¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como

una gallina su nidada bajo las alas, y no has querido!

 Las intenciones de estos fariseos que aconsejan a Jesús ––“Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”–– no las conocemos con precisión. Lo más seguro es que el mensaje universalista del Reino los incomode. Intentan a toda costa evitar que se divulgue este espíritu de libertad, que suprime el privilegio de Israel. Aunque es muy probable que Herodes, igual que ocurrió con Juan, viera en él una amenaza.

Jesús está en camino, como se ha dicho antes; su punto de llegada es Jerusalén. Por eso responde con toda libertad y de manera intrépida, valiéndose de la siguiente metáfora de la cultura de su tiempo: díganle a ese zorro, es decir: díganle a ese don nadie, lo opuesto al león, que no habrá amenaza alguna que me detenga.

Herodes, al intentar matar a Jesús, se afirma en superioridad ante él, pero Jesús derrumba tal autoridad con su respuesta: para el asunto que ocupa a Jesús, Herodes Antipas, el gobernante de Galilea y Perea, no es más que un don nadie. Jesús quiere seguir su camino liberando personas hoy, mañana y pasado mañana, con lo que indica la totalidad del camino que le resta para llegar a entregar su vida; para realizar su éxodo definitivo, su muerte y resurrección. Por eso Jerusalén le es tan importante.

De cualquier modo, toma el consejo de los fariseos para informar a sus seguidores sobre la ciudad asesina; el centro de la institución judía es, al mismo tiempo, el lugar simbólico del pueblo de Dios, la casa de Dios, el lugar donde Dios tiene a sus hijos, y que ahora se quedará vacía. No será más la morada de Dios ni estará protegida por él ––aquí se hace alusión a la destrucción del templo de Jerusalén, anunciado por Jr 7,11-15.

Pero esta vertiginosa historia no acaba aquí. Jesús evoca la imagen de la gallina protectora, a semejanza de Dios, que pervivía en la mente del pueblo, para recordarles que aunque se avecine el momento trágico en que el pueblo vaya contra Dios mismo, asesinando a su Hijo, la bondad de Dios y su deseo de cobijar a su pueblo permanecen para siempre, por más que los polluelos de Israel, utilizando su libre albedrío, lo rechacen.

¿Nosotros quiénes somos en este episodio de la vida de Jesús?

Parece que estamos igual que antes: luchamos para no dejarnos amar por Dios; y como nación, donde no aparece un responsable personal, favorecemos que se sigan acallando las voces de nuevos profetas y de Dios mismo, que no se cansa de ofrecernos su amor.

Dios no fuerza a nadie, pero Jesús, Hijo de Dios, nos invita a entender su camino y por qué ha de dar su vida en Jerusalén. Nos invita a ser alguien en su proyecto de vida y de salvación.

¿Tú qué dices? ¿Te atreves a subir a Jerusalén con él? ¿Nos atrevemos a ser alguien?

Oración:

Señor Jesús, me doy cuenta de que no tengo un camino. Igual que Herodes, puedo ser un don nadie. He pasado la vida creyendo que voy hacia adelante, en el éxito y en mi desarrollo profesional y de familia. Pero me falta lo más importante: estar en camino de liberación contigo. Ayúdame a entender mi vida como un largo viaje, en el transcurso del cual sea capaz de desarrollar mi inteligencia sobre el ser humano, nuestros límites y nuestros horizontes; sobre ti mismo y sobre tu Reino.

Permite que junto con los míos gocemos de que no nos fuerzas a amarte; y que siguiéndote hasta Jerusalén, nuestra vida familiar y social adquiera un sentido más pleno de fidelidad a tu persona y a tus obras salvadoras. Amén.