Es posible que sepas que con el tiempo de Adviento, iniciamos un nuevo Año litúrgico, y que cada año, al celebrar el Adviento, encontramos la posibilidad de renovar nuestra esperanza. De ser así, tal vez sepas que “Adviento” viene del latín Adventus, que significa: “Venida”, la Venida del Señor.

Pero, si cada año renovamos nuestra esperanza, en concreto: ¿qué esperamos?, ¿cómo celebramos nuestra espera y nuestra esperanza para que venga el Señor?

A la pregunta ¿qué esperamos en Aviento? Respondemos de forma sintética: esperamos que se renueve nuestra vida y la esperanza de ver a Dios tal cual es. Es decir, esperamos recoger del Nacimiento de Jesús, un nuevo impulso en favor de nuestra vida y de la vida de toda persona humana; y al mismo tiempo nos comprometemos a buscar a Dios hasta el día en que nos llame a su presencia.

Además, déjame compartir contigo cuatro ideas que sirven para que esperes la Venida del Señor:

Esperemos que nazca Jesús. Esperemos que renazca en nuestro corazón, la vida, la luz y el amor que él nos trae. Y al mismo tiempo, celebramos la espera de su venida final. En este tiempo, hemos de vivir como nos aconseja el apóstol Pablo: “irreprensibles” y “confiados” en Dios, porque él es siempre “fiel” y no dejará de santificarnos a quienes lo esperamos de corazón —Cfr. 1Tes 5, 23-24—.

Esperemos Vida en abundancia. Porque Dios envió a su Hijo en Jesús para compartirnos la vida que no se acaba —Cfr. Jn 10,10—. Esa vida que por ahora gozamos en forma velada, mientras transcurren nuestros pasos por el mundo, pero que llegado el momento, cuando nazcamos en Dios tendremos en plenitud.

Esperemos que en nuestro mundo no falte Dios, porque si él falta, todo pierde sentido. Si no le permitimos a Dios nacer en nuestro universo interior, de familia y de sociedad, todos nuestros proyectos y nuestras relaciones se oscurecen. Sin el valor trascendente de Dios ¿Cómo podríamos destacarnos de la mera materialidad? Mientras nos preparamos para Navidad, veamos que nos jugamos la vida entre el “aquí” de nuestra efímera existencia y el “más allá”, donde no está la muerte sino la realidad de Dios, la plenitud de vida que nuestro ser espiritual busca como nostalgia de eternidad.

Dios sabe que cuando lo rechazamos, es porque no hemos conocido su verdadero rostro; por eso viene a nosotros en Jesús y en cada persona necesitada de amor, de cobijo y de paz. Por decirlo de alguna manera, Dios, en Jesús y en algunas personas que nos salen al encuentro, no deja de llamar a nuestra puerta; vuelve a ser peregrino intentando ser acogido.

Esperemos con una esperanza activa. Hagamos que acontezca Dios. Seamos hospitalarios, cercanos, hermanos, familiares. Hagamos cuanto sea posible en favor de la vida y de la dignidad de la persona humana, porque en cada niño que nace, en cada persona que se levanta de donde está postrada, en cada caridad, Dios está naciendo y llenando de sentido nuestra existencia. Hagamos que en medio de nuestras dificultades y nuestros actos de la vida cotidiana: en la familia, en nuestra ocupación y en los ámbitos de nuestra sociedad se note el reflejo de vida que Dios nos trae. Así todo cobra sentido: nuestra vida, nuestra espera y nuestra esperanza.