Ante la afirmación liberal: Cristo sí, Iglesia no, de quienes interpretan que Jesús deseaba “El Reino de Dios” y no la Iglesia —propuesto sobre todo por el teólogo liberal Adolf von Harnack en sus lecciones sobre “La esencia del cristianismo”, (1900)—. Nosotros afirmamos: Cristo sí, la Iglesia también.

1. La Misión de Jesús, Hijo de Dios encarnado, es “Comunitaria”. No vino sólo para salvar individuos dispersos que pudiesen tener suerte de una conversión en el último momento de sus vidas, sino para unir a la humanidad, para congregarnos y para hacer de nosotros su Pueblo, el Pueblo de Dios. Sería reductivo vivir el “Reinado de Dios” solo al interior de nuestra alma, sin ningún compromiso visible con los demás.

2. Jesús nos integra a la comunión que tiene con su Padre y el Espíritu. Estamos llamados por él a entrar en la comunicación continua de vida y amor en Dios trinitario. Y esto es posible y se inicia desde la Iglesia que es perfecta Comunidad de Jesús.

3. Jesús inició su proyecto llamando a los primeros doce. Los escogió y los instituyó en “el monte” el lugar donde Dios aparece, para que estuvieran con él, en comunión, y para enviarlos como testigos de que el Reino de Dios empezó a acontecer —Mc 3, 13-16; Cfr. Mt 10, 1-4; Lc 6, 12-16—. Escogió a doce en continuidad o conexión con las doce tribus de Israel. Así, Jesús quiso reinstituir el pueblo de Dios, sobre las expectativas judías. Israel esperaba la reconstrucción del reino temporal, Jesús eligió a sus doce para introducirlos en comunión de vida y de amor con Él, para luego participarles de su misión: realizar el Reinado de Dios con hechos y palabras —Cfr. Mc 6, 7-13; Mt 10, 5-8; Lc 9, 1-6; 6, 13—.

4. Jesús fundó la Iglesia como Comunión. En la “Última Cena” Jesús se dio a sí mismo para crear una nueva comunidad cuyo vínculo es la comunión con él. ¿Se entiende? Nosotros somos comunión con Jesús y es desde esa comunión que los primeros discípulos recibieron el poder de perdonar pecados —Cfr. Jn 20, 23— y el poder de hacer discípulos a todas las naciones. Y es desde esa misma comunión que nosotros somos Iglesia. Veamos que entre Jesús Hijo de Dios y nosotros, su Iglesia, no existe ninguna separación. Por lo contrario, vivimos de Él, de su presencia en medio de nuestras casas y de la comunidad reunida en los templos, en nuestra vida sacramental y comunitaria.