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Las leyes que emanan de las legislaturas, se hacen y se piensan con el fin de proteger los derechos individuales, los de cada ciudadano, y para garantizar que la soberanía de la nación entera permanezca inalterable e inalienable. La intención, en el fondo, es construir un ambiente de paz y armonía para todos. Pero no siempre es así…

Existen leyes, reformas a la ley o adecuaciones a la misma que, más allá de generar una sensación de paz, provocan incertidumbre y zozobra entre la gente; se vive con la inseguridad de no saber si nuestras acciones están realmente protegidas por la ley, o amenazadas bajo la posibilidad de una sanción.

Presenciamos una lucha dialéctica entre leyes y derechos humanos, o una desafortunada combinación (no en todos los casos) de ambas instituciones. Por ejemplo: muchos padres de familia viven atemorizados, y amenazados en ocasiones, por los derechos de los hijos (de los niños); delincuentes que salen librados de una condena, porque sus derechos humanos se sobreponen a la ley; profesores que pierden su empleo, porque su proceder fue considerado violento, inhumano, inadecuado…, desde la perspectiva que un alumno (no importando su edad) - secundado por sus padres y avalado por los derechos de niños y jóvenes -, adopta y aprovecha si las circunstancias lo desfavorecen (aunque será siempre necesario distinguir y reconocer la falta cuando un profesor pasa por alto la dignidad y la condición de sus alumnos). Y muchos otros casos donde la línea entre derechos y obligaciones se diluye y se confunde en una maraña de leyes inadecuadas e inconsistentes.

El caso es que, para “vivir en paz” hay que cumplir las leyes y observarlas en la medida de lo posible, aunque vivamos atemorizado por lo que pueda suceder si en algo, por mínimo que sea, fallamos.

ILUMINAR

“En aquellos días vinieron de Judea a Antioquía algunos discípulos y se pusieron a enseñar a los hermanos que si no se circundaban conforme a la ley de Moisés, no podrían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé…” (Hch 15,1-2).

La configuración de las comunidades nacientes inició con dificultades, sus miembros buscaban la perfección, o la santidad, entrampados en un dilema: debían mantenerse fieles al cumplimiento de la antigua ley y cerrarse a otras posibilidades, o, a partir de las exigencias que implicaba el compromiso con el evangelio, abrirse a la diversidad, que resultaba del anuncio de la Buena Nueva a otros pueblos, y abordar una novedad cifrada en nuevas formas de pensar, de vivir y de creer.

Entre fidelidad y convicciones se desata una serie de desacuerdos que no llevan a nada, más que a dañar la integridad de las comunidades y el ideal de una fraternidad sin distinciones, que nacía de la filiación a Dios por medio de Jesucristo (Ef 1,5).

El problema se ancla a una práctica ritual, de rutina entre los judíos: la circuncisión. Para aquellos pertenecían al pueblo judío, incluidos los discípulos y los seguidores del Señor, resultaba fácil comprender el sentido y el significado de tal prerrogativa, pero ante el nuevo panorama de apertura a la diversidad, cultural y religiosa, dicho gesto resultaba excluyente y limitante; sin sentido ni relevancia, era inaceptable. El mismo Santiago afirma: Por tanto, pienso que no hay que poner obstáculos a los paganos que se conviertan a Dios (Hch 15,19).

Los discípulos, reunidos en Jerusalén, han hecho un discernimiento y, dejándose guiar por el Espíritu del Señor, tomaron una decisión desde los criterios del evangelio: El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponer más cargas que las estrictamente necesarias… (v. 28).

Tal situación les había robado la paz: el cumplimiento de una ley se contraponía al evangelio, pasando por encima de la dignidad de la persona. No obstante, todos ellos habían recibido la garantía de una paz duradera, afianzada en el mismo Jesús y no en criterios mundanos: La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden… (Jn 14,27).

El Espíritu siempre asiste a quienes se abren a su novedad y no se doblegan ante la verdad: el Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho (Jn 14,25-26). El discurso de Pedro en el Concilio de Jerusalén, refleja esa convicción profunda en las palabras del Señor y una actitud decidida que los animaba a no acobardarse:

“Hermanos, ustedes saben que desde el principio me eligió Dios entre ustedes, para que por mi medio los paganos escucharan al Buena Noticia y creyeran. Dios, que conoce los corazones, mostró que los aceptaba dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros. Él no hizo ninguna distinción entre unos y otros y los purificó por medio de la fe. ¿Por qué ahora, ustedes tientan a Dios imponiendo al cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos sido capaces de soportar? Al contrario, nosotros creemos que tanto ellos como nosotros hemos sido salvados por la gracia del Señor Jesús” (Hch 15,7-11).

No es la ley la que sustenta la fe, sino el amor. Del amor nace la lucha por la justicia y de la justicia brota, como un fruto, la paz (Is 32,17). En esto radican la convicción de los discípulos y la toma de decisiones ante las adversidades: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Jn 14, 23).

El Padre de Jesús es el Dios cercano que se hace presente en el hombre que ama como prioridad, no en el que sólo cumple, pasando por alto el amor al hermano. Su ley tiene como primacía a los hombres de toda raza y de toda lengua, sin distinción entre unos y otros, a tal grado que, si aman, Él pondrá su morada en ellos.

No es en la ley que condena el pecado, ni en el Templo que limita el acceso al encuentro, donde está el Señor, Él habita entre nosotros (Jn 1,14). La visión apocalíptica de Juan confirma esta novedad: “No vi ningún templo en la ciudad, porque el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son el Templo” (Ap 21,22).

“¿No saben ustedes que son santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1Cor 3,16).

 ACTUAR

Sobre la ley el amor. Es una profunda interpelación que nos anima a reivindicar el derecho a la igualdad, el respeto por las diferencias y la libertad de todo individuo. No podemos permitir que el poder se justifique en la fuerza de la ley, sin antes detenerse a ver si toda ley es garantía de la justicia que cultiva la paz entre los hombres.

…Poder y comunidad cristiana – dice Fidel Aizpurúa – son realidades contrapuestas. Sobre todo porque el poder, además de fácilmente corruptible, está cerca de la violencia y tiene a la exclusión como técnica de consolidación […] Cuando la ley se comporta como un instrumento de poder, al dirimir situaciones de manera inapelable, con frecuencia ocurre que el sujeto receptor de sus beneficios, la persona, queda postergada. Y ello se hace en virtud de presiones sociales, religiosas o culturales que no escuchan el grito necesitado de amparo de la persona en debilidad…[1]



[1] Aizpurúa Donazar, F. (2019). Una lectura social del Nuevo Testamento. Ed. Verbo Divino. Navarra. pp. 539 y 542 (Edición digital).