VER

El comportamiento humano se rige, muchas veces, bajo criterios que podríamos llamar “terrenales”, demasiado primarios y básicos, pero que son la norma que establece el modo de actuar y proceder de mucha gente ante diferentes circunstancias. Siguiendo esta lógica, nos encontramos con acciones que, más allá de parecer acertadas, no son más que un modo rápido y sencillo de inhibir la responsabilidad y alejarse de los compromisos; dichas acciones se plasman en verbos como olvidar, negar, despreciar, odiar, dejar, abandonar.

Es más fácil, y menos desgastante, odiar a nuestros opositores, que intentar un modo de converger con ellos; despreciamos al diferente y así marcamos una línea divisoria (un muro…) entre él y nosotros. Ayudamos al que sabemos compensará nuestros favores, pero no al que carece de medios y no tiene nada que darnos.

Eso, desde una óptica mundana, es “lo justo…”

ILUMINAR

El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados (Sal 102,8).

Esta imagen del Dios de Israel puede resultar novedosa, aunque lo peculiar en ella es su carácter retador, su forma de ser y su modo de actual, nos interpela. No nos trata como merecen nuestras culpas, no hace distinciones entre buenos y malos, es compasivo y misericordioso con todos. La maldad y el pecado están en el corazón del hombre, no en la mirada de Dios.

David se encontró en una situación límite ante Saúl, pudo quitarle la vida y arrebatarle el porvenir (1Sam 26,7-8). Pero su peculiar experiencia con Yahvé lo había marcado, permitiéndole ver más allá y actuar de manera distinta, reconociendo que “el Señor dará a cada uno según su justicia y su lealtad, pues él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor” (1Sam 26,23).

Lucas (6,27-38), una vez que nos presentó el discurso del llano (6,20-26), donde nos hacía ver la diferencia entre dichosos y desdichados, ahora nos interpela con una propuesta casi incomprensible desde los criterios humanos, en la que vibran con fuerza las palabras del salmista: “como un Padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama” (Sal 102,10).

Jesús presenta una lista de actitudes en contraste: actuar de manera inusual ante circunstancias adversas. Contrapone los criterios terrenales, que a veces rigen el comportamiento humano, con los criterios del Reino que surgen de la misericordia. En una idea: se trata de poner en práctica el amor en situaciones difíciles y contradictorias.

El texto habla por sí mismo, dejémoslo hablar y que interpele el corazón:

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee una mejilla preséntale la otro; al que te quita el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

“Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Si esperan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después.

“Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten si esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos e ingratos.

“Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; personen y serán perdonados; den y se les dará: recibirán un medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma con que midan, serán medidos”.

Una nota de Luis A. Schökel nos ayuda a comprender el texto evangélico: “…las únicas armas que propone Jesús para la realización de este proyecto de sociedad nueva son el amor, la bendición, empezando por los enemigos, y la oración (vv. 27s, 32s, 35); el perdón activo, entendido como pasar por alto una ofensa a condición de que el agresor tome conciencia del mal que causa, y cambie (v. 29); el compartir generoso como reacción contra la codicia (v. 30); el rechazo decidido a la avaricia y a la usura como causas fundantes del enriquecimiento de unos y empobrecimiento de otros (v. 34s); en una palabra, obrar con los demás como quisiéramos que los demás obraran con nosotros (v. 31).

ACTUAR

En el Evangelio, Jesús repite tres veces una pregunta: “¿qué hacen/qué tiene de extraordinario?”, (vv. 32-34). Lo ordinario se hace de cualquier manera. Muchas veces, nuestra vida cotidiana está marcada por la ordinariedad, que la hace mecánica, repetitiva, carente de sentido. El Evangelio, en cambio, nos lleva más allá: al atrevimiento de hacer cosas extra-ordinarias.

La línea de acción se traza con estas palabras: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso”, (Lc 6,36).

“En efecto, la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre”, (Papa Francisco, MM 1).