VER

Aquella expresión popular que dice echar la casa por la ventana refleja, de una u otra manera, la necesidad (entre otras cosas) de admiración, aceptación y aprobación social, sobre todo, cuando se trata de cumplir con ciertos parámetros de convivencia -convencionales- que van de por medio.

Pareciera que cumplir a cabalidad con los formalismos que sustentan las costumbres y los hábitos de la gente, enmarcados por alguna tradición, es una manera de quedar bien ante los demás y permanecer intachable e incólume en la línea de lo establecido.

Nos gusta la parafernalia, el exceso, el desbordamiento sin límites; nos gusta, en una palabra, aparentar, ser vistos y, de paso, ser aplaudidos. Para ello, no escatimamos gastos… ni desgastes.

El problema es que, cuando esa estructura de fachada, llamativa pero falsa, es improvisada y temporal, y la sobreponemos sobre la realidad de las cosas, ocultamos las intensiones sinceras, los sentimientos verdaderos y las razones de fondo que le dan sentido, desde la raíz, a todo eso.

Nos han educado a través de códigos éticos y de civilidad, para saber cómo saludar, qué decir y qué no decir delante de ciertas personas, cómo recibir a una visita en casa y qué ofrecerle; cómo sentarse a la mesa, cómo dirigirse a una autoridad y hasta en qué orden se sirven los platos en una comida… Pero, sin detrimento de estas buenas costumbres, hemos perdido la espontaneidad y la naturalidad que brotan del encuentro con otros, sin formalismos ni cumplidos aprendidos.

Afortunadamente, esto no es regla de vida para todos y podemos encontrar gente que te recibe con el corazón abierto.

ILUMINAR

Tenemos dos narraciones que nos hablan de visitas inesperadas y de cómo reaccionan, ante ellas, los anfitriones. En la primera, del libro del Génesis (18,1-10), nos encontramos que tres hombres llegan ante Abraham (v. 2); en la segunda narración, del evangelio de Lucas (10,38-42), es Jesús que, entrando a un poblado (Betania), una mujer llamada Marta, lo recibe en su casa (v. 2). Tal vez sea importante destacar que, en ambos casos, los visitantes van de paso e invitarlos a quedarse, para darles de comer, descansar y atenderlos antes de continuar su camino, formaba parte de las costumbres (buenas costumbres) de la tradición judía.

El libro del Génesis nos dice que Abraham se levantó y, rápidamente, salió a recibirlos e invitarlos a quedarse (v. 3). Se muestra dadivoso (echa la casa por la ventana) y de inmediato da órdenes a Sara, su mujer, y a sus criados, para que alisten todo lo necesario, según las costumbres de hospitalidad, y, así, quedar bien con sus inesperados visitantes: agua para que se laven los pies y pan para recobrar las fuerzas. No sólo tres medidas de harina, para amasarlas y cocer panes (v. 6), sino que él mismo escogió un ternero para matarlo y prepararlo, a lo que agregó requesón y leche, sirvió todo a los forasteros para que comieran, mientras permaneció de pie junto a ellos (vv. 7-8).

Lucas, por su parte, nos dice que Marta, quien recibió a Jesús en su casa, se afanaba en diversos quehaceres, empeñada tal vez en ser reconocida por su dedicación al invitado, a tal grado, que exige la ayuda de su hermana (v. 40). Marta -dice Luis A. Schökel- cumple con lo “normal”, lo que mandan las normas de la acogida y de la hospitalidad; ella es símbolo de esa porción del pueblo que cree que con “cumplir” ya está arreglado todo, y por tanto el criterio de juicio para determinar el comportamiento de los otros es si cumplen o no… (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Lc 10,38-42).

Por eso, no podemos pasar por alto un elemento esencial de orden teológico, que da un sentido profundo a la intención de las narraciones: los visitantes son la presencia del Señor en medio de su pueblo. Abraham lo reconoce, postrado en tierra dijo: Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte (Gn 18,3). María, la hermana de Marta, se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra (Lc 10,39).

Dicha presencia trae consigo novedades y cambios que, incluso, van más allá de la tradición. Aun cuando los tres hombres aprueban los cumplidos de Abraham hacia ellos: Está bien, haz lo que tú dices (Gn 18,5), la intención de la visita se centra en Sara: ¿Dónde está Sara, tu mujer? Ella ha permanecido allá, en la tienda (v. 9), ocupando el lugar que le corresponde según las leyes, haciendo todo lo que su esposo le indica. Uno de ellos le dijo a Abraham lo que nunca se atrevió a preguntar: ¿a qué se debe el honor de su presencia?:

“Dentro de un año volveré sin falta a visitarte por estas fechas; para entonces, Sara, tu mujer, habrá tenido un hijo” (v. 10).

A Jesús, por su parte, no le molesta lo que Marta hace por él, pero la intención de su visita es dejar a un lado el peso de las normas y centrar las fuerzas en el compromiso por el evangelio:

“Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará” (Lc 10,41-42).

El mismo Pablo ha pasado por ese proceso de conversión, que va de poner en segundo término el cumplimiento de la ley y acoger la Palabra como norma de vida: Dios ha querido dar a conocer a los suyos la gloria y la riqueza que este designio encierra para los paganos -los que están fuera de la ley-, es decir, que Cristo vive en ustedes y es la esperanza de la gloria…, a fin de que todos sean cristianos perfectos (Col 1,27-28).

ACTUAR

Retomo algunas ideas (extractos) del comentario a la Liturgia de la Palabra de este domingo (Misal Mensual de Buena Prensa), que nos aporta líneas concretas de reflexión y de acción:

“Las personas y las comunidades nos podemos habituar a caminar fuerte pero sin rumbo, a trabajar mucho pero sin sentido. Algo semejante les pasaba a muchos de los primeros cristianos. Quizá por eso, entre otras cosas, se conservó este relato de Marta y María.

“Para Jesús […] una atención al hermano y al trabajo eclesial (diakonía) sin prestar suficiente atención a la Palabra del Señor no tiene garantía de continuidad efectiva. En otras palabras, no es posible separar el compromiso con el hermano de la escucha como discípulo de la Palabra del Maestro.

“Seguro trabajamos mucho y servimos en muchas cosas, pero ¿lo hacemos como discípulos de Jesús? Busquemos algún propósito”.

No echemos la casa por la ventana, dispongamos el corazón y recibamos con sencillez y alegría al hermano, al Señor y a su Palabra.