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Vivimos en sociedades marcadas, a veces, por la carga política, donde la fe y la confianza en las instituciones, en la misma gente, en las autoridades y en el porvenir, se van devaluando poco a poco; el valor intrínseco de la fe y la confianza se ha demeritado a causa de la falsedad, el engaño, la burocracia y la corrupción. ¿Quién cree realmente en un mandatario? ¿Quién confía, incondicionalmente en alguna dependencia gubernamental?

Todo se traduce y se expresa en falta de fe y desconfianza. Desconfiamos en la policía, en el ejército, en los alcaldes, en los diputados, en los representantes institucionales y nos referimos a los demás desde la desconfianza, la duda y el sospechosismo… Educamos a nuestros hijos con una consigna radical: ¡No confíes en nadie!, sin darnos cuenta de que se convierte en un modelo generalizado que se revierte sobre nosotros mismo: Nadie confía en nosotros…

A pesar de ello, hay mucha gente que, partiendo de sus convicciones (políticas, religiosas, cívicas, morales, etc.), cree y confía, poniendo en acto su fe a través de diversos gestos: vota por un candidato, hace filas largas e interminables esperando una ayuda económica, asiste a un meeting para apoyar a un líder, coopera en campañas de apoyo y solidaridad para beneficio de otros, etc.

Pero… la desconfianza comienza a permear el tejido social a tal grado, que vemos en el otro, quien quiera que sea, un enemigo a quien sólo podemos anular con el linchamiento. Esto no quiere decir que todo lo que hacemos es malo. Hacemos muchas cosas buenas. Lo que no podemos permitir es que la maldad se convierta en el modelo que da forma a toda la vida y a toda la gente…

ILUMINAR

“Hermanos: La fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera, y de conocer las realidades que no se ven…”, (Heb 11,1).

Si la fe, como bien dice Pablo, es una forma de poseer, quiere decir entonces que es como la puerta que nos abre el acceso a otras realidades (la humana y la divina en particular) y al futuro mismo; a través de ella, la espera se convierte en esperanza (pasar de una actitud pasiva a una actitud dinámica). También, la fe debe ser entendida como actitud: es el modo cómo el hombre se comporta y toma postura ante Dios, ante la realidad, ante el otro y ante sí mismo. Porque la fe no sólo es creer, sino creer y estar. De hecho, la fe en el otro, que se expresa y se vive en la confianza, es, de igual manera, el medio para entrar y ser parte de esa realidad ajena, pero compartida, de la vida y la historia de quienes nos rodean.

Por la fe, el hombre creyente hace y realiza cosas impensables e inauditas, y recibe en recompensa, por la misma fe, cosas increíbles e inesperadas. Pablo, en el mismo texto de la carta a los hebreos (vv. 4-32), nos presenta una lista de diecinueve personajes bíblicos que, por su fe, se destacaron ante Dios y ante el pueblo, sobre todo por sus obras y sus acciones: Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Jacob, Esaú, los padres de Moisés, Moisés, los israelitas, la prostituta Rajab, Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel, los profetas… Todos ellos murieron firmes en la fe (v. 13).

En la línea de la fe y la confianza, el evangelio de Lucas (12, 32-48) nos ofrece un texto con dos temáticas: el verdadero tesoro (vv. 32-34) y la vigilancia (35-48). En cuanto a lo primero, Jesús nos advierte que hay que poner en segundo término (vender) los bienes materiales y efímeros, desprenderse de ellos y repartirlos con justicia (dar limosna), de tal manera, que vayamos forjando un tesoro en el cielo. Pero es el hombre quien debe decidir: Porque donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón (v. 34).

En cuanto a lo segundo, Jesús plantea una enseñanza en la que resalta la importancia de estar vigilantes, atentos, preparados y dispuestos ante lo inesperado. En todo momento se habla de la confianza, en sí mismo (un padre de familia y un administrador) y en los demás (un ladrón, el amo y la servidumbre).

El texto da por hecho que el ladrón va a venir (v. 39) y, si entra por un boquete, tomará lo que no es suyo y ocupará un lugar que no le corresponde. Pero esto sólo sucederá si la confianza en quien viene (un ladrón u otra persona) es desmedida y ciega, de tal modo, que se confunde la realidad y al identidad (el ladrón por el Hijo del hombre). Por ello hay que estar vigilantes (conocer los signos de los tiempos) y confiar en uno mismo (la fe como actitud), porque a la hora que menos se lo piensen vendrá el Hijo del hombre (v. 40).

Eso por una parte. Por otra, nos habla del abuso de confianza, una actitud negativa que demerita el valor intrínseco de la fe y la confianza. En un mismo personaje, el administrador/siervo, ejemplifica dos posibilidades latentes en las decisiones de cualquier persona: la responsabilidad que nace de la confianza mutua, o el abuso de confianza que nace del egoísmo. Pero si este siervo piensa: “Mi amo tardará en llegar” y empieza a maltratar a los ciertos y a las criadas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará el amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte que a los hombres desleales (vv. 45-46).

Resulta interesante descubrir que la confianza, desde el evangelio, se traduce en servicio: un administrador es puesto al frente de la servidumbre, con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos (v. 42). Este administrador ha hecho de la fe una actitud de vida: se porta con fidelidad (mantiene la fe en sus convicciones, en sus creencias y en los otros) y prudencia (anticiparse a lo que viene, poseer desde ahora lo que se espera, cf. Heb 11,1).

Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene… (vv. 43-44).

ACTUAR

Podemos hacernos tres preguntas:

  1. 1.     ¿Creemos en Dios?
  2. 2.     ¿Cómo creemos en Él?
  3. 3.     ¿Por qué creemos?

Hay una razón de fondo, que es fundamental y definitiva: El Padre ha confiado en un pequeño rebaño y ha puesto en sus manos el Reino (Lc 12,32); Dios nos escogió como su pueblo (Sal 32).

Feliz la nación cuyo Dios es el Señor, dichoso el pueblo que eligió por suyo. Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida. En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo. Muéstrate bondadoso con nosotros, puesto que en ti, Señor, hemos confiado (Sal 32).