Quizás a lo largo de tu vida, has iniciado la Cuaresma recibiendo o imponiéndote la ceniza sin entender del todo lo que hacías. Quien más quien menos, nos hemos quejado de hacer fila para entrar al templo o de tener que recibir un sermón a puerta cerrada. Y después, con el signo en la frente o en la cabeza, como mínimo, aceptamos que somos polvo y al polvo hemos de volver.

Creo que experimentarse polvo, ha sido de lo más evocador para la gran mayoría de creyentes y a veces de los no cristianos, que en un día como hoy, abarrotamos las calles y los templos. Parece que en lo más profundo de nuestro ser, sabemos que algo importante está pasando y no podemos dejar de lado.

Al tomar ceniza este año, descubramos que más allá de nuestra intención personal y de nuestra costumbre de hacerlo, es el Espíritu de Dios quien nos atrae. Hagamos de este Miércoles de Ceniza no una tradición, sino un acto profundo de fe y de amor. Lo podemos realizar siguiendo estos cuatro consejos:

Haz una procesión. En algunos templos se realiza la procesión ritual. Sin embargo, no te atengas a ella. Desde salir de tu casa, puedes iniciarte con la intención de que el camino de ida al templo sea tu propia procesión, que ya en el templo, unido a los demás, cobrará un sentido comunitario.

¿Por qué la procesión? Porque se requiere experimentarse en camino de cambio, de conversión y renovación espiritual. De saberse peregrino. Caminas o vas en un transporte público o en auto, pero con actitud orante. Se trata ser conscientes de estar buscando a Dios.

En la antigua tradición romana, se realizaban procesiones no solo el Miércoles de Ceniza, sino toda la cuaresma. Les llamaban las “estaciones cuaresmales”. Cada día los vecinos del caserío o barrio, se unían para hacer una “parada o estación”, en alguna de las “memorias” de los mártires de las basílicas. Una vez allí cantaban las letanías de los santos.

Creo que sería bueno, además de realizar la ida a tomar ceniza el miércoles, intentar los cuarenta días de la cuaresma, en lo posible, realizar la estación de las letanías y la asistencia a misa. Es también un acto de respuesta humilde a Cristo que nos llama: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame" —Lc 9, 23—.

Imponte la ceniza. Es el signo propio y exclusivo del primer día de Cuaresma. ¿Qué significa? Volver a Dios con un corazón sincero y arrepentido. Reconocer que sin Él no somos más que polvo. Entonces no es un mero rito vaciado de compromiso, sino algo que toca nuestro corazón, según la advertencia del profeta Joel: “Todavía es tiempo. Conviértanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos” —Cfr. Jl 2,12-18—.

¿Me deben imponer la ceniza, si no, no vale? o ¿me la puedo poner yo mismo? Las dos formas son igual de válidas. En realidad el acto es personal. Uno mismo, —a semejanza del rey David, una vez que descubre su pecado—, decide el momento justo de clamar a Dios y de mancharse, como signo de impureza, de enmienda y de conversión.

Como un acto de humildad adicional, normalmente los papas en turno, reciben la imposición de ceniza en manos de algún cardenal.

Ya sea que recibas la ceniza o que tú mismo te la impongas, pide a Dios un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Así canta el salmo del Miserere, el salmo 50.

Combate espiritualmente. Utiliza las armas de la penitencia, el ayuno, la oración y la meditación de la Palabra de Dios para combatir contra nuestra tendencia al mal.

Se trata de un combate semejante al que Cristo libró en el desierto de Judá, donde durante cuarenta días fue tentado por el Diablo, y luego en Getsemaní, cuando rechazó la última tentación, aceptando hasta el fondo la voluntad del Padre.

Se trata entonces, de luchar contra el pecado, y en último término, contra las fuerzas del maligno, implicando nuestra persona toda, estando atentos, vigilantes a nuestros actos y afectos desordenados. Combatir contra el mal, contra cualquier forma de egoísmo y de odio, y morir a sí mismos para vivir en Dios. Intenta esto con humildad y paciencia, con generosidad y perseverancia, y verás que avanzarás mucho en la fortaleza de tu alma y en tu relación con Dios y con los demás.

Haz la caridad. El amor que recibes de Dios y que experimentas en el ejercicio de Cuaresma que inicia el Miércoles de Ceniza, lo puedes traducir en acciones concretas de favor al prójimo, ya sea tu familiar o no. Sólo basta que esté necesitado de afecto, de algún servicio o ayuda incluso material. Se trata de hacer algunas “obras buenas” con humildad y discreción. Porque el Padre celestial que ve en lo secreto, te recompensará —Cfr Mt 6, 1-6. 16-18—.

Se trata de la caridad, no como asistencia social, sino como actitud de no excluir a nadie, a ejemplo del buen samaritano,  el cual, abierto de espíritu, ayudó a un desconocido necesitado, al que encontró "por casualidad" a la vera del camino —Cfr. Lc 10, 31—.