LECTURAS:

  • Hab 1,2-3; 2,2-4.
  • Sal 94.
  • 2Tim 1,6-8.13-14.
  • Lc 17,5-10.

VER

Las manifestaciones pacíficas en el mundo se han convertido en una práctica constante, un modo de “protesta” sin violencia contra los sistemas económicos y políticos, contra las injusticias sociales y las deudas morales que gobiernos y gobernantes, a lo largo de los años, nos han sabido saldar.

Las manifestaciones pacíficas son el ideal común, con el cual intentamos ejercer una acción social que nos involucre en la toma de decisiones y en la transformación del tejido social, son la posibilidad de integrar, bajo el mismo objetivo, a todos los sectores sociales, superando diferencias (de todo tipo) y exclusiones. Son el símbolo de un pasado que ha marcado el precedente de las manifestaciones no violentas (pensemos en las posturas de Mahatma Gandhi, o Martin L. King, por ejemplo), vigentes hoy en la construcción de la paz y la justicia.

Pero la realidad de las cosas es que nada cambia, la violencia se sobrepone a la no violencia, las marchas pacíficas son violentadas y se dispersan por el miedo a los grupos de choque, a los anarquistas, a los encapuchados, a los agitadores, a los golpeadores… Las autoridades se reservan el derecho a una “prudente no intervención” (o una imprudente “responsabilidad”), que no hace más que mantener el estado de violencia y debilitar los fundamentos de la paz.

¡Hasta cuándo…!

ILUMINAR

El diálogo entre Habacuc y Yahvé (Hab 1,2-3; 2,2-4) revela un lamento profundo que recoge el sentir del pueblo ante los embates de la violencia:

¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me escuches y denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme? ¿Por qué me dejas ver la injusticia y te quedas mirando la opresión? Ante mí no hay más que asaltos y violencia, y surgen rebeliones y desórdenes (1,2-3).

Un lamento que expresa desesperación, desilusión y desamparo, como si Dios se hubiese desentendido y resultara culpable de la violencia y el desorden que imperan. El hombre es testigo involuntario de las injusticias y Dios, un espectador impasible de la opresión. Si Yahvé no hace nada por los suyos, no queda nadie más...

Si Dios existiera -dicen algunos- no pasarían estas cosas. Pero, si Dios no existe, ¿por qué suceden entonces? Nos enfrentamos a una duda que se mezcla entre la increencia y la debilidad de la fe. Los acontecimientos en el mundo nos plantean muchas preguntas, para las que no hay respuesta, ni mucho menos solución. Habacuc, en le versículo 4, nos da una clave para comprender dos cosas y perfilar una respuesta convincente, si somos capaces de discernir y deslindar: primero, que Dios no es el culpable; segundo, que es el hombre, con su proceder (asaltos, violencia, rebeliones y desórdenes), responsable de lo que sucede:

Por eso se desvirtúa la ley y no prevalece el derecho, porque el malvado acecha al justo y el derecho se pervierte.

Tal vez debamos caer en cuenta que no es Dios quien nos abandona, o que es indiferente, sino que nosotros lo hemos olvidado, lo desconocemos en cada situación adversa y nos alejamos de sus mandatos; porque hemos endurecido nuestro corazón y dudamos de su palabra (cf. Sal 94). Es por eso que Pablo, en su carta (2Tim 1,6-8.13-14), le recuerda a Timoteo, y nos recuerda a nosotros, algo esencial:

Querido hermano: Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un Espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación (vv. 6-7).

¿Quién no duda ante tanta incertidumbre? ¿Quién no replantea su fe ante la desesperanza? Igual que los discípulos, podemos pedir al Señor que aumente nuestra fe (Lc 17,5). Pero no es Dios, ni Jesús, ni la Virgen María quienes “aumentan” la fe, como si se tratara de un objeto que se puede agrandar o ensanchar. La fe se anida en el corazón del hombre y es desde allí, como dice Pablo, que se debe reavivar.

Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: “arráncate de raíz y plántate en el mar”, y los obedecería (v. 6).

Lo absurdo del ejemplo (arráncate de raíz y plántate en el mar), representa el paradigma de la fe, que tiene como criterio de acción el evangelio: enfrentarse a lo imposible y creer que todo es posible.

ACTUAR

De la pregunta ¿hasta cuándo?, surge un grito decisivo: ¡Ya basta! Pero tal grito, no se transformará en acto si no asumimos nuestro papel en la historia y dejamos, además, el lamento mediocre de los espectadores que no saben qué hacer…

Conforma tu predicación -tu vida, tus pensamientos, tus acciones, tus decisiones…-, a la sólida doctrina que recibiste de mí acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús (2Tim 1,13).

¿Qué nos toca hacer…? No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer (Lc 17,10). Para ello, te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos (2Tim 1,6-7).