Digamos sí a los profetas

Viernes 17° Ordinario / Mateo 13, 54-58

 

~ Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio ~

Hemos dejado atrás las enseñanzas de Jesús sobre el Reino. Ahora seguimos su ministerio.

Jesús enseña por última vez en una sinagoga. Aunque deja maravillados a sus oyentes, es rechazado. Las razones pueden resumirse en dos: primero, su condición de nativo y su origen humilde; segundo, la ruptura con los esquemas religiosos de su comunidad.

Es probable que el rechazo de todo profeta, igual que el de Jesús, además de las dos razones anteriores, se debiera al miedo que una persona o comunidad puede tener a la verdad y a la libertad. Pongamos atención a lo que sucede en esta escena: lo que Jesús propone es una simplificación que recupera lo esencial de la religión, frente a la complicada casuística que los maestros de la ley de Israel habían generado.

La ley y los profetas que Jesús está simplificando, y que resume en un mandamiento doble —“amar a Dios y al prójimo”—, derroca el monopolio de los escribas y fariseos; y ofrece un Evangelio de misericordia y gracia de Dios, más que de condena.

Este reto que Jesús propuso y por el cual fue rechazado, ¿no sigue siendo una realidad vigente para nosotros? Incluso en los propios modos de vivir la religión, ¿cuántos de nosotros nos aferramos a vivirla de una manera ritualista, incluso mágica o fanática? Pues para los nuevos fariseos rigoristas, que podemos ser tanto los consagrados como los laicos, se renueva hoy el desafío de rechazar a Jesús o de seguirlo con absoluta libertad.

¡Digamos sí a los profetas! No temamos a la novedad de Dios y de la religión. 

Oración:

Señor Jesús, muéstranos tu profetismo.

Permítenos gozar de una fe libre y liberadora; que vivamos con espontaneidad la esencia de nuestra religión. Amén.