VER

Mezclado con el lenguaje cotidiano, fluye y aflora, cuando precisamos de él, un lenguaje religioso, cargado de un sentimentalismo tan convincente, que se asemeja a la fe, se reviste de fe y se confunde con ella.

Adulamos a Dios, aunque a veces nos pongamos en su contra; lo adoramos, lo bendecimos con creces; nuestra vida se convierte en oblación incondicional, ofrecemos, pero al mismo tiempo pedimos, exigimos.

Le decimos a Dios que lo amamos, que nada podemos sin él; que nuestra vida está en sus manos y nos abandonamos, ciegamente, a su voluntad. Pero de las palabras a la vida de fe puesta en práctica, se zanja una gran distancia. Es un lenguaje vacío, de ornato, que pone en lo más alto una fe distante del prójimo, de la vida, de la realidad que nos interpela.

ILUMINAR

“Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza, el Dios que me protege y me libera”, (Sal 17).

Las palabras del salmista se elevan como un reconocimiento de amor, agradecido y confiado, a un Dios que libera. El acontecimiento más profundo, sobre el cual se fundamenta la fe de Israel, es la experiencia de la liberación, que se ha repetido en diferentes momentos de su historia, y en la que ha descubierto la presencia incondicional del Dios de sus ancestros.

A Dios se le ama porque su misericordia acoge las miserias del hombre, las transforma y llena de vida; porque hace suyos los pecados de su pueblo y, desde allí, pacta una alianza con él, para mantenerse unidos. Le amamos porque él nos amó primero.

Cuando todo se ha perdido y no se puede confiar en nadie, el creyente sabe que aún hay algo más. Entonces, se adentra en el corazón e invoca al Señor de la esperanza (Sal 17,4); Él lo librará de sus enemigos, lo protegerá, será su refugio. De ese corazón agradecido aflora una bendición sincera, puesto que el hombre, en esa confianza filial, puede bendecir a su creador:

Bendito seas, Señor, que me proteges; que tú mi salvador, seas bendecido”, (Sal 17).

De la confianza en Dios se construye una fe madura, que lo reconoce como el único Dios verdadero y de cuyo amor se aprende a amar:

Muy bien, Maestro. Tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y que amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”, (Mc 12,32-33).

ACTUAR

Yo te amo, Señor, porque amo a mis hermanos, y en la medida que los amo, tú me liberas, me proteges, me acoges y me bendices. Por eso, bendito seas.