Parece que cualquier católico formado o no, entiende que la Iglesia que Jesús fundó es al mismo tiempo humana y divina. Una Iglesia que justo en estos tiempos aparece tan golpeada en sus sacerdotes y en su libertad para la misión. Nos podemos preguntar ¿cuál es el secreto de la Iglesia para superar todas sus crisis a lo largo de estos dos mil años? Y la respuesta está aquí, en el Espíritu con el que Jesús la dotó desde Pentecostés.

Ana, una amiga entrañable de casi cien años de edad, se reía de la vida; cuando me veía preocupado por asuntos pastorales, intentaba apaciguarme diciéndome: “no todo depende de nosotros, para eso está nuestro gerente general”, —así definía ella al Espíritu Santo—. Decía: “sólo él sabe cómo mantiene el milagro de la Iglesia, imagínate, trabaja 24/24 horas, los 365 días del año”.

Tengo que reconocer que Ana lo lograba, me hacía confiar en nuestra estructura divina, cuando en lo humano, nos sentíamos muy carentes. Pero ¿en dónde se nota este trabajo potente del Espíritu Santo para mantener el “milagro” de Jesús? Acerquémonos a estas dos grandes columnas visibles con las que el Espíritu Santo sostiene la Iglesia: la Tradición y la Sucesión.

La Tradición

Cuando leemos: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolas para vincularlas al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo…” (Mt 28,19-20). ¿Qué entendemos?, que los primeros apóstoles fueron enviados para transmitir los bienes de la Salvación no sólo a los pueblos de ese entonces, sino a todas las naciones hasta el final de los tiempos. A este acontecimiento lo llamamos Tradición, con mayúscula, para distinguirla de las tradiciones entendidas como costumbres y fiestas, así sean religiosas.

Entendemos que gracias al ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores, la Tradición acontece como un don siempre vivo. Más aún como certeza de que Jesús está tan presente y actual como hace dos mil años en medio de la Iglesia.

¿Qué es la Tradición?

La Tradición es la comunión de los fieles en torno a los legítimos pastores a lo largo de la historia, una comunión que el Espíritu Santo alimenta asegurando el vínculo entre la experiencia de la fe apostólica, vivida en la comunidad originaria de los discípulos y la experiencia actual de Cristo en su Iglesia.[1] Esta definición nos alegra, porque hace claro que nosotros nos edificamos como Iglesia, cimentada en los apóstoles cuya piedra angular es Cristo, mediante la acción del Espíritu Santo (Cfr. Ef 2,19-22).

¿Qué se transmite con la Tradición?

Se transmite el Depósito de nuestra fe. Los bienes de la salvación. La presencia permanente de Cristo que nos encuentra para redimirnos y santificarnos en el Espíritu mediante el ministerio de la Iglesia. Gracias a la Tradición, recibimos a Jesús mismo y su vida, íntegro como desde el origen. Se transmite el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta (Cfr. Dei Verbum, 7). Así nos lo prometió Jesús: “He aquí que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

¿Cómo acontece la Tradición?

Como cumplimiento del mandato de Jesús. Los Apóstoles con participación de los fieles, predicaron y transmitieron sus ejemplos y sus instituciones. Transmitieron de palabra lo que habían aprendido sobre las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó. Asociaron a nuevos testigos como sucesores en el ministerio de la Palabra y en el servicio a la Comunión.

Con los Apóstoles también colaboraron a la transmisión, otros de su misma generación, que pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo (Cfr Dei Verbum, 7). Así tenemos la Tradición oral y la escrita.

La Sucesión apostólica:

El mandato que dio Jesús a los Apóstoles, lo transmitieron ellos a sus sucesores. Era parte de su envío. Porque apostéllein significa enviar. Encontramos que después de la Ascensión, los Apóstoles completan el número de los Doce, eligiendo a Matías en lugar de Judas (Cfr. Hch 1, 15-26); luego asocian a otros gradualmente para la misma misión. Así surgen nuevos testigos, digamos de segunda generación a quienes se llamó obispos. Nombre que expresa su función pastoral. Viene de “epíscopo” que indica al pastor que contempla desde lo alto a quienes cuida. Pero los contempla con el corazón. Pedro llama al mismo Jesús “pastor y obispo de sus almas” (1Pe 2,25). Los obispos son sucesores de los Apóstoles y por el mismo camino de la comunión y del servicio, asocian a quien les ayude con otros dos oficios, el presbítero y diácono.

Consideremos que por medio de la sucesión apostólica, Cristo llega a nosotros de forma ininterrumpida. Mediante las manos de los Apóstoles y de sus sucesores, es el mismo Jesús que se nos manifiesta en cada sacramento.

Meditemos estas expresiones de la primitiva comunidad cristiana que nos dan certeza y consuelo desde Pentecostés:

  • “Les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí" (1 Co 15, 3).
  • “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las indispensables…" (Hch 15, 28).
  • “Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros" (2 Tm 1, 14).


[1] Benedicto XVI, Audiencia General Miércoles 26 de abril de 2006