús y en la Iglesia, y que a través de este llamado redefine nuestra vida.

En los evangelios encontramos que los primeros apóstoles fueron llamados, en dos distintos lugares:

-En el mar de Galilea, según el relato de Mateo, Marcos y Lucas — cfr. Mt 4, 18-22; Mc 1,16-20; Lc 5, 1-11 —.

-En el río Jordán, según San Juan — cfr. Jn 1, 38-39 —.

Veamos:

En el mar de Galilea: es probable que nos veamos reflejados en Simón y Andrés; Santiago y Juan, a quienes Jesús ha sacado de su pequeño mundo. De un solo golpe, Jesús trasciende sus habilidades. En adelante, el trabajo que en verdad saciará sus vidas no se limita a la pesca para subsistir, sino a buscar personas a quienes salvar.

La llamada sucede en el mar. Esto evoca el éxodo, la liberación de Israel. Es también la frontera con el mundo no judío. Jesús embarga a las dos parejas de hermanos, los lleva a contemplar un futuro superior del que habían imaginado. Debieron pensar en la libertad de sus propios condicionamientos. En cuanto se experimentaron llamados, supieron que serían enviados; no sólo a liberar a los de su propio pueblo, sino también a los paganos.

En el río Jordán: podemos dar los primeros pasos para seguir a Jesús. Aquí el llamado viene como consecuencia de la búsqueda de los discípulos de Juan Bautista. Han sido bautizados y parecen ansiosos de estrenar su nueva vida; esperan un cambio radical en la sociedad. Están deseosos del reino de Dios, y de encontrar ya al Mesías que Juan anuncia.

Uno de estos dos discípulos era Andrés, hermano de Simón Pedro. Imaginémoslo siguiendo a Jesús. A cierto momento de avanzar detrás de Él, junto con el otro discípulo, como si fuesen cachados, Jesús voltea y los interroga: “¿Qué buscan?”, y ellos responden de una forma espontánea: “Maestro, ¿dónde vives?”, —parecen ingenuos—. Se asemeja a la pregunta de un niño que se prueba a amistar con cualquiera. Es como si dijeran: Queremos saber todo de ti, tus rudimentos diarios para vivir. A una pregunta como esa, casi tierna, fascina otro tanto, la respuesta de Jesús: “vengan y lo verán”. Les permitió encontrarse en la intimidad de su vida. Juan el evangelista parece mostrarnos que el lugar en que pasaron la noche, más que un lugar local, digamos una vivienda formal, fue un espacio de relación en el universo espiritual de Jesús. Se puede decir que entraron en la relación divina/humana del Mesías. Les invitó a ver dónde vivía, porque no es algo que pudiese describirse con palabras, sino que se comprende mejor a través de la más inmediata experiencia.

Pudo ser una prueba de la sensación ideal de comunión en la futura comunidad cristiana. De ser así, estos discípulos comenzaron a ser expertos en Jesús más que en la doctrina. Y así, cuando en el futuro sean enviados a evangelizar, lo primero que han de anunciar, no será un conocimiento doctrinal, sino el gozoso de su relación personal con Jesús, y su experiencia de comunión con Él.

Si el lugar donde estos primeros discípulos pasaron la noche con Jesús es un espacio de relación, nosotros de igual forma cabemos allí, y nos hacemos contemporáneos, nuevos discípulos.

Preguntémonos:

  • ¿Qué habría sido de estas buenas personas si no hubieran sido alcanzadas por Jesús?
  • ¿Qué sería de mi vida si no mantuviera una relación estrecha con Jesús?
  • ¿En cuál de estos dos lugares: el mar de Galilea o el Jordán fui llamado/a? ¿Cómo fue? ¿Cómo estoy siguiendo a Jesús en medio del mundo y en su Iglesia?

Describe tu experiencia de haber estado con Él. Compartamos en familia o comunidad.

Oración:

Maestro, ¿dónde vives?

¡Déjame ir contigo para ver!

Perdona que me haga el invitado.

Déjame estar contigo hoy y siempre.

Y allí, enséñame.

Que me pruebe en vivir de ti

de la comunión que esperas entre nosotros,

y de la comunicación de vida y de amor

que tienes con tu Padre.

Aprémiame para permitir que redirijas mi vida.

 

Que nunca termine mi escuela contigo,

allí, en tu misterio,

y aquí en la misión, como testigo.

Maestro déjame hacer una sola causa contigo,

desde la intimidad de tu vivienda,

en medio de las urgencias del mundo,

de junto con mi familia de casa y de comunidad,

 

Amén.