Podemos distinguir dos características en las manifestaciones sociales: que son multitudinarias y que están permeadas por la diversidad. Esto quiere decir que lo mucho y lo diverso ahora son parte de una misma realidad y se funden para dar origen a una sola experiencia. Recalco el ahora, partiendo del hecho que, en otro tiempo, aunque sin ser regla general, si bien se congregaban multitudes por un interés común, no siempre la diversidad marcaba el ritmo de tales eventos.

Lo diverso era motivo (y aun lo sigue siendo) de enfrentamientos, discordias, rivalidades y luchas fratricidas, que ahondaban con mayor intensidad y fuerza las diferencias, llevándolas al punto de lo irreconciliable. Un grupo de gente, bajo el influjo de una ideología, salía a las calles y a las plazas para protestar en contra de grupos divergentes. Se homologaban en referencia de ellos mismos, sustentados en convicciones subjetivo-colectivas, pero jamás se llegaba a la tentación de una manifestación heterogénea; se imponían el desprecio, la segregación, la distinción racial… como norma de comportamiento y regla de una “civilidad” estéril, antisocial e inhumana.

No obstante, como marcamos al inicio, hoy, el peso de la diversidad y su raigambre en una nueva concepción de la sociedad y una visión distinta del hombre, se abre inevitablemente hacia la heterogeneidad, a la participación sin fronteras ni límites. ¿De qué depende?, en parte de las convicciones personales y de las expectativas que de allí surgen, y en parte por las propuestas innovadoras de líderes visionarios, que rompen paradigmas y se atreven a cuestionar los añejos convencionalismos sociales.

“Tengo un sueño…, una esperanza…, una fe… Con esta fe seremos capaces de transformar las discordancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad”, (M. L. King).

ILUMINAR

Los textos de la liturgia coniciden hoy en dos temas: multitudes y diversidad. Hechos nos habla de una gran concurrencia entre judíos, prosélitos y paganos (13,45), el Apocalipsis refiere una muchedumbre incontable, formada por hombres de todas las naciones y razas (7,9) y el Evangelio de Juan se refiere a un rebaño, que prefigura a todos aquellos que siguen al Señor (10,27). Fenómenos que, después de la Pascua, se fueron desatando tras el anuncio del Evangelio, teniendo como objetivo hacer llegar un mensaje de amor, de perdón, de libertad, y una atrevida e innovadora acogida, sin límites, a todos aquellos que quisieran abrazar la fe en el Señor, no importando raza, religión, cultura, condición social o historia personal. Bastaba con escuchar el llamado y convertirse de todo corazón.

Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen… (10,27)

Escuchar la voz, y no un discurso coyuntural ni el plantemaiento de una teoría social, o de una ideología (aunque el evangelio sí posee una innegable carga provocativa de inevitables consecuencias sociales). Escuchar el sueño donde se gesta un ideal: que todos sean uno. (Jn 17,21). Todos, es igual a multitud y diversidad.

De ese modo, Lucas nos cuenta que casi toda la ciudad de Antioquía acudió a oir la Palabra de Dios (Hch 13,44). Una concurrencia tan grande, convocada por la predicación de la Palabra, congregó a judíos piadosos, prosélitos y paganos; el hecho, despertó la envidia de los judíos (v. 45) y, no obstante las prohibiciones y amenazas, la Palabra de Dios se iba propagando por toda la región (v. 49).

“Yo te he puesto como luz de los paganos (de las naciones), para que lleves la salvación hasta los últimos rincones de la tierra”, (v. 47).

Juan, por su parte, nos hace partícipes de una visión extraordinaria, marcada por la universalidad que surge del evangelio (multitudes y diversidad): vi una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas… (Ap 7,9). Están de pie, frente al trono del Cordero, porque esa voz, y sólo esa, ha sido el referente de su camino y su entrega.

Por último, el mismo Juan en el evangelio, cierra con una imagen que concentra el principio de totalidad: El Padre y yo somos uno (v. 30). Vemos allí al Dios único y verdadero, creador del cielo y de la tierra, junto al Hijo redentor, que vino al mundo para dar su vida en rescate de muchos (Mt 20,28).

Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano (Jn 10,28).

Las visiones que experimenta Juan, además de transmitir un mensaje, nos revelan el sueño de Dios:

“Tengo un sueño…, una esperanza...: que todos sean uno, como el Padre y yo somos uno”, (Jn 17, 21; 10,30).

ACTUAR

Las palabras del salmista pueden ser un canto de alabanza, pero también la expresión de una convicción profunda, que se convierte en profesión de fe:

“Reconozcamos que el Señor es Dios, que él fue quien nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño”, (Sal 99).

Una pastoral en clave misionera no se ob­sesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un obje­tivo pastoral y un estilo misionero, que realmen­te llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario (papa Francisco, EG 35).