VER

No es tan sencillo ubicarse de frente a la realidad cuando se vive en medio de una sociedad en conflicto, diluida en tres posturas controvertidas y contrapuestas, que no conducen a ningún lado: estar a favor, en contra o en total indiferencia.

Se puede estar a favor de todo y, al mismo tiempo, en contra de lo mismo, o desentenderse mediocremente en una tolerancia que, si bien reconoce los problemas y los conflictos, no se hace responsable de ellos (ni a favor ni en contra).

Lo más triste e indignante, por supuesto, es que las decisiones y las acciones que se tomen desde allí, casi siempre para llevar la contra al adversario, pasan por encima de individuos, de grupos humanos y pueblos enteros… Por encima del hombre y su dignidad.

Afloran siempre los discursos “apologéticos”, exacerbados, donde se mezclan desarticuladas las ideas (o las ideologías) religiosas, políticas, antirreligiosas, o partidistas; los fundamentalismos y los convencionalismos; el dogmatismo, el tradicionalismo, la defensa de una moral que destila inmoralidad y los argumentos éticos, oportunistas y coyunturales, de toda índole.

Defendemos, por ejemplo, la migración como derecho de todo hombre, pero detenemos, incluso con violencia, el flujo migratorio; nos pronunciamos a favor de la dignidad de la mujer y de su participación en todos los ámbitos de la sociedad, pero coartamos toda oportunidad real para ellas con argumentos sin sustento; hemos hecho de la igualdad un valor supremo, pero no entendemos ni mucho menos aceptamos todo intento de ley que defienda la igualdad, la diversidad y los derechos que conlleva.

Todos contra todos, ni a favor ni en contra…, sin soluciones viables. Sólo juicios condenatorios e intransigentes, para gritar, al final, convencidos de poseer la verdad: ¡No es homofobia, es…![1]

ILUMINAR

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que el santo Bautismo es el fundamento de toda vida cristiana… Por él somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, nuevo nacimiento por el agua y la Palabra (n. 1213). De la gracia bautismal nos alcanzan dos efectos: la purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (n. 1262), de tal modo que, como afirma el mismo Catecismo, apoyado en la Sagrada Escritura (n. 1265), el hombre surge como una criatura nueva:

El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito “una nueva creación” (2Cor 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cfr. Ga 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” (2Pe 1,4), miembro de Cristo (cfr. Col 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y Templo del Espíritu Santo (cfr. 1Cor 6,19).

Pero la mayor riqueza que obtenemos del Bautismo es lo que el Catecismo nos enseña en los números 1267 a 1269:

  • El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. Por tanto… somos miembros los unos de los otros (Ef 4,25).
  • De aquí nace el único pueblo de Dios… que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo (1Cor 12,13).
  • Los bautizados somos piedras vivas para la edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo (1Pe 2,5), llamándonos de las tinieblas a su admirable luz (1Pe 2,9).
  • La unción bautismal nos llama al servicio a los demás (cfr. Jn 13,12-15) y, del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en la Iglesia…

¿Por qué comenzar esta reflexión a parir de estos principios doctrinales? Por dos razones básicamente. La primera, cuidar que mi opinión no dé la impresión de estar pasando por alto las enseñanzas del Magisterio y de la Tradición, recogida por el mismo magisterio eclesial. La segunda, los planteamientos del Catecismo son un fuerte argumento para redimensionar el sentido y el significado profundo del Bautismo (suponiendo que este sea el objetivo fundamental del Catecismo).

Los tres textos de la Liturgia de la Palabra se integran y complementan entre sí por medio de una línea común, implícita, marcada por la acción del Espíritu que transforma a quienes lo reciben y las consecuencias que esto implica en sus vidas: un espíritu que se derramará sobre los hombres (Zc 12,10), un bautismo que incorpora y reviste (Gal 3,26-27) y reconocer a Jesús como el Mesías de Dios, el ungido por el Espíritu (Lc 9,20).

Zacarías (12,10-11; 13,1) anuncia, de parte del Señor, un espíritu de piedad y compasión que transformará y convertirá los corazones de los habitantes de Jerusalén: ellos volverán sus ojos hacia mí, a quien traspasaron con la lanza (v. 10). Un Dios traspasado, herido, despreciado por su propio pueblo, que aprovecha la dolorosa circunstancia, sin condenar a nadie, para hacer de ella una experiencia de arrepentimiento y perdón: ellos llorarán como se llora por la muerte de un primogénito (12,10) y el Señor hará brotar una fuente que los purificará de sus pecados e inmundicias (13,1). El Nuevo Testamento -dice Schökel- aplicará esta profecía a Jesús en la cruz (cfr. Jn 19,37). Profecía que hoy se “normaliza” en una dolorosa realidad de violencia y muerte, de desprecios e injusticias sobre el hermano. ¡Cuántas veces Cristo de nuevo traspasado en cada uno de esos pequeños! (cfr. Mt 25,46).

Pablo, en su carta a los gálatas (3,26-29) es contundente: todo bautizado es incorporado a Cristo y es revestido de Cristo (v. 27), a tal grado, que ya no existe diferencia entre judíos y no judíos, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús (v. 28). Un cuerpo/pueblo que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos (CIC 1267). Ese revestimiento del que habla Pablo, representa la cristificación del hombre, una reconfiguración de todo su ser en función del proyecto de Dios que, entro otras cosas, tiene una prioridad: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4).

Cuando escuchamos la expresión todos los hombres, debemos asumir que para la Revelación todo significa totalidad; además, es un término incluyente abierto a la diversidad, que sólo cobra sentido en la unidad (no en la “uniformidad”). Dios, creador de todas las cosas y de todos los seres, espera una respuesta de toda la persona -corazón, alma, fuerzas- (Dt 6,5), porque, una vez ungido con el Espíritu, será destinado a anunciar la Buena Nueva de la Salvación a todos los pueblos (Mt 28,19). Es claro, entonces, que de la Palabra de Dios no surgen las homofobias, ni tampoco animan, aunque lo parezca, las filantropías; el evangelio va más allá, nos enseña a amar, a servir, a perdonar y a ser hermanos unos de otros, superando las diferencias, incluso hasta dar la vida (Jn 15, 13). Se trata de rescatar a la oveja perdida y reintegrarla al rebaño, no de traspasarla hasta darle muerte.

La Iglesia no es un partido político (ni debería serlo) -afirma el Papa Francisco-, es una comunidad de cristianos que adora al Padre, va en el camino del Hijo y recibe el don del Espíritu Santo (Audiencia del 30 de abril de 2015), como tampoco lo es el cristianismo en general. En esta línea, no toca ejercer la democracia para poner en práctica el evangelio, no se “vota” por amar, servir o perdonar, simple y llanamente se ama, se sirve y se perdona. No tomamos posturas a favor de unos y en contra de otros, porque entonces contravendríamos con actitudes de odio, desprecio y repudio la esencia del mandamiento del amor. Nosotros amamos porque él nos amó antes. Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y el mandato que nos dio es que quien ama a Dios ame también a su hermano (1Jn 4,19-21).

Trascender los límites humanos nos lleva hacia dos acciones muy concretas: derribar los muros que nos separan (cfr. Ef 2,14) y derribar, también, las estructuras de opresión e injustica (Puebla 437-438). Con el bautismo asumimos responsabilidades y deberes (CIC 1269), pues a cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común (1Cor 12,7), no el bien propio o el de unos cuantos.

ACTUAR

En las decisiones tomadas en el Congreso de Sinaloa se hicieron sentir los grupos antagónicos, con sus posturas encontradas (situación válida y previsible en un ambiente animado por la democracia política), con el objetivo de impedir, o aprobar (a favor o en contra), la reforma a la ley que permitiría el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero llama la atención, al menos a mí, la presencia de un grupo interreligioso que, por demás, se declaró “no homofóbico” apoyando una postura excluyente…

Julio Puente nos lanza una pregunta que se acomoda a la altura de las circunstancias: ¿Qué cultura y doctrina cristiana es esta que discrimina en razón de su condición sexual y de vivir de acuerdo con ella a millones de seres humanos?[2] ¿Acaso la tarea de las religiones, particularmente de la Iglesia, es “reconstruir” los muros derribados?

A estas preguntas añadimos la interpelación que Jesús dirige directamente a sus discípulos: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? (Lc 9,20). Lo que creamos y entendamos de la propuesta de Jesús fundamentará lo que decimos de Él y lo que decimos a otros. Lo que me acongoja -dice Julio Puente en sintonía con las palabras de John A. T. Robinson- es la vehemencia y, en el fondo la inseguridad, de los que creen que la fe sólo se puede defender estigmatizando a los otros como enemigos dentro del mismo campo[3]

El Espíritu de Yahvé ungió a Jesús con su fuerza, haciendo de él el Mesías de Dios (v. 20). Así como Pedro lo reconoció en ese momento, lo debemos reconocer nosotros, y recordar que ese mismo Espíritu nos reviste de Cristo y nos incorpora a Él. Pero la incorporación es dinámica, pues nos hace miembros uso de otros, haciéndose acto y cobrando sentido en el seguimiento radical: Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará (vv. 23-24).

  • ¿Los miedos, las inseguridades, la desconfianza, las fobias, el rechazo son, tal vez, formas de buscarse a sí mismo y conservar la vida?
  • ¿Sabemos, realmente, cuál es la causa de Jesús?: Mt 5,3-12.


[1] Crf. Congreso de Sinaloa, 19 de junio de 2019.

[2] Puente L., J. (2017). Un paso adelante. Cien años con Ebner, Cristianismo, cultura y deseo. Ed. ACCI. Madrid. p. 14,

[3] Id. p. 40.