No fuimos llamados para vivir aislados la comunión que hemos iniciado con Jesús, sino para hacer comunidad en la familia, el grupo, la parroquia, la diócesis y la Iglesia universal. Jesús nos congrega para comunicarnos su vida y la vida que tiene con su Padre y el Espíritu; así, somos congregados para trascender nuestras comunicaciones, en el misterio de Dios.

Es posible que hoy más que nunca, tengamos nostalgia de hacer Iglesia, de sentirnos congregados por Jesús a través de sus apóstoles. Si lo pensamos bien, incluso los no creyentes, quienes desde hace tiempo dejaron de vivir en la comunión con Dios y con la Iglesia, buscan un remedio para su soledad. Muchas sociedades y familias que prueban una vida sin Dios, parecen patinar en la insatisfacción del que parecía un mejor proyecto de vida. Creo que en lo más íntimo de su ser desean el calor de hogar que viene de Dios y de la Iglesia. De ser así, comparten nuestra necesidad de ser acogidos y amados en Jesús allí, en donde nos congrega, en el amor de una pequeña y grande comunidad.

Cuando el Apóstol San Pablo dice “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes" (2 Co 13, 13), se refiere a tres formas de la comunión y salvación que tenemos con Dios. Así, cuando nos reunimos en la trinidad experimentamos que Jesús con su gracia, el Padre con su amor y el Espíritu con su comunión, nos hacen Iglesia. (Cfr. Lumen Gentium, 4)

Veamos que somos congregados para dos grandes misiones:

  • Para participar de una vida superior en Dios.
  • Para el servicio de la comunión.

Para participar de una vida superior en Dios: Jesús nos introduce en la comunicación de vida y de amor que es la Trinidad. Y además nos mueve a vivir esta comunicación-comunión entre nosotros.

Jesús desea que los congregados seamos uno, “Que sean todos uno —como tú, Padre, estás en mí y yo en ti—, para que también ellos estén en nosotros…” (Cfr. Jn 17,21). Experimentemos que es verdad. Que gracias a Jesús, participamos en la vida trinitaria de Dios.

Si nos preguntamos: ¿Para qué evangelizar, para qué intentar un camino de pastoral, de apostolado en nuestras comunidades? La respuesta se encuentra aquí: la finalidad última de nuestro trabajo de catequesis, formación y de misión es que cuantos sea posible alcancen la vida de comunión con Dios y entre nosotros.

Para el servicio de la comunión: Los primeros congregados, los apóstoles, al frente de numerosos convertidos, entendieron muy bien su misión de ser garantes y custodios de la verdad con la que Cristo los dotó como Iglesia. Desde entonces, mediante la sucesión apostólica, el Papa y los Obispos, custodian el don de la comunión como depósito de la verdad. Un don para todos, pero que exige de quien se integra, recibir las enseñanzas, asistir a la fracción del pan y a las oraciones, igual que en la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2,42).

Si nos preguntamos: ¿por qué alguien puede ser excomulgado de la Iglesia? La respuesta es ésta: que quienes en verdad desean encontrar a Jesús y vivir de la comunión con él y entre nosotros, han de aceptar, cuidar y servir a la comunión. Cuando alguien no comulga en la fe y la caridad de la Iglesia, antes de que se le declare, ya se ha excluido.

Pero, ¿qué nos sostiene como congregados? El alimento eucarístico. Sin él no podríamos nutrir ni desarrollar nuestra comunión. Sabemos que en cada Eucaristía entramos al misterio de Dios. Se comunica el cielo con la tierra, lo humano con lo divino. Sabemos también, que cuando comulgamos no sólo nos anticipamos al mundo futuro de nuestra vida en Dios, además salimos de nuestras divisiones interiores, de nuestras soledades y de cualquier sinsentido.

Preguntémonos:

¿Cómo se encuentra el mundo? Y lo descubrimos fragmentado en divisiones raciales, religiosas y políticas, que semejan un alarido de indigencia o de muerte.

¿Qué pide este mundo desde este grito de vacío? La unidad que viene de Dios, del Espíritu que Jesús sigue insuflando igual que si cada momento de nuestra vida de congregados fuese la mañana de pentecostés. Ese mundo fragmentado en el que todos vivimos, pide a gritos que nosotros, los congregados en Cristo, no lo dejemos pulverizarse en la nada.

Describe tu experiencia de comunión con Dios y en la Iglesia: cuándo inició y algún momento más luminoso de tu ser congregado/a en Jesús.

Comparte en familia o comunidad.

Oración:

Jesús ¡súbeme contigo!

Desde aquí, desde la Eucaristía,

en el ejercicio de la Caridad.

Que yo también sea uno en ti

y con tu Padre y el Espíritu.

Que logre la mejor comunicación de vida y de amor

con mis hermanos de casa y de comunidad.

Que yo dé vida y amor incluso a quienes parecen no merecerlo,

a los violentos del mundo,

y en especial a quienes se han perdido

en el vacío y el sinsentido de su existencia.

 

No permitas que sufra yo la fragmentación,

hazme comunión hoy y siempre,

allí con los míos, en la Iglesia y para el mundo.

Y que alcance a alegrarme con la unidad y la paz

que vienen de ti en medio de mi comunidad,

antes de ir contigo a la casa de mi Padre.

Jesús, ¡súbeme contigo!

¡Hazme de comunión!

Desde aquí y desde ahora,

 

Amén.