VER

Si un día perdiera

mi calma y mi paz

tú sabrías qué hacer

y cómo ayudar.

Si perdiera la fe

tendría en ti

algo en lo que creer.

 

Pongo mi confianza en ti,

tú no me dejarás,

nunca me traicionarás,

dos impulsos y un solo ser

haciéndome pensar

que puedo mantenerme en pie,

nunca perderé mi confianza en ti,

nunca perderé mi confianza en ti.

Son las dos primeras estrofas de una canción titulada Mi confianza, interpretada por Luz Casal. Así, podemos confirmar que la confianza, más que un concepto por definir es una experiencia que se vive y se construye a través de un camino de ida y vuelta, porque es cosa de dos que coinciden en tiempo y circunstancias. De hecho, la confianza no es sólo tener fe en otro, sino más toda vía: es tener una fe en común (cum-fidere), la misma fe el uno en el otro.

La confianza se vive y se experimentan en el tú a tú, y la acompaña gestos propios de ella: abrazos, besos, detalles especiales, silencio respetuoso, escucha sincera, disponibilidad, apertura, respeto mutuo, etc. En una idea: la confianza se encarna en y a través de nuestras relaciones humanas.

Pero, esas relaciones, establecidas sobre el fundamento de la condición humana, muchas veces se rompen, se destruyen, por la desconfianza y la inconsistencia; por el egoísmo y el temor a caminar con otro, con-fiando en él. Pasamos a las decepciones, los desencuentros y las incomprensiones que nos aíslan y nos hunden en profundas soledades.

Lo intrincado de este proceso, entre confiar y desconfiar, es que la confianza en Dios pasa por la confianza en el hombre…

ILUMINAR

Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparte al Señor de su corazón… (Jr, 17,5).

A pesar de la radicalidad del texto, Jeremías no arremete, sin más, en contra de las relaciones humanas sustentadas en la confianza mutua; estando frente a un pueblo creyente, denuncia las relaciones centradas en un amor egoísta, y ególatra, que se olvidan de Dios y lo dejan fuera.

No olvidemos que el amor a Dios siempre desemboca en el amor al prójimo y viceversa; no por nada amar a Dios, al prójimo y a uno mismo están sobre la misma línea (Mt 22,36-39). Desde aquí, Jeremías esboza la otra imagen del hombre:

Bendito el hombre que confía en el Señor y en él pone su esperanza. Será como un árbol plantado junto al agua, que hunde en las corrientes sus raíces, cuando llegue el calor, no lo sentirá y sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequías no se marchitará ni dejará de dar frutos (vv. 7-8).

La plena confianza en Dios garantiza al creyente un porvenir lleno de bendiciones, seguridades y abundancia, pero siempre desde una perspectiva que contempla, al menos, tres aspectos: justicia, respeto y fidelidad.

Desde este panorama cobra un mayor sentido el texto del evangelio de Lucas (6,17.20-26), conocido como discurso del llano. En él, Jesús resalta dos tipos de hombre: los dichosos y los desdichados. En las actitudes de cada uno de ellos subyace la confianza puesta en Dios. Además, Jesús hace evidente un contraste radical entre unos y otros: los primeros (los dichosos) están marcados por la lucha contra cuatro adversidades de la vida: la pobreza, el hambre, la tristeza (el llanto) y la persecución (aborrecidos, expulsados, insultados y maldecidos); los segundos (los desdichados), viven en la riqueza, la abundancia, la “alegría” y el reconocimiento.

Para Jesús, como para Jeremías, es claro que la confianza en sí mismo y en lo que se posee, lleva siempre a la desdicha, porque Dios ha quedado fuera. En cambio, los desposeídos y los despreciados, quienes confían siempre en Dios, recibirán una gran recompensa y serán herederos del Reino de Dios. Cuando la pobreza, el hambre, el llanto y la persecución son frutos de las injusticias humanas, Jesús invita a sobreponerse y confiar en Dios, no en el hombre; esa confianza hace del hombre dichoso y bienaventurado.

Al terminar de dirigirse, tanto a unos como a otros, Jesús concluye diciéndoles: así trataron sus padres a los profetas (vv. 223 y 26). ¿Qué querrá decir con esto?: que el modo de tratar al hermano refleja el modo cómo tratamos y nos relacionamos con Dios.

ACTUAR

Para un creyente la confianza en el hombre y la confianza en Dios nunca van separadas, una se alimenta y se enriquece de la otra. El Salmo 1 nos da unas pautas sencillas para que sepamos actuar y nuestras relaciones, nuestras acciones y nuestras decisiones lleguen a buen término:

Dichoso aquél que no se guía por mundanos criterios, que no anda en malos pasos ni se burla del bueno, que ama la Ley de Dios y se goza en cumplir sus mandamientos.