VER

Siempre habrá alguien a quien sorprendamos cometiendo un error, o una falta mayor que los nuestros (en apariencia), y se convierta así en el chivo expiatorio, el pretexto ideal para curarnos en salud. La mejor manera de deslindarnos de las culpas personales es encontrar a otro que no tenga perdón de Dios.

Acusamos, pero no asumimos el peso de nuestras palabras; condenamos, pero no aceptamos la parte de la culpa que nos toca y, además, buscamos un juez que dicte sentencia, confirme nuestras sospechas y se ensucie las manos por nosotros, de tal modo que, si la acusación es injusta, él cargará con el peso del error.

Hoy por hoy, con la ayuda de nuestros dispositivos, nos dedicamos a sorprender in fraganti a cuanta persona pasa frente a nosotros y comete un error (el vecino, el transeúnte, el conductor del taxi, la señora que vende flores en la esquina, el policía, un político, la maestra, el cura, el amigo incauto, etc.). Subimos de inmediato la evidencia a las redes y esperamos a que la sociedad juzgue y condene, a veces de manera dura e inmisericorde. En todo ello, el perdón no cuenta, porque se trata, única y exclusivamente, de condenar.

ILUMINAR

Entonces los escribas y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices? (Jn 8,3-5).

Hay un detalle sobresaliente, que contrasta la actitud de Jesús y la de los escribas y fariseos: Jesús venía de orar en el Monte de los Olivos, de estar en sintonía con el Padre, asimilando su voluntad y su proyecto; lleno del Espíritu, bajó para enseñar, sentado entre la gente (vv. 1-2). En cambio, escribas y fariseos, vienen de fiscalizar a la gente; con suspicacia y la ley en la mano, buscan a quien sorprender en pecado para condenarlo a muerte.

El peso de la culpa se aligera, se diluye, cuando encontramos pecadores imperdonables (que han pecado más que nosotros) y sobre los cuales deseamos que caiga todo el peso de la ley, mientras ésta no nos toque en lo más mínimo.

“La sorprendimos en flagrante adulterio y, según la ley Mosaica, debe morir lapidada. ¿Tú que dices?”. Le tienden una trampa dejando en él la responsabilidad de juzgar y decidir el destino de esa mujer, saben que no actuará conforme a las prescripciones y que, sin duda, la defenderá, o la perdonará, convirtiéndolo en cómplice. Sólo así podrían acusarlo y, también a él, condenarlo a muerte.

¿Tú qué dices? El silencio de Jesús es retador e incomoda, una reacción inesperada. Un silencio que se alimenta de la oración y de la estrecha relación con el Padre; medita y reflexiona sus palabras y su respuesta, se incorporó y les dijo: Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra (v. 7).

Sorprendidos ahora ellos, se escabulleron, se fueron y los dejaron solos… (v. 9). Jesús no pronunció ninguna sentencia ni siquiera emitió juicio sobre nadie; sus palabras, en realidad, cargadas de misericordia, abrían la posibilidad para que cada uno se remitiera a su propio corazón, reconociera sus pecados y se sintiera acogido por el perdón. Pero huyeron, porque la vía de la ley es más fácil que el proceso de conversión.

…Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar (v. 10-11).

La ley esclaviza y aprisiona, el perdón libera: vete y no vuelvas a pecar…

ACTUAR

La escena y el desarrollo de los acontecimientos entre Jesús y la mujer se ofrecen ante nosotros como una propuesta, donde la misericordia hace del perdón una forma de vida. El texto nos invita a mirar y vivir perdonando, amar antes que juzgar, orar antes tomar decisiones.

La Cuaresma no es sólo un tiempo de penitencia, sino de conversión y de esperanza, de cambios radicales en la vida animados por la confianza en el Padre que nos dice:

No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan? Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en la tierra árida (Is 43,18-19).