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En su obra El hombre y la gente, Ortega y Gaseet plantea, en el capítulo II (La vida personal), una cuestión existencial que da sentido a nuestro proceder de frente a los procesos de madurez, de crecimiento y, sobre todo, de las decisiones que marcan el rumbo de la vida de un individuo: “[] tenemos que hacer o que estar haciendo siempre, pues esa vida que nos es dada, no nos es dada hecha, sino que cada uno de nosotros tiene que hacérsela, cada cual la suya. Esa vida que nos es dada, nos es dada vacía y el hombre tiene que írsela llenando, ocupándola […]”

En pocas palabras, la vida no se nos da hecha, hay que írnosla haciendo. La vida se construye poco a poco, y en esa construcción se van ensamblando muchos elementos, algunos de ellos, por la razón que sea, los quitamos del ensamble (porque son obsoletos, pasados de moda, inadecuados, inútiles…) para sustituirlos por otros, o dejar el hueco. Es cierto que en este proceso juegan un papel determinante las influencias del contexto, de la cultura y de la familia, puesto que los valores y las convicciones que se nos inculcan, o que aprendemos al paso del tiempo, configuran nuestra personalidad y, en consecuencia, nuestras decisiones vitales. No obstante, en esa influencia, siempre hay un toque personal que hace de la vida algo propio: mi vida como la imagino, la quiero, la asumo, la construyo y la vivo. Es mi vida, no la vida de otro, como el mismo Gasset afirma.

Pero, qué pasa cuando nos empeñamos (desde una postura paternalista y totalitaria) en que los otros, de manera particular nuestros hijos, sigan literal y materialmente nuestros pasos, o, peor aun, cuando les trazamos el camino y les vamos construyendo la vida. Pues coartamos su libertad y los atamos a nosotros, cargando con ellos el resto de “su vida”.

Es lo que, de otra manera, canta Joan Manuel Serrat:

Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, con nuestros rencores y nuestro porvenir […] Nos empeñamos en dirigir sus vidas sin saber el oficio y sin vocación. Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción (Esos locos bajitos).

La vida inicia en total dependencia de un vientre que nos nutre, pero llegado el momento, somos paridos y el cordón que nos unía es cortado para entrar en contacto con la realidad externa; luego, somos acompañados hasta que el caminar, el hablar y el pensar nos permiten ser absolutamente libres. A partir de entonces todo dependerá, o al menos en gran medida, de cada uno, capaces de ejercer nuestra libertad.

ILUMINAR

Hermanos: Cristo nos ha liberado para que seamos libres. Conserven, pues, la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud. Su vocación, hermanos, es la libertad. (Gal 5,1)

Pablo se dirige a los gálatas con un imperativo incuestionable que refleja la esencia más profunda del mensaje evangélico: la libertad como vocación. Lo plantea en un contexto donde la comunidad se enfrenta a un conflicto de orden moral y existencial: ¿vivir según la ley o según el Espíritu? Al parecer, la raíz de todo es un mal entendido concepto de libertad y, por tanto, una forma errónea de practicarla: cuiden de no tomarla como pretexto para satisfacer su egoísmo (v. 13).

Por la razón que sea, muchos creemos que la libertad es, simple y llanamente, “hacer lo que nos venga en gana, y luego asumir, o no, las consecuencias”; eso es mediocridad, quererse convencer de algo que no conduce a nada seguro. En realidad, la libertad es la condición propicia para tomar decisiones que, una vez asumidas, encausan a la persona en la dinámica de un proyecto y de una serie de acontecimientos respecto de los cuales dependerá el resto de su vida.

El egoísmo al que se refiere Pablo es aquel que se alimenta del cumplimiento, mediocre y conformista, de la ley, que no hace más que alimentar la autosatisfacción. Pero él sabe, y así lo predica, que el único modo de romper con esa inercia está en el servicio que nace del amor (v. 13), un amor, que es apertura al otro (superación del amor propio) y se concreta en servirlo. Desde la perspectiva del evangelio, el servicio es expresión de plenitud y libertad, porque no se ata la persona a ninguna prerrogativa, puesto que nace de una experiencia donde los hermanos se aman y son amados: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (v. 14). Amor que va y viene, generoso e incondicional.

La Nueva Alianza es animada por el amor (dar la vida, servir, perdonar…) y sellada con el Espíritu. De tal modo que, como el mismo Pablo afirma en la segunda carta a los corintios, Él nos capacitó para administrar una alianza nueva: que no se apoya en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida. (3,6).

La letra, o la ley, matan, porque impiden al individuo construir su propia vida. En el “cumplirla” hay una predisposición que anula la iniciativa libre, creativa, original con la que el hombre trasciende el tiempo, las instituciones y se trasciende a sí mismo. En cambio, el dinamismo del Espíritu, que aflora en la diversidad de dones y carismas, provoca que cada uno salga de sí hacia la novedad, incomprensible e inesperada, del llamado de Dios.

“Los exhorto, pues, a que vivan de acuerdo con las exigencias del Espíritu; así no se dejarán arrastrar por el desorden egoísta del hombre. Este desorden está en contra del Espíritu de Dios, y el Espíritu está en contra de ese desorden. Y esta oposición es tan radical, que les impide a ustedes hacer lo que querrían hacer. Pero si los guía el Espíritu, ya no están ustedes bajo el dominio de la ley”. (Gal 5,16-18).

Cuando Dios llama y el creyente está dispuesto a responder, se echa mano de la primera condición vocacional del hombre: la libertad. Con ella, se abre la doble posibilidad de decir sí, o no. ¿De qué depende una u otra respuesta?: de las cosas que nos condicionan, nos determinan o nos atan.

En este sentido, tanto el texto del primer libro de los Reyes (19,16.19-21) como el evangelio de Lucas (9,51-62), presentan dos testimonios, son vidas humanas que, interpeladas por el llamado del Señor a seguirlo, deberán optar entre una la ley que los ata, o una renuncia de alcances incalculables, que los situará, inevitablemente, en un punto desde el cual comenzarán a construir sus propias vidas, desde cero, en total libertad: libres para servir, para dar la vida, para trabajar por el Reino, para amar con profunda convicción.

Eliseo pide a Elías le permita cumplir con la costumbre del beso de despedida: Ve y vuelve, porque bien sabes lo que ha hecho el Señor contigo (v. 20). La acción de Eliseo se convierte en un paradigma, pues cambia el sentido de la ley en función del llamado a la libertad: sacrifica los bueyes (según lo prescrito por la ley) pero los transforma en una celebración de despedida. Luego se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio (v. 21).

Lucas nos habla de tres casos, dos de ellos expresan el deseo de seguir al Señor y uno es invitado a seguirlo; en los tres son claras las exigencias del seguimiento:

  • Seguir al Señor no garantiza ventajas ni privilegios materiales, sociales o económicos: v. 58.
  • Ante la decisión de seguir al Señor, el cumplimiento de la ley pasa a un segundo término, pues ahora la prioridad es ir a anunciar el Reino de Dios. Lo demás ocupará el lugar y el tiempo que le corresponde: Deja que los muertos entierren a sus muertos: vv. 59-60.[1]
  • La decisión de seguir un nuevo proyecto (el del Reino), implica la renuncia a toda institución, como la familia, que puede representar un obstáculo para el espontáneo ejercicio de la libertad de los hijos: vv. 61-62.

El llamado de Dios no garantiza ni ofrece a nadie una vida hecha. Es una vocación a la libertad que representa, para la persona, la oportunidad de ir construyendo su vida con los parámetros del Reino, partiendo de la confianza de saber que, como canta el salmista, nuestra vida está en sus manos (Sal 15). Manos que crean, acogen, reciben, envían, curan, bendicen, dan vida…, superando toda voluntad determinista que puede ser todo (muerte, fracaso, abandono, soledad, enfermedad, decepción, odio), menos voluntad de Dios. ¿Cuál es la voluntad de Dios?: quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad (1Tim 2,4).

ACTUAR

Recuperando el pensamiento de Ortega y Gasset, en el sentido de que esa vida que nos es dada, nos es dada vacía y el hombre tiene que írsela llenando, ocupándola…, podríamos preguntarnos ¿de qué la llenamos y cómo la ocupamos?: Déjense conducir por el Espíritu de Dios…, porque fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio (Gal 5, 16.22-23). Es decir, todo aquello que construye y que confirma nuestra vocación a la libertad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado, jamás tropezaré. Por eso se me alegra el corazón… (Sal 15).



[1] Si uno de los efectos de la instauración del reinado de Dios es la justicia, la solidaridad y la fraternidad, ya habrá quien se ocupe de esos padres. Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo: comentario a Lc 9,60.