VER

La autoestima es el parámetro del éxito personal, del empoderamiento ante la vida, la posibilidad de tomar decisiones acertadas y de sostenerlas hasta alcanzar el objetivo subyacente en ellas. Pero, cuando la autoestima es una adversidad contra nosotros mismos, se convierte en el peor enemigo, en el más grande obstáculo y, en ocasiones, en la frontera infranqueable que cancela nuestro paso al éxito y la plenitud.

La baja autoestima posee una lenguaje descalificador y lacerante (no soy nada, no sirvo para nada, no puedo…), que lleva a los individuos a la depresión y el desinterés por todo; una persona así, se deslinda, se ausenta, se aísla, se niega la posibilidad de encontrar una razón para vivir, para ser y para estar.

No obstante, siempre habrá una voz que interrumpa el silencio y nos arranque del ensimismamiento, para convertirse en el referente que nos indique el camino de regreso a la felicidad; el único requisito es escuchar, asumir y arriesgarse…

ILUMINAR

Los textos de la liturgia de este domingo resaltan, cada uno, tres peculiares actitudes en tres personajes distintos, donde es evidente una imagen personal de baja estima e, incluso, de un desprecio por sí mismos. El primero de ellos es Isaías: “¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros…” (Is 6,5); el segundo es Pablo: “soy un aborto…, el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol”  (1Cor 15,8-9) y, por último, Pedro: “¡Apártate de mí Señor, porque soy un pecador!” (Lc 5,8).

Impureza, desecho (aborto), pecado. Tres conceptos, entre muchos otros, que una persona puede asumir para cualificar su vida y ponerla por tierra; es un modo de darse por vencido y acercarse a los límites de la muerte, aceptada, sin más, como tragedia y como negación total.

Pero, como el mismo Pablo afirma, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracias (Rm 5,20). Esa gratuidad de Dios es una expresión fehaciente de su misericordia y de la confianza puesta en el hombre, aun cuando éste se considere indigno, despreciable e imperfecto. La iniciativa de Dios no tiene parámetros ni límites, Él elige y llama, sabiendo de antemano que, quien se ha dejado tocar por su Palabra, responderá, y, de la desgracia, surgirá un ser fortalecido con la gracia de Dios, para ser su testigo ante los hombres.

Isaías, Pablo y Pedro, cada uno por su parte, experimentaron en carne propia una transformación radical, provocada por la gracia divina: Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados (Is 6,7). Sin embargo, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí(1Cor 15,10). No temas, desde ahora serás pescador de hombres (Lc 5,10). No cabe duda que el Señor pone su mirada en el humilde y el abatido que se estremece ante sus Palabras (Is 66,2).

En la carta apostólica, Misericordia y Miseria, el papa Francisco nos dice tres cosas muy claras al respecto (nn. 2-3):

  • El perdón es el signo más visible del amor del Padre.
  • Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia.
  • La misericordia suscita alegría porque el corazón se abre a la esperanza de una vida nueva.

ACTUAR

La gracia de Dios no es sólo un regalo (gratuidad), sino que, al ser presencia de Dios en nosotros, es llamado, vocación y oportunidad. La certeza de que Él nos ama nutre la certeza que daremos respuesta:

Escuché la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía? Yo le respondí: Aquí estoy, Señor, envíame… (Is 6,8).