VER

Cada día, nuevamente cada día, el panorama mundial se abre ante nuestros ojos, incrédulos y cansados, desesperanzador, incierto, y, casi siempre, desmotivador. Cuesta trabajo encontrar, entre la maraña de problemas, de guerras, de violencia, de arrebatos de poder, una razón (porque la hay) que nos devuelva, no sólo la esperanza, sino la alegría de vivir en este mundo y pertenecer a esta familia humana, capaz de sacar lo mejor de sí para sobreponerse a la desgracia.

La dimensión y la fuerza de los acontecimientos son como un fuerte golpe a la conciencia que, si no lo esquivamos o lo ignoramos, nos obligará, sin lugar a duda, a ver la realidad tal cual es. Son un llamado que implora nuestra ayuda, nos involucra, al menos, por dos razones: porque no hemos hecho nada por cambiar las cosas, o porque, al desentendemos, nos exige estar y actuar.

En cada suceso, calendarizado por día, hay una desproporción de fuerza y de poder aterrador, que destroza y aniquila toda posibilidad de vida plena; pasa por encima de la dignidad humana, de la inteligencia y del sentido común; pisotea derechos inalienables del hombre y justifica los actos y las consecuencias con “otros derechos”, inobjetables, que se agotan en sí mismos, porque se plantean incompletos: carecen (tal vez de manera convenida) de las obligaciones correspondientes.

Entonces, el mundo languidece mientras los hombres peleamos el “derecho a tener derechos…”, dejando de lado la responsabilidad imperiosa de ejercer nuestras responsabilidades. Pero es que el mundo, como primera cosa, no nos pertenece por derecho, sino porque alguien nos lo ha confiado para que lo cuidemos, lo transformemos y lo habitemos responsablemente. Dejará de ser nuestro en la medida que no asumamos, con verdadera convicción, cada obligación ineludible de las que surgen, como segunda cosa, los derechos que nos competen.

ILUMINAR

El texto del evangelio de Lucas (10,1-12.17-20) que nos presenta hoy la liturgia de la Palabra, ha omitido -por la razón que sea- una parte central, ubicada entre la misión de los setenta y dos (vv. 1-12) y el regreso de todos ellos después de cumplir con su misión (vv. 17-20). Nos referimos a los lamentos de Jesús cuando recrimina a las ciudades de Galilea (vv. 13-16). Los pobladores de Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm han recibido y escuchado el mismo mensaje que las demás poblaciones, pero han demostrado desprecio, desinterés y rechazo por la Buena Nueva; la decepción de Jesús es evidente, no sólo se lamenta de lo que ve, sino que también lanza sobre ellos un duro juicio (v. 14), advirtiendo que su actitud los hará caer hasta el abismo (v. 15). En las palabras que Jesús dirige a sus discípulos subyace el juicio y la advertencia a todos aquellos que desprecian la posibilidad de algo nuevo: El que a ustedes escucha a mí me escucha; el que a ustedes desprecia a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia a aquél que me envió (v. 16).

¿Qué sentido tiene recuperar esta escena? Los habitantes de esas ciudades representan la actitud de mujeres y hombres que, aun cuando han conocido el mensaje de salvación, de perdón, de amor y liberación que propone el evangelio, han decidido tomar una postura de incredulidad, duda, sospecha y apatía ante las enseñanzas del Señor. Poblaciones que no se han dejado permear por la alegre noticia, permitiendo, por el contrario, que en ellas germine y crezca el odio, la maldad, la violencia, la envidia, el abuso de poder, las injusticias… Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm proyectan ese mundo descompuesto y desalentador que hoy nos interpela y necesita, sin duda, que seamos enviados de dos en dos (cf. v. 1).

Si nos quedáramos detenidos en lo que allí se narra (versículos 13-16), convencidos de que una mala conducta merece un castigo sin más, llegaríamos al punto de justificar, incluso desde el fundamento de la revelación, nuestra actitud pesimista ante el mundo y su realidad, lamentándonos, sin hacer nada por cambiar las cosas, sólo esperando que la condena de Jesús se cumpla sobre aquellos que se han desentendido de su mensaje. Perderíamos definitivamente la posibilidad de la esperanza. Pero el evangelio siempre ve y va más allá. A pesar de las adversidades y el panorama desolador que presentan las ciudades de Galilea, Jesús toma la decisión de enviar mensajeros con un mensaje paradigmático: ¡Que la paz reine en esta casa! (v. 5).

Hay que ubicar los acontecimientos en el contexto de un recorrido: Jesús, en compañía de sus discípulos, se dirige a Jerusalén (Lc 9,51-19,27). Él está decidido a emprender el viaje (9,51), confiando en la fuerza de su mensaje y en el cumplimiento de la voluntad del Padre, porque el tiempo apremia, la cosecha es mucha y los trabajadores pocos (v. 2). Humanamente (recordemos que Jesús es verdadero hombre) le hubiera sido imposible hacerlo solo, tenía que confiar y delegar. Esto representa una gran enseñanza: él no se apropia del mensaje, como si se tratara de un derecho divino inalienable, sino que lo revela, lo comparte y, quienes lo escuchan y lo aceptan libremente, se suman al envío: designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares donde pensaba ir (v. 1). ¿A dónde pensaba ir?: a todos los pueblos, sin importar lo que allí encontraran ni a quienes sería dirigido el mensaje. Tal pretensión de Jesús es muy ambiciosa, pues se reviste de un carácter universal, de totalidad, que pretende abarcar todo el mundo, simbolizado en el número 70: según la tradición, basada en el capítulo 10 de Génesis, el mundo (todo el mundo) estaba dividido en setenta naciones, constituidas después del diluvio por los descendientes de los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet (v. 1).

“Nótese que los redactores no dividen el mundo en cuatro partes, como es habitual, sino que lo dividen en tres para expresar las relaciones de Israel con los demás pueblos: un tercio del mundo, descendiente de Jafet, son pueblos marítimos (v. 5), lejanos, desconocidos y, por tanto, neutrales en relación con Israel. Otro tercio está compuesto por los descendientes de Cam, el hijo que se hizo merecedor de la maldición por no haber respetado a su padre. Las relaciones que establece con la descendencia de Cam, es decir, con las naciones que proceden de este tronco maldito, son negativas. Aquí están incluidos los países que más dolor y muerte ocasionaron a Israel: Babilonia, Egipto, Asiria y los cananeos. Estas grandes naciones también merecen ser juzgadas por su responsabilidad directa en las grandes catástrofes históricas. El otro tercio del mundo está conformado por los descendientes de Sem, los semitas. Son los pueblos del desierto que participan de un fondo histórico común que, de un modo u otro, los acerca. Son pueblos hermanos por sanguinidad y por su suerte histórica…” (La Biblia de Nuestro Pueblo, nota a Gn 10).

Se puede advertir un panorama hostil, ya prefigurado en los versículos 13-16, del que Jesús es totalmente consciente: Vayan, que yo los envío como ovejas entre lobos (v. 3). No obstante, el mensaje debe llegar a todos los pueblos.

Los enviados se adentrarán en ambientes de opulencia, donde la indiferencia y la inmoralidad están a la orden del día; contextos opresivos y violentos, marcados por contrastes irreconciliables entre ricos y pobres, lacerados por las injusticias y la corrupción, donde los derechos de unos cuantos se impondrán como obligaciones sobre los demás. Pero el testimonio de los discípulos es una contrapartida, expresada en la austeridad:

No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino […] Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya […] (vv. 4.7.8).

Para los discípulos de Jesús la indiferencia, o desentenderse de la realidad, no cuenta, no es opción para ellos; es para los que toman postura ante el evangelio y lo desprecian, pretendiendo encumbrarse hasta los cielos (v. 15), como Cafarnaúm. Serán signo de contradicción y de protesta: si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes (vv. 10-11).

El evangelio es provocador y exigente, se parte sin absolutamente nada, confiando únicamente en la misericordia y la generosidad de Dios; sabiendo de antemano que los seguidores del Señor, una vez tomado el arado, no podrán voltear hacia atrás y que el mañana puede ser incierto, pues no tienen nada asegurado, ni siquiera dónde reclinar la cabeza y, además, deben renunciar a los atavismos de las tradiciones que condicionan el caminar. El propósito es claro: anunciar que el Reino de Dios está cerca (cf. vv. 9 y 11). La semilla ha sido echada, ahora viene el tiempo de la cosecha, el reino está cerca, que al parecer se espera abundante, por eso se necesitan manos, cabezas, bocas y corazones dispuestos a todo, capaces de seducir a los hombres y suscitar en ellos el deseo de la conversión que da paso al Espíritu que renueva. Porque en Cristo Jesús, dice Pablo a los gálatas, de nada vale estar circuncidado o no -atado a la tradición y a la ley-, sino el ser una nueva creatura (6,15).

La premura de Jesús nada tiene que ver con la idea de imponer el Reino a las naciones, sino la de hacer llegar a todos los hombres una noticia alegre, que consuele los corazones. Es, tal vez, la misma compasión materna de Dios de la que nos habla el texto de Isaías (66,10-14):

Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas; como un hijo a quien su madre consuela, así los consolaré yo… (vv. 12-13).

El mensaje de Jesús, decíamos, es muy concreto: Que la paz reine en esta casa (Lc 10,5), y el envío de los setenta y dos, símbolo de universalidad, pone en acto la misma promesa del Señor, hecha a su pueblo, en boca del profeta: Yo haré correr la paz sobre ella como un río y la gloria de las naciones como un torrente desbordado (v. 12).

ACTUAR

El evangelio, en particular, interpela nuestras convicciones, como creyentes y como seguidores, y el envío de los setenta y dos apela nuestra disposición de sumarnos a la cosecha. Podemos tomar postura ante la realidad, siendo críticos de la situación o ser agentes de cambio para el mundo… Cada quien lo decidirá, recordando siempre que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo está con nosotros (Gal 6,18).