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Subejercicio de recursos… ¡Menos apoyos, no a los subsidios, cancelación de becas, cierre de estancias, escases/control de medicamentos, recorte de personal, menos vacantes…!

Son voces de alerta y reclamo, las escuchamos a diario. Se palpa en ellas inconformidad, incertidumbre, decepción y desesperación. Según la lógica popular, con la que se hacen cálculos para la supervivencia diaria, se deduce que si hay un subejercicio hay, entonces, un capital de recursos que no se han erogado. Para quienes sufren el embate de tal acción, ven en eso una acumulación injustificada de recursos y capital: ¿Por qué sufrir carencias, cuando se cuenta con lo necesario?

Por otro lado, el argumento de las autoridades es una apología a sus posturas, desde la cual “se ve” otro panorama (otros datos, otra realidad…); una sutil defensa con la que se justifican proyectos para el ahorro y la austeridad (institucional), la prevención de posibles crisis financieras y un crecimiento económico que beneficiará a todos (¿Cuándo y cómo?).

Pero hay una línea muy delgada entre la verdad y la realidad, que provoca sensibles rupturas entre sociedad y gobierno: ¿Dónde están los recursos? ¿Quién se queda con tanta riqueza? ¿A quiénes beneficia la administración de los bienes?

ILUMINAR

Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia… (Lc 12,13). En esta petición desesperada asoma entre palabras la injusticia: alguien se niega a compartir una herencia que pertenece a, por lo menos, dos personas de la misma familia. Pero los atributos mesiánicos de Jesús no están enfocados en resolver casos como éste: ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias? (v. 14).

La predicación de Jesús propone y anima una conversión radical de la persona, que afecta sus acciones, sus deseos y sus pensamientos. Y de esa conversión debe surgir la búsqueda de la justicia, en una franca oposición a la seguridad material; más que una solución, ofrece un consejo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea” (v. 15).

El hombre que pone su corazón y su interés en las cosas vanas (poder, dinero, bienes) es, a los ojos de Dios, un insensato (v. 20). La insensatez es la falta de juicio y de prudencia, reflejo de inmadurez ante la vida, ante los retos y ante las exigencias del Reino; es sinónimo de mediocridad, egoísmo y conformismo.

La parábola que Jesús propone para ilustrar el caso (vv. 18-21), desarrollada en un emblemático monólogo, nos presenta a un hombre que solo piensa en sí mismo, acumula para su bien y su propia satisfacción, incapaz de ver en la abundante cosecha (v. 16), obtenida de su trabajo y de sus campos, la oportunidad de compartir y repartir entre la gente, con justicia, una heredad que a todos pertenece. Guarda lo que obtiene y pone en ello la seguridad de su futuro: Ya tienes -se dice a sí mismo- bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida… (v. 19).

El egoísmo llevado al extremo, como un aislamiento total de la realidad y desconocimiento absoluto del otro, sólo conduce a una vida sombría y sin sentido: durante el día dolores, penas y fatigas y por la noche, sin descanso (Ecl 2,23). Una vida así, está marcada por la muerte y en ella se hará justicia: Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes? (Lc 12,20).

“Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo todo a otro que no lo trabajó. Esto es vana ilusión y gran desventura” (Ecl,2,21).

ACTUAR

Las enseñanzas bíblicas no dan respuestas prácticas a nuestros problemas, ni se entrampan resolviendo disputas entre litigantes; pero sí nutren nuestra conciencia y nuestro corazón con criterios sólidos que nos pueden llevar a la acción por la justicia y la libertad.

El mismo evangelio de Lucas, en el versículo 31, nos da la pauta: “Basta que busquen el reino. El reino como primera cosa, desde la perspectiva de Mateo (6,33). Así, Pablo podrá indicar a los colosenses (3,1-5.9-11) el camino a seguir: Busquen los bienes de arriba… Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra… Den muerte, pues, a todo lo malo que hay en ustedes… No sigan engañándose unos a otros…” (vv. 1-5).

Se trata de un cambio radical, una conversión definitiva: revestirse del nuevo yo (3,10). Dejar atrás el viejo yo (v. 9), significa renunciar a un modo de actuar (corrupto, avaro, injusto, malicioso, ventajoso, oportunista, egoísta) que no va de acuerdo con el orden nuevo, donde ya no hay distinción entre judíos y no judíos, israelitas y paganos, bárbaros y extranjeros, esclavos y libres, sino que Cristo en todo en todos (v. 11).

“Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspec­tiva social que tenga en cuenta los derechos fun­damentales de los más postergados. El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el de­recho universal a su uso es una «regla de oro» del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social». La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o into­cable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propie­dad privada. San Juan Pablo II recordó con mu­cho énfasis esta doctrina, diciendo que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno» […] (papa Francisco, LS 93).