VER

 

Espero que todos puedan volverse ricos y famosos y tener todo lo que soñaron, para que se den cuenta que esa no es la respuesta”, (Jim Carrey).

El ideal por el que los hombres luchamos con mayor ahínco es ser siempre felices, ¡muy felices! Empeñamos nuestras vidas (en el sentido literal), a veces a ciegas, para obtener lo que sea que nos permita alcanzar el placer, la gloria, la fama, la riqueza, y otras tantas cosas que sostienen, según nuestros criterios, el sentido de la felicidad.

“Felicidad” que se ha enredado de mal modo con una “perfección” demasiado ideal -por cierto-, en la que no hay lugar para errores, defectos o fracasos. La imperfección es cosa de los imperfectos, de aquellos seres indeseables, con “los que” (no “quienes”) no vale la pena ni cruzar palabra, intercambiar una mirada, o compartir lo mucho, o lo poco, que se tenga.

La perfección es asunto mío, o nuestro -de los perfectos-, y no puede ser vivida con otros, porque así, pierden sentido los logros ganados a pulso, por iniciativa propia y, además, el protagonismo se iría diluyendo en un reparto que exige compartir y luchar por el bien común.

La felicidad, construida a base de riquezas materiales e idealizada en la estéril parafernalia de la “perfección”, no es la respuesta.

ILUMINAR

¡Hijitos!, ¡qué difícil es para los que confían en la riqueza, entrar en el Reino de Dios. Más fácil le es a un camello entrar en el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”, (Mc 10,24-25).

Jesús se lamenta, y ese lamento es la constatación de que él y sus discípulos se enfrentan a la realidad humana y sus vicisitudes: aspirar a la más alta perfección, tasada en resultados cuantificables: “¿Qué tengo que hacer para ganar la vida eterna?”, (v. 17).

Este hombre es un adulador: se apresta para llegar hasta Jesús, se arrodilla ante él y lo llama “maestro bueno”, (v. 17). Prepara el terreno para lanzar “su” pregunta, de la que aflora una personalidad ególatra y preocupada, no por alcanzar la perfección en sí, sino porque otros reconozcan su presumible estado de perfección: “he cumplido con todo desde muy joven”, (v. 20).

Pero pareciera que todos (ciegos, cojos, endemoniados, poseídos, leprosos…), excepto él, han sabido reconocer la Buena Nueva anunciada por Jesús. Ensimismado y celoso de lo suyo no se ha dado el tiempo para mirar más allá de su mundo, de su realidad, de sus necesidades.

Si bien, el Señor, atendiendo sus inquietudes lo escucha y lo mira con amor (v. 21), más que darle una respuesta, lo orienta para que retome el camino que ya conoce y encuentre, por sí mismo, la solución. Llama su atención hacia los mandamientos que rigen las relaciones fraternas y velan por el bien común. Conoce la ley a la perfección y ha “cumplido” con esos mandamientos, lo que ha hecho falta en su vida era ponerlos en práctica.

Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”, (v. 21).

La vida eterna se construye desde abajo, pero se construye palmo a palmo con los hermanos (ricos y pobres), con el necesitado, con los que no tienen nada. Se construye compartiendo, no acumulando; amando sin medida y no midiendo el alcance de lo que se ha cumplido a lo largo de la vida. La vida eterna no se alcanza, se llega a ella caminando con el Señor y con los suyos: ven y sígueme.

Las riquezas de un hombre, muchas o pocas, se pueden convertir en la máscara que oculta lo que no es y aparenta lo que quiere ser, pero, como dice Pablo a los hebreos, “todo queda al desnudo y al descubierto ante los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas”, (Heb 4,13).

ACTUAR

En los diferentes contextos de nuestras vidas, ¿qué enseñanzas nos deja este evangelio? ¿Qué nos propone? Me permito ofrecer, de manera textual, un extracto de la reflexión que José Antonio Pagola hace en torno al mismo evangelio:

La crisis económica nos está invitando a los seguidores de Jesús a dar pasos hacia una vida más sobria, para compartir con los necesitados lo que tenemos y sencillamente no necesitamos para vivir con dignidad. Hemos de hacernos preguntas muy concretas si queremos seguir a Jesús en estos momentos.

Lo primero es revisar nuestra relación con el dinero: ¿qué hacer con nuestro dinero? ¿Para qué ahorrar? ¿En qué invertir? ¿Con quiénes compartir lo que no necesitamos? Luego revisar nuestro consumo para hacerlo más responsable y menos compulsivo y superfluo: ¿Qué compramos? ¿Dónde compramos? ¿Para qué compramos? ¿A quiénes podemos ayudar a comprar lo que necesitan?

Son preguntas que hemos de hacernos en el fondo de nuestra conciencia y también en nuestras familias, comunidades cristianas e instituciones de Iglesia. No haremos gestos heroicos, pero, si damos pequeños pasos en esta dirección, conoceremos la alegría de seguir a Jesús contribuyendo a hacer la crisis de algunos un poco más humana y llevadera. Si no es así, nos sentiremos buenos cristianos, pero a nuestra religión le faltará alegría.