VER

Hay situaciones o acontecimientos que, para poderlos entender, necesitamos del contexto en el que surgen o de la cusa que los originó. Sobre todo, si a eso que ha sucedido influye, de una u otra manera, en la historia, en la configuración de las instituciones, en las decisiones más importantes y, de manera particular, en la vida de los individuos, cuando intentan alcanzar una proyección hacia el futuro.

Hoy podemos hablar, por ejemplo, de los “movimientos del 68” y tratar de tomarlos como bandera de batalla, pero, si no comprendemos el porqué de ello y las motivaciones subyacentes en aquel momento, no servirá de nada pensarlos como acicate para el futuro.

Comprender y asimilar el presente de cada acontecimiento importante, nos obliga a voltear la mirada hacia su propio pasado (no importando si es inmediato o lejano) y así poder canalizarlo en la proyección del futuro.

La pasión, la muerte y, por supuesto, la resurrección de Jesucristo, tienen un sentido profundo y una clara repercusión en el futuro de la humanidad, porque se sustentan en un proyecto, el de Dios, y en el cumplimiento fiel y cabal del mismo. Una pasión sufrida y una muerte llevada al extremo (la cruz) por la firme convicción de estar cumpliendo la Voluntad del Padre. Y la voluntad del Padre es lo que da sentido a todo acontecimiento en torno a la persona de Jesús.

ILUMINAR

La liturgia de la Palabra, dentro de la Eucaristía dominical, centra la atención en el tema de la Pasión del Señor. El texto del profeta Isaías (50,4-7) resalta los motivos que mueven a un discípulo a proclamar día a día la voluntad de Dios y saber que los peores oprobios caerán sobre su persona: “El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás” (v. 5). La carta de Pablo a los filipenses (2,6-11), exalta la humildad de Jesús, quien se hizo siervo y hombre, y, sin alardear su condición divina, se humilló hasta la muerte en cruz (v. 8). Por último, el evangelio de Lucas (22,14-71; 23,1-56), narra los últimos acontecimientos de la vida de Jesús antes de su muerte: la cena con los discípulos, la oración en el huerto de los Olivos, la aprehensión, el juicio (la pasión), la condena, la muerte en la cruz y la sepultura.

Todo este panorama se recoge, paso a paso, durante la Semana Santa, de manera particular en el Triduo, dando lugar a cada acontecimiento y rescatando su sentido teológico a través de la proclamación de la Palabra y la reflexión. No obstante, para comprender la razón de este todo, conocer el contexto inmediato del que surge y las causas que lo provocan, la liturgia nos ofrece la celebración inicial del Domingo de Ramos (bendición y procesión de las palmas), y con ella nos da la pauta.

Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino a Jerusalén (Lc 19.28). Subir a la ciudad Santa, cada año durante la Pascua, más que un camino obligado, era una convicción asumida por el pueblo: celebrar la Pascua significaba celebrar la liberación de la esclavitud y recordar que eran un pueblo libre, amado y elegido por Yahvé.

Jesús no pasa por alto la tradición, pero quiere llevarla más allá de las costumbres y las prerrogativas; desde su experiencia profunda y personal con el Padre sabe que debe enfrentarse a un reto mayor: redimensionar la Pascua desde la Buena Nueva, recuperando su verdadero sentido liberador y hacerla extensiva a todo el pueblo, sobre todo a los excluidos y olvidados.

Entrar a Jerusalén, en el contexto de la Pascua, montado en un burro y ser aclamado como rey por la gente, era una decisión atrevida. Nadie, por encima de la ley y las tradiciones, podía ocupar un lugar protagónico cuando la Pascua, la gran fiesta del pueblo judío, resalta la presencia y la figura del Dios único y verdadero, liberador y Señor de la creación.

Decidió subir a Jerusalén y conforme avanzaba, la gente tapizaba el camino con sus mantos, y cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! (vv. 36-38).

Escribas, fariseos y autoridades del Templo buscaban un motivo suficiente, que representara una afrenta a la ley, para condenar a Jesús y, el gesto de entrar como rey, no podía pasar por alto. Confabularon, decidieron y entremezclándose el miedo, la traición y el desprecio, lo aprehendieron cuando, en oración, se debatía entre su propia voluntad y la Voluntad del Padre: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22,42).

La pasión y la muerte son la consecuencia de una fidelidad llevada al extremo; cada decisión, cada gesto, cada paso están animados por le proyecto de Dios y su Voluntad. El Domingo de Ramos nos ayuda a comprender lo que celebramos y recordamos durante la Semana Santa.

“Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.

Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado” (Is 50,6-7).

ACTUAR

El papa Francisco, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, nos dice que la celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Ser y vivir conformes a Cristo, un llamado que nos interpela a no quedarnos sólo en el cumplimiento de “celebrar”, sino de ir más allá, reconfigurando nuestra vida desde la Buena Nueva, atrevernos, arriesgarnos y emprender el camino hacia Jerusalén, con la misma convicción de la que habla el salmista (Sal 22), y que era la misma convicción de Jesús:

“Los que me ven, se burlan de mí, hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo: Confió en el Señor, que Él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto.

“Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea: Alábenlo, los que temen al Señor; glorifíquenlo, descendientes de Jacob; témanlo, descendientes de Israel”.