Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

Ver

¿Cuántas veces habremos orientado la mirada con la intención de sobrepasar el horizonte, buscando allí, con inquietud, alguna realidad, al menos una, que albergue la esperanza, coloreada con la alegría de las buenas noticias? No hay palabra que nos colme, ni ritmo que dé sentido a la vida. Los pasos que anunciaban Buenas Nuevas, ya no se escuchan, se oyen lejos; ajenos a nuestra espera los vemos partir, como yendo de regreso sin nada que decir.

Los nombres y las palabras reflejan la realidad de un presente desventurado, pero deseamos que así no sea el porvenir: Maduro, Trump, Ortega, Peña, Duarte, Isis, devaluación, ajuste, intransigencia, desesperación, abuso, corrupción, terror, violencia… Pero, en la base de esos nombres y palabras, está lo que somos y lo que hacemos, lo que decidimos y lo que permitimos; lo que votamos democráticamente, o aquello que negamos para no involucrarnos.

Juzgar

“Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar”, (Mc 9,42).

La contundencia de estas palabras, pronunciadas por Jesús, no pretende incitar a la violencia o a la rebelión. Es, en realidad, una voz que interpela la conciencia, una llamada de atención a nuestros actos. Lo que hacemos, ¿daña o regenera?

El Evangelio nos pone de frente a un dilema que debemos aclarar: cometer pecado es una cosa, pero ser ocasión de pecado, otra muy distinta. Las faltas de orden personal, aun cuando repercuten en la realidad de terceros, se quedan y se resuelven allí, en lo personal. Sin embargo, no hay que perder de vista la apertura a la reconciliación y al reencuentro, estar dispuestos a reparar el daño y comenzar un camino de conversión.

Los modelos de vida basados en tener más, dominar y ser primero, sólo alimentan y sostienen el privilegio de las minorías que se han hecho del poder, perdiendo de inmediato la dimensión social que los valida, excluyen, limitan y desprecian. Así, van coartando, poco a poco, el derecho que otros tienen a una vida digna, libre y sin restricciones.

La desigualdad rompe el orden y el equilibrio, provocando la búsqueda desesperada de modelos alternos, ya no de vida sino de supervivencia, que se van convirtiendo, de igual manera, en posturas antisociales, de choque y sectarismo. La corrupción genera delincuencia, violencia y muerte. Quedamos atrapados en un círculo vicioso en el que todos, de una manera o de otra, somos gestores de múltiples ocasiones de pecado.

Adela Cortina O., en su obra “Aporofobia, el rechazo al pobre (2017), nos lleva a la siguiente reflexión: En todos los casos, quien desprecia, asume una actitud de superioridad con respecto al otro, considera que su etnia, raza, tendencia sexual o creencia -sea religiosa o atea- es superior y que, por lo tanto, el rechazo del otro está legitimado. Éste es un punto clave en el mundo de las fobias grupales: la convicción de que existe una relación de asimetría, de que la raza, etnia, orientación sexual, creencia religiosa o atea del que desprecia es superior a la de quien es objeto de su rechazo. Por eso se consideran legitimados para atacarle de obra y de palabra, que, a fin de cuentas, es también una manera de actuar”, (p. 19).

Quizá todos tengamos que hacer una reflexión de fondo y preguntar si nuestro proceder (egoísta, ventajoso, inmoral, insensible) ha provocado, conscientemente, o no, el vacío existencial en el que muchos viven y asumir la posibilidad de ser la causa (la ocasión), de que sus vidas fluyan sin sentido.

El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes; los gritos de ellos han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer engordando como reses para el día de la matanza. Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse”, (Sant 5,4-6).

Ese reclamo del que habla Santiago se materializa hoy en situaciones límite de la vida cotidiana y se convierte en pregunta que nos inquiere: ¿De parte de quién estamos?: Todo aquél que no está contra nosotros, está a nuestro favor”, (Mc 9,40).

¿A favor, o en contra?... “Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”, (Nm 11,29).

Actuar

La propuesta final del Evangelio de Marcos (9,43-49) es muy radical, a tal grado, que parece impracticable, mutilarse no es una buena idea. Una lectura literal del texto no dejaría otra alternativa más que cortarse manos, pies, lengua y sacarse los ojos, como si la fidelidad y la rectitud nos orillaran a dejar de ser lo que somos.

Pero hay una lectura diferente, que va más allá de lo explícito, y si no hacemos un esfuerzo por inferirla, nos quedaremos atados a la inmediatez y la precariedad. Jesús nos pide que tomemos otra senda, la que va en sentido contrario a las costumbres que nos atan y los vicios que nos corrompen: es el camino de las renuncias y las negaciones, donde se traba una lucha entre la voluntad y el deseo regido por los sentidos y el instinto. Es, además, el camino donde se construye el reino de paz, justicia y amor.

En el fondo, Jesús nos pide que las facultades humanas se utilicen para lo que fueron creadas:

  • Que las manos acojan al hermano, partan el pan y transformen la materia para el bien común.
  • Que los pies recorran los caminos, los pueblos y crucen las fronteras para llevar noticias buenas a toda la humanidad.
  • Que los ojos miren la realidad con misericordia y del corazón surjan motivos de alegría para todos los que sufren.