Nadie es profeta en su tierra… Una consigna tan cierta como el mismo sol. Lo que expresa, se puede asumir desde dos posturas que se contraponen en la intencionalidad, aun partiendo, como vemos, de las mismas palabras: por un lado, puede ser un lamento en boca de aquellos que han encarnado y asumido, en su vida y en sus acciones, la condición profética de todo bautizado. Por otro lado, las mismas palabras exactamente, se pueden convertir en oprobio y desprecio por lo que otros hacen en pro de una causa, de una lucha, de un pueblo…

Sin pretender opacar voces y vidas teñidas de profetismo (que las hay muchas), evoco tres figuras emblemáticas que, con sólo mencionarlas, ilustran nuestro discurso: Martin L. King, Nelson Mandela y Monseñor Romero. No obstante, me detendré un poco en el testimonio de dos mujeres, ambas profetas y mártires, de quienes poco conocemos, pero que, convencidas de dar su vida por el Evangelio, se entregaron hasta la muerte.

Léonie Renée Duquet y Alice Domon, religiosas francesas, insertas en el pueblo argentino, compartiendo con él la fe y las adversidades, víctimas de la intransigencia de la dictadura que se enarbolaba en la década de los 70’s (siglo pasado), en la figura de Rafael Videla.

En diciembre de 1977 las hermanas Alice y Léonie, junto con las madres de Plaza de Mayo y militantes de derechos humanos, prepararon un manifiesto con el nombre de los desaparecidos y reivindicaron que el gobierno diera a conocer su paradero… Entre los firmantes figura Gustavo Niño, nombre falso que utilizaba el capitán de la Armada, Alfredo Astiz, para infiltrarse en el grupo que se reunía en la parroquia de Santa Cruz.

La mayor parte del grupo fue secuestrado el 8 de diciembre en esta parroquia. Alice estaba entre ellos. El día 10, secuestraron a Léonie, de 71 años… Entre los días 14 y 18 de diciembre, las dos hermanas y el resto de detenidos fueron trasladados al aeropuerto militar de Buenos Aires, subidos sedados a un avión de la Armada y arrojados vivos al mar frente a la costa de Santa Teresita, muriendo al chocar contra el agua. En un ejemplo de humor perverso, los marinos hacían referencia a “las monjas voladoras”.[1]

ILUMINAR

Las palabras que Jesús dirige a la gente de Nazaret y los acontecimientos que narra Lucas en estos versículos (4,21-30), no se pueden comprender si no partimos de la fuerza y el alcance que tiene el texto de Isaías referido allí mismo (que nos presentó la liturgia de la semana pasada):

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (vv. 18-19).

Inmediatamente después de haber leído el texto y dirigirse a la gente reunida en la Sinagoga, hay reacciones, que podemos ubicar en tres momentos en los que sobresale, cada vez, una actitud específica, con sus consecuencias:

  • Primer momento: duda y desprecio.

Aunque se admiran de la sabiduría contenida en las palabras de Jesús, se preguntan: ¿No es éste el hijo de José? (v. 22). Qué puede enseñarnos una persona como él, hijo de carpintero…

  • Segundo momento: afrenta.

Jesús interpela la actitud de la gente con dos expresiones sarcásticas e incisivas: Médico, cúrate a ti mismo…, yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra (vv. 23-24). Les recuerda cómo en tiempos de Elías y Eliseo, quienes fueron socorridos por la misericordia divina y la acogieron con fe, a través de la palabra de los profetas, fueron una viuda de Sarepta, en Sidón, y un leproso de Siria, regiones paganas.

  • Tercer momento: ira.

La cerrazón del corazón los lleva del desprecio a la violencia colectiva; todos, encolerizados, lo sacaron de la ciudad para despeñarlo por un precipicio (vv. 28-29).

Léonie y Alice asumieron el mismo camino y el mismo destino. Ambas, convencidas como Jesús, no dudaron en reconocer que el Espíritu del Señor estaba sobre ellas, y las había enviado a liberar, curar, acompañar, luchar por la justicia y por los derechos del pueblo; sus convicciones fueron puestas en duda y despreciadas. La marcha con las madres de Plaza de Mayo se convirtió en la afrenta que desató la ira de las autoridades. La mente y el corazón cerrados los llevó a actuar con violencia, las sacaron de la ciudad, las subieron a un avión y las despeñaron…, arrojándolas al mar.

En medio de esta noche oscura, terrible e incierta, resuenan con fuerza las palabras de Jeremías, dando sentido al sin sentido:

Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco; desde antes de que nacieras, te consagré como profeta para las naciones. Cíñete y prepárate; ponte en pie y diles lo que yo te mando. No temas, ni titubees delante de ellos, para que yo no te quebrante… Te harán la guerra, pero no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte (1,4-5.19).

ACTUAR

Pablo, en su primera carta a los Corintios (4,21-30), nos muestra un camino que contraviene al camino de la contradicción:

Hermanos: Aspiren a los dones de Dios más excelentes. Voy a mostrarles el camino mejor de todos. Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que resuena o unos platillos que aturden… (12,31-13,1).

Si no tengo amor… callarse hoy sería cobarde (Léonie Renée Duquet).



[1] Clara María Temporelli. (2016). Amigas de Dios, profetas del pueblo. Cuadernos CJ 199. Cristianisme i Justícia. Barcelona. p. 13.