Jesús responde a los que exigían una señal y no han reconocido la fuerza de Dios en Él, ni en su obra de liberación. También nos responde a nosotros, que podríamos ser tanto o más descreídos que los ninivitas e israelitas en su tiempo, o que ni siquiera consideramos que sea necesaria la enmienda para evitar nuestra destrucción.

Hay nuevos paganos, es decir, gente que no profesa una fe a profundidad y, sin embargo, nos pone el ejemplo, igual que la reina del Sur que, buscando algo en verdad trascendente, vino a escuchar la sabiduría de Salomón.

La señal que Dios nos da como raza humana es el Hijo del Hombre, Jesús mismo. Él, que en su misterio pascual de muerte y resurrección, nos sigue dando garantías de la vida que anhelamos, la vida que supera a la muerte. Jesús es el mismo “signo de Jonás”. No obstante, hay un signo mayor: creer en Él y seguirlo. Este es el gran signo de Dios: que nuestra realidad cotidiana se convierta en el acontecimiento decisivo que va a imprimir su huella, transformando la historia.

Es común la tentación de pedir señales a Dios, y más ahora, cuando sentimos que Dios calla o no aparece ante nuestras necesidades. Si en el pasado los griegos buscaban sabiduría para contactar con la divinidad, y los judíos poder, nosotros encontramos a Cristo crucificado y resucitado. Tenemos aquí las dos cosas: sabiduría y poder. No necesitamos otro signo, y menos que nuestra fe dependa de los milagros.

Seamos sabios y fuertes a partir de Jesús, que es el signo de todos los signos que Dios nos da; pero antes hagamos un camino de enmienda, pues la sabiduría y la fuerza de Dios no se llevan con la pretensión y la soberbia.

Reconozcamos que Jesús es mucho más que quienes vinieron antes que Él y que quienes vendrán. Él es la señal de los sabios y de los fuertes.

Oración:

Señor Jesús, no recuerdo ningún signo sobrenatural en mi vida que no haya venido cuando más lo necesitaba; incluso en la prueba, cuando he padecido. Me emociona iniciar hoy un nuevo camino de experiencia de ti, de tu cruz y resurrección. Revisando mi vida a través de este Evangelio, encuentro que necesito enmendarme si en verdad deseo alcanzar tu plenitud. Hazme sabio y fuerte al modo tuyo; acrecienta mi inteligencia espiritual, para que me atreva a vivir de manera diferente y a salir en tu búsqueda a través de mis hermanos, en lo cotidiano.

Permite que en mi hogar, junto con los míos, vivamos una conversión alegre y definitiva en la escucha de tu Palabra; y que en cada Eucaristía nos hundamos los tres días y las tres noches, para luego resurgir en tu resurrección, y así en cada encuentro sacramental contigo, hasta el día definitivo en que entremos en tu misterio divino. Amén.