El que no trabaje, que no coma… (2Tes 3,10). Del mismo modo, quien desee recibir un salario, que trabaje. El trabajo y el salario, son un derecho del hombre; trabajar, comprometerse, ser responsable, son acciones propias de las obligaciones que acompañan tal derecho. No hay derecho sin obligaciones.

Somos conscientes que los salarios dependen de un escalafón, que depende, a su vez, del nivel de profesionalización, o capacitación, que poseen un empleado y un trabajador; no obstante, todo trabajo, cualquiera que sea, debe ser remunerado con justicia.

El trabajo es también un medio de socialización e integración, que ofrece a la persona la posibilidad de abrirse camino, aspirar, tener metas y cumplirlas; además, adquirir todo aquello que le permita tener una vida digna y decorosa. Pero, nada de ello se puede lograr si no hay en correspondencia un salario justo que lo permita.

Para millones de personas, el trabajo sirve para ganarse la vida, pero también es el principal factor de integración social. Éste puede ser más o menos aceptable o aceptado, amigable, duro, acaso injusto. En el último siglo, se ha avanzado mucho en el reconocimiento de los derechos de los trabajadores para establecer unas relaciones de justicia, especialmente en los países occidentales, aunque con excepciones y aspectos mejorables.[1]

Discutir quién deba ganar más y quién menos (por encima o por debajo de un presidente), se ha convertido en la manzana de la discordia entre mandatarios, legisladores, jueces, funcionarios, servidores públicos, etc. Unos a favor y otros en contra, algunos indignados y otros animados con la “bandera de los justicieros”. En torno a ello y en función de proteger los “derechos adquiridos” hace tanto tiempo, se emiten decretos, amparos, apelaciones, leyes o modificaciones a los artículos de la constitución, debates y todo cuanto abone a proteger los privilegios de un puesto bien pagado.

Pero, todos esos suelos tan sobre tasados, intrínsecamente son terriblemente injustos ante el desempleo, el hambre, la miseria y la pobreza del pueblo.

ILUMINAR

¿Qué debemos hacer?: no cobren más de lo establecido, no extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”, (Lc 3,10.13-14).

El Evangelio es denuncia de las injusticias y el Adviento un tiempo que invita a la conversión, con una carga social que va más allá del arrepentimiento simple, impersonal, pronunciado en modo infinitivo.

Quien no sepa qué hacer, es porque no se ha dejado penetrar por la fuerza de la Buena Nueva, ni ha permitido que la Palabra haga eco en su vida y eche raíces en su corazón. El bautizo con Espíritu Santo y fuego (v. 16), se sobrepone al bautizo con agua, éste purifica, el otro transforma y lanza a la transformación del mundo, de la sociedad, de las estructuras de poder y de las injusticias.

El Adviento invita a la conversión porque es un grito que denuncia y llama a la conciencia: “quien tengan dos túnicas, que de una al que no tienen ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo (v. 11).

Con esta propuesta de fondo, Pablo exhorta convencido a los filipenses, y esas palabras de ánimo llegan a nosotros con la misma intención de entonces:

Hermanos míos: Alégrense siempre en el Señor; se los repito: ¡alégrense! Que la benevolencia de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca… (Fil 4,4-5).

Ahora que el Señor está cerca, ¿cómo queremos ser reconocidos?

ACTUAR

El reto del Adviento es grande porque nos reencuentra con el misterio de la Encarnación: Dios se hizo hombre y nación pobre entre los pobres.

¿Cómo asumir y cómo enfrentar ese reto?:

No se inquieten por nada; más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud (Fil 4,6).

El Adviento es tiempo para orar. La oración es el tiempo que nos concedemos para estar con Dios, para escucharlo y comprometernos con Él, y así, salir al mundo sabiendo qué hacer…

Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús (v. 7).



[1] Calderón, A./Colaboradores. (2012). Trabajo y vida: un camino en busca de sentido. Cuadernos CJ Extra. Cristianisme i Justicia. Barcelona. pag. 10.