Domingo XI del tiempo ordinario

VER

La vida es un misterio insondable, sus procesos -de crecimiento, desarrollo y madurez- son medibles y palpables, pero no dejan de ser un misterio para el hombre. Lo más asombroso es que la vida la vemos, la sentimos, la conocemos a través de los mismos seres que, a veces, se descubren sobrecogidos por ellas.

Es una realidad innegable, aunque una dimensión intangible; la vida, en sí misma, es como una semilla que se siembra, pasan las noches y los días, y sin que sepamos cómo, germina, crece y produce frutos abundantes…

 

JUZGAR

¿Con qué compararemos el Reino de Dios…? (Mc 4,30). Con la vida, con lo cotidiano, con el acontecer humano y su historia.

Cuando pensamos en un Dios cercano, lanzamos nuestros deseos más allá de los límites humanos, provocando que tal posibilidad se diluya en la eternidad y en la distancia infinita. Pero una palabra, inesperada, nos devuelve la esperanza perdida: el reino de Dios está cerca, es como una semilla, como un banquete, como una fiesta…, como cualquier cosa que surge de la vida diaria.

Allí está, y ha puesto su morada entre nosotros, en la comunidad de hermanos que se reúne en su nombre, en el corazón abierto de cada mujer y cada hombre que cree y espera.

El Reino, la Palabra que rompe todo paradigma, es la semilla que germina, crece y produce frutos abundantes, sin que sepamos cómo (v. 27).

Atravesamos por las noches oscuras y profundas, envueltos por los misterios de la vida, anhelando la luz que ilumine nuestra fe y mitigue nuestras dudas. Aún aquí, en los momentos aciagos de la historia, la Palabra crece, echa raíces y fortalece, sin saber cómo, sin poder mirar:

En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía (S, Juan de la Cruz, Noche oscura, 3).

Durante los días, invadidos por la luz que resplandece y fluye en todo, caminamos en la senda de la vida animados por una voz, un ideal, una esperanza. Tus palabras divinas se entrelazan con las humanas y de ellas emerge la verdad, junto a la mentira; el aprecio con el odio, la certeza, a la par de la duda. Y así, en medio del devenir y el porvenir, encarnada en las vicisitudes humanas, germina tu Palabra, sin saber cómo, hasta dar frutos y recogerlos:

Aquésta me guiaba más cierto que la luz del mediodía, adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía (S, Juan de la Cruz, Noche oscura, 4).

El Reino en el corazón del hombre es como la semilla más pequeña que, una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra (vv. 31-32).

 

ACTUAR

Una clave de acción nos la ofrece el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate (25):

Como no puedes entender a Cristo sin el reino que él vino a traer, tu propia misión es inseparable de la construcción de ese reino: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo contigo, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca. Por lo tanto, no te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño.