VER

Somos lo que comemosesto, desde el ámbito de la salud, lo cual quiere decir que la condición de nuestro cuerpo y el nivel de bienestar en que se encuentra reflejan, de alaguna manera, nuestros hábitos alimenticios. Una buena alimentación da como resultado una vida sana; por el contrario, una alimentación mala, o deficiente, repercute en una vida enfermiza y endeble.

Pero sabemos que no sólo de pan vive el hombre. Así como el organismo requiere de diversos nutrientes para crecer y desarrollarse adecuadamente, el espíritu humano necesita alimentarse de todo aquello que lo enriquece, para madurar y alcanzar la plenitud.

En realidad, somos lo que consumimos…, lo material, lo inmaterial, lo perecedero, lo efímero y lo permanente. A lo largo de nuestra vida “devoramos” con avidez - como dice el papa Francisco – una cantidad incalculable de cosas, experiencias, vivencias, deseos, etc., que van llenando nuestro interior hasta conformar nuestra personalidad y el modo cómo la vamos proyectando hacia afuera. Alimentamos nuestro interior a veces con odios y envidias, a veces con amor y respeto; en ocasiones lo saturamos de intrigas y dudas, o lo enriquecemos con la verdad, la certeza y la esperanza. Todo depende de cómo queramos asumir la vida y cómo decidamos vivirla.

ILUMINAR

El libro del Sirácide (27,5-8) nos muestra, en comparación con situaciones de la vida cotidiana, cómo es la vida del hombre proyectada desde su interior:

  • Al agitar el cernidor, aparecen las basuras; en la discusión aparecen los defectos del hombre.
  • En el horno se prueba la vasija del alfarero; la prueba del hombre está en su razonamiento.
  • El fruto muestra cómo ha sido el cultivo de un árbol; la palabra muestra la mentalidad del hombre. 
  • Nunca alabes a nadie antes de que hable, porque esa es la prueba del hombre.

La naturaleza humana está diseñada para alcanzar niveles de sabiduría y plenitud inimaginables; en cada uno hay, potencialmente, un sinnúmero de posibilidades que le permiten empoderarse de la vida, fluir a través de ella y confirmar, a cada paso, su dignidad creatural. Incluso, en las discapacidades, cuando se alimentan con un espíritu que las fortalece y transforma, emergen las individualidades más extraordinarias y creativas que jamás hayamos esperado.

Abandonar ese gran tesoro del hombre que es su interioridad, es como dar paso a la muerte que lo anula toda y lo hunde en el olvido. Por eso, Pablo nos recuerda enfático: “Hermanos: Cuando nuestro ser corruptible y mortal se revista de incorruptibilidad e inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: La muerte ha sido aniquilada por la victoria”. (1Cor 15,54).

El cambio del que habla Pablo, revestirse, es una decisión que depende de la propia iniciativa, todo comienza con una actitud humilde que acoge y acepta la fragilidad para comprenderla y transformarla en plenitud. No obstante, habrá quien decida no hacerlo y permanecer ciego ante su miseria. La ceguera es la negación que impide ver la realidad y reconocer la bondad en uno mismo y en los demás; se convierte en un riesgo que afecta a los otros: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo?”, (Lc 6,39).

Cuando el mal que habita el corazón del hombre se hace insoportable, se lanza como carga sobre el hermano y se le juzga según el malestar que corrompe, cometiendo injusticias en su contra:

“¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: 'Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo', si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”. (Lc 6,41-42).

El interior del hombre es un pozo del que brotarán, dependiendo del manantial que lo alimenta, aguas que nutren, o contaminan. Así lo plantea Jesús: “El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón; y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón”, (Lc 6,44).

ACTUAR

Conócete a ti mismo… Perdónate, escúchate, ve a tu interior y descubre que el amor es la verdad más profunda del hombre (M. Kundera); revístete con la novedad del evangelio.

¡Qué bueno es darte gracias, Dios altísimo, y celebrar tu nombre, pregonando tu amor cada mañana y tu fidelidad, todas las noches!

Los justos crecerán como las palmas, como los cedros en los altos montes; plantados en la casa del Señor, en medio de sus atrios darán flores.

Seguirán dando frutos en su vejez, frondosos y lozanos como jóvenes, para anunciar que en Dios, mi protector, ni maldad ni injusticia se conocen (Sal 91).