“Esta escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy”

Para ese momento Jesús está siendo impulsado por el Espíritu; sus acciones empiezan a ser contundentes. Con sus enseñanzas en las sinagogas anteriores ha liberado la inteligencia religiosa de cuantos se acercan; por eso lo alababan y su fama se extendía por toda la región.

Cuando Jesús se levantó para hacer la lectura y escogió el pasaje de Isaías de “El Espíritu del Señor está sobre mí…” (Is 61, 1ss.), y se lo aplica a sí mismo, está pleno y seguro de que llegó su momento de cumplir La Palabra. No fue sencillo. Jesús, igual que muchos de su tiempo, llevaban un sentimiento de deuda con Dios; la sensación de escuchar su Palabra sin comprometerse en casi nada; guiados por las interpretaciones amañadas de las autoridades del templo.

Imaginemos a Jesús: envuelto en un arrebato de tensión interior, el Espíritu que lo empuja a la sinagoga, le permite ver en cuantos asisten el cansancio de vivir una religión incapaz de llegar a su realización plena, que se sabotea a sí misma y a Dios, porque no se compromete a completar el designio salvífico.

Debió ser un gozo inmenso para Jesús aplicarse a sí mismo el pasaje de La Escritura y ser consciente de estar abriendo la era de la salvación universal y no exclusiva para el pueblo de Israel.

Los que asistieron reaccionaron con rechazo, “se declararon en contra”. No aceptaron una Palabra que demandaba llegar a su perfecto cumplimiento. En cambio, los que siguieron a Jesús desde ese tiempo y nosotros hoy, estamos convencidos de esta realidad salvífica: llega un momento de nuestra vida, en el que movidos por el Espíritu, asumimos nuestra unción bautismal, en el que no podemos aplazar más nuestra misión y declaramos la libertad que viene de Dios a cuantos conforman nuestro universo vital, y nos adherimos así a la era de la salvación, al proyecto de Cristo. Los que así nos determinamos, podemos decir igual que Jesús aquel día “Hoy mismo se cumple este pasaje de la Escritura…”

Oración:

Señor Jesús, que yo no me quede en la escucha amañada de tu Palabra, sin comprometerme.

Haz posible que el mismo Espíritu que te impulsó en la Sinagoga de Nazaret, nos impulse en familia; que nos declaremos ungidos y empecemos a anunciar a los pobres el fin de su condición, ayudándoles a retomar su vida con dignidad. Que declaremos la libertad a cuantos hemos ocultado una verdad que necesitaban para ser plenos y a cuantos tenemos oprimidos. Que declaremos en nuestro ámbito familiar y de comunidad, que no vamos a abusar de nuestra fuerza. Y que experimentemos que es verdad, que Dios nos salva y que esta salvación es visible y fuente de alegría, de paz y de amor. Amén.