VER

Todo hombre se reviste de una ilusión de poder y dominio, que ejerce, a veces, de manera natural (para el bien común o para bien propio), o que subyacen, impasibles, hasta que algo los despierta y detona. Del modo que sea, cuando esas capacidades son alentadas por algo que las altera y se proyectan con el afán de subyugar a los demás y obtener privilegios, se desvirtúa, entonces, la bondad de la naturaleza humana, caracterizada por la dimensión fraterna, hasta caer en la tentación de los lujos, los bienes, la codicia y la prepotencia.

Siempre buscamos ser mejores y únicos, tener más que nadie, abarcar y dominar el horizonte más vasto posible (apropiarnos de él territorialmente). Deseamos ser reconocidos y recibir alabanzas, caminar por la vida con un bastón de mando, dando órdenes y reivindicando un “poder” que nadie nos ha otorgado.

El poder es una tentación que nos corrompe, cuando vemos en él la posibilidad, nada despreciables, de dominar el mundo. ¿Somos capaces de sobreponemos a ello?

ILUMINAR

Lucas (4,1-13) nos refiere que Jesús, movido por el Espíritu, se internó en el desierto (v. 1), en la soledad más profunda e inmensa, para encontrarse consigo mismo antes de cumplir la voluntad del Padre, que lo había enviado. Allí, entre hambre, soledad y sequías, fue tentado por el demonio (v. 2).

El Diablo puso frente a él las condiciones propicias para reivindicar un poder que Jesús no pretendía, revestido de éxitos, reconocimientos y dominio. Tenía claro que Yahvé es el único Dios y sólo a él servía (v. 8); que el pan es fundamental para la vida, pero es necesario algo más: un alimento que nutra el corazón del hombre (v. 4) y que las tentaciones están allí, para enfrentarlas y superarlas, fortaleciendo la dignidad de la persona, no para tentar al Señor ni aprovecharse de su bondad (v. 12). […] “Así que Jesús -dice Leonardo Boff- fue triunfando sobre la historia del pecado en sus tentaciones y en su propia carne (ver Rm 8,3), no desde afuera, en una soberana distancia inalcanzable por los tentáculos de la tribulación. La grandeza de Jesús no está en no tener tentaciones, sino en poder superarlas todas.[1]

El poder, entendido como un medio de dominio y sometimiento, no salva; al contrario, esclaviza y hace al hombre reo de su propia ambición. Así como para Jesús, la fidelidad al Padre fue garantía de la victoria sobre el demonio, para nosotros, como bien afirma Pablo, es el mismo Jesús resucitado la garantía de nuestra salvación: Muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, se encuentra la salvación (Rm 10,8).

Las tentaciones son, justamente, tendencias, ilusiones, deseos que nos arrancan de la realidad y nos atrapana en su red; se hacen parte de nosotros, nos despersonalizan, nos trastornan, nos vacían. Lo único realmente al alcance, intrínseco al hombre y que no lo despoja de nada, es la fe que echa raíces en el corazón y se proclama con la boca:

“Porque basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse”, (Rm 10,9).

ACTUAR

Lucas termina diciendo que concluidas las tentaciones, el Diablo se retiró de él, hasta el momento oportuno (v. 13). Es decir, vencida una tentación, vendría un reto mayor. El Diablo, dice Pedro, “es como un león rugiente que busca a quien devorar” (1Pe 5,8).

Para el mal siempre hay momentos oportunos, una y otra vez nos acecha, pero el hombre tiene las herramientas de la fe para vencerlo.

El ser humano, pues, está estructuralmente sujeto a la tentación y a las solicitaciones de la carne y del espíritu. Es un ser concupiscente. Esta situación, de por sí, no es mala; nos presenta simplemente el superabundante dinamismo de la vida humana carnal-espiritual. El mal no consiste en tener tentaciones, sino en secundarlas. A Dios le pedimos no que nos ahorre las tentaciones, sino que nos ampare en ellas.[2]



[1] Boff, L. (1982). El Padre Nuestro. Ed. Paulinas. Madrid. p. 139.

[2] Boff, L. (1982), p. 133.