DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO

VER

Nuestras sociedades y la opinión pública, a través de las redes y los medios al alcance, posee y ejerce la posibilidad de expresar una palabra respecto de sus líderes y de sus guías. En ocasiones emite juicios duros y radicales que se convierten en una toma de postura.

Lo que una persona diga o haga, sobre todo en plaza pública, será sometido al filtro enjuiciador de las audiencias, de los testigos ordinarios, o de ocasión, e incluso de los transeúntes. Pero esos “juicios” son un hito, un síntoma que tiene su origen en un malestar generalizado, una actitud normal, común y ordinaria: la inconformidad.

No importando lo que un líder diga, siempre habrá un detractor que lo condene, o un apologeta que lo salve de cualquier condena.

Los juicios condenatorios fluyen en palabras que hieren, lastiman, denigran, insultan, desprecian: ¡es un impostor!, ¡mentiroso!, es un desadaptado, está loco…

JUZGAR

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco (vv. 20-21).

Las multitudes provocan curiosidad e inquietud, y atraen a más gente, las preguntas que busca saber por qué, afloran del miedo y la envidia. Pero cuando no hay respuestas convincentes, o que convengan a las razones de los oponentes, se construyen elucubraciones para desacreditar al líder que está en medio del pueblo: Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera (v. 22).

En tiempos de Jesús era impensable e inadmisible que tanta gente se reuniera en un lugar distinto a la Sinagoga, y mucho menos que llegaran allí buscando escuchar al joven rabí. La fascinación de la gente se mezclaba con el desacato de las tradiciones, motivada por la novedad de un maestro, un líder, que, siendo del pueblo, estaba con y para el pueblo, haciendo siempre por él lo que no estaba permitido por la ley; no sólo curar en sábado, o resucitar muertos, sino, además, convocar multitudes en una casa e interrumpir la comida.

Los fariseos y las autoridades veían y juzgaban a un loco, poseído por el demonio; para acusarlo, era necesario tacharlo de algo indignante, y hacerlo ver como un depravado: tiene pacto con el demonio. Sus argumentos eran tan absurdos como insostenibles: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos, no puede subsistir… (vv. 23-24).

Las razones de Jesús se sustentan en su propio mesianismo, él ha sido ungido con el Espíritu de Yahvé y nadie puede argumentar en su contra, ni mucho menos difamarlo. Así, una acusación absurda se viene abajo con la contundencia de la verdad: Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno (vv. 28-29).

Del Espíritu surge la vida, y con ella la novedad, la creatividad, la apertura a lo distinto, en cambio, la ley y la letra, como bien decía Pablo (2Cor 3,6), matan toda posibilidad de libertad.

En eta línea podemos comprender la otra reacción de Jesús ante la insistencia de su familia: llegan, se quedan fuera y lo mandan llamar…. Lo andaban buscando (v. 21) para llevárselo y acabar con esa locura; toman distancia de la multitud, y del mismo Jesús, y por eso se quedarse fuera; lo intimidan, ejerciendo la autoridad que les compete, avalada por la tradición, ejecutada por emisarios: lo mandaron llamar (v. 31).

La iniciativa de «formar» un nuevo pueblo de Dios recibe reacciones distintas. La multitud que sigue a Jesús la apoya, pero un grupo más pequeño y cercano, que incluye sus familiares, la rechaza (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

A pesar del desprecio y la difamación, Jesús se mantiene y su decisión marca un rumbo distinto para el pueblo y para la comprensión del Reino:

…mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre (vv. 34-35).

ACTUAR

El Papa Francisco, en Evangeli Gaudium, ha insistido en que debemos ser una Iglesia en salida, dejando la propia comodidad y atreverse a llegar a las periferias que necesitan la luz del Evangelio (20).

Salir, pero no quedarse fuera; llegar a las periferias, no tomar distancia de ellas; dejar la propia comodidad, evitando mandar llamar para que otros vengan a hacer nuestra voluntad, sabiendo que el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre...