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La religión es el opio del pueblo, afirmaba contundente K. Marx en 1844 (contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel), tras hacer una reflexión y exponer sus ideas en torno al influjo de la religión en el comportamiento de los individuos y del pueblo. Una frase que incomoda a quienes ven en la religión una panacea que resuelve la vida y tiene respuesta para toda pregunta; pero también ha sido una idea radical que reivindica las posturas anti-religiosas y se convierte en crítica inapelable de lo religioso.

¿Por qué comparar la religión con el opio? De entre los diversos usos adjudicados a esta sustancia (un estupefaciente), sabemos que es, principalmente, un tranquilizante o adormecedor, que permite a quien lo consume, entrar en un estado de aletargamiento y desconexión de la realidad. De este modo, los esclavizadores, que sometían a sus esclavos a trabajos forzados durante largas jornadas, administraban porciones de opio en el agua o en los alimentos, para mantenerlos en una aparente calma, provocando en ellos una percepción confusa de la realidad, menos dura, y una actitud conformista ante ella.

En este sentido, la vivencia de la religión y lo religioso, sobre todo en sectores de la sociedad con una mala y deficiente formación catequética, se ha convertido en una experiencia “tranquilizadora”, en la que se puede encontrar la autosatisfacción, la justificación suficiente para desentenderse de la realidad y un medio eficaz para conseguir lo que se desea. Una vez que esto sucede, no hay nada más de lo que alguien se deba preocupar: ni compromisos, ni cambios radicales, ni conversiones de fondo que transformen a la persona y su entorno.

A Dios se le ve como una divinidad milagrera que soluciona, en el momento que se requiera, las vicisitudes del hombre. A él se suplica, se ruega, se pide, se implora…, para conseguir un milagro; se establece una relación efímera, circunstancial, surgida de la coyuntura, pero nunca una relación perdurable que surja de un encuentro verdadero. Así, la religión se convierte en opio del pueblo.

ILUMINAR

“Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: `¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”. Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes´. Mientras iban de camino, quedaron limpios”, (Lc 17,12-14).

En la escena hay una tensión palpable entre el cumplimiento de la ley y la confianza en Jesús; confianza que nace de la fe y va más allá de la simple observancia: por un lado, los diez leprosos se detienen lejos, tomando en cuenta que el contacto con un leproso es causa de impureza (la impureza contraída por contacto va contra la ley), además, cualquier evidencia de curación, total o parcial, debía ser constatada y confirmada por las autoridades del Templo. Jesús no actúa contra esa ley, mantiene la distancia entre él y los leprosos, y los envía a cumplir las prerrogativas. La tensión se da cuando, yendo de camino, sucede el milagro, y nueve de ellos agotan su relación con Jesús allí mismo; una vez satisfechos, no les queda más que cumplir con la ley. En cambio, uno de ellos, un samaritano, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias (vv. 15-17).

El espíritu religioso de los nueve leprosos fue circunstancial, como un opio que calma las necesidades más sentidas y distorsiona toda relación con aquél que los había curado. El samaritano fue capaz de regresar y, en su agradecimiento, dispuso su vida y su corazón para un encuentro que, del milagro, pasara a la conversión y la transformación de su persona; un encuentro que, motivado por la fe, dejaba en segundo plano el cumplimiento de la ley, para buscar entonces aquello que es más valioso y seguro. Es un encuentro totalmente liberador: Levántate y vete. Tu fe te ha salvado (v. 19).

La experiencia del leproso samaritano se une a la profesión de fe de Pablo, donde se confirma con claridad la centralidad de Jesús:

“Si morimos con él, viviremos con él; si nos mantenemos firmes, reinaremos con él; si lo negamos, él también nos negará; si le somos infieles, él permanece fiel, porque no puede contradecirse a sí mismo” (2Tim 2,11-13).

ACTUAR

“Son inagotables las maneras de comunicarnos con Dios vivo, y cada una debe encontrar el cauce personal por el que va y viene -en doble vía- el amor del Creador y su criatura” […][1]

¿Qué pedimos a Dios y para qué? ¿Qué esperamos de él? Estar ligados a él (re-ligados), desde la fe y la confianza, abre ante nosotros un horizonte de relaciones profundas y perdurables, que no se pueden agotar en sólo recibir, pues la generosidad de Dios da para más y nos invita a ir más allá. El agradecimiento es un modo de reconocer su amor y un estar ante él, incondicional y libre. Vamos hacia Dios, porque él ha venido a nuestro encuentro.



[1] Abad Gómez, J. (2002). Cuando habla el corazón. La oración, fortaleza del hombre y “debilidad” de Dios. Cuadernos Palabra 138. Ed. Palabra. Madrid. p. 10.