VER

Los cambios de época siempre traen consigo otros cambios que afectan las costumbres, las tradiciones, la moral, las relaciones entre personas, la forma de pensar, de ver y de asumir la vida, etc. Y esto tiene consecuencias inevitables tales como, entre otras cosas, las brechas generacionales. Cada vez son más pronunciadas, más profundas y más frecuentes, provocando así conflictos y, a veces, diferencias irreconciliables, entre una generación y otra.

Nos enfrascamos en las diferencias, que se hacen evidentes en el lenguaje, en los códigos de comunicación, en el uso de medios y tecnología, pero también en los hábitos, en la toma de decisiones, en la postura ante la realidad, la sociedad y el mundo; en el modo de asumir la vida y las responsabilidades.

En todo ello, subyace una resistencia, entendible, a repetir modelos de vida heredados, a depender de atavismos, o someterse a costumbres añejas fuera de lugar y de tiempo. Lo único posible es rebelarse, provocar conflictos y enfrentarse a la disyuntiva de seguir así o cambiar de rumbo.

Se puede ser rebelde sin causa, o por una causa…

ILUMINAR

¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división… (Lc 12,51).

Estas palabras de Jesús, tan radicales y violentas, desarman y tiran por tierra cualquier imagen dulcificada de su persona y su mensaje. Puede ser que este texto no nos guste y tratemos de evitarlo, porque provoca, precisamente, conflicto y confusión.

El problema radica en lo que nosotros pensamos, creemos (o nos han hecho creer) y suponemos, que Jesús ha venido a traer a la tierra (comprensión pasiva, sumisión, obediencia ciega, etc.), que ha dependido de tanto insistir en un mandamiento “del amor”, basado en un amor más divino que humano, más celeste que mundano y totalmente desencarnado del Verbo encarnado (hecho hombre) que nos lo ha enseñado. No hemos comprendido, tal vez, lo que este mandato implica en la vida del hombre que decide hacer suya la causa del Reino: dar la vida, por ejemplo (cf. Jn 15,13).

La clave, me parece, está en el versículo 49: He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuanto desearía que ya estuviera ardiendo! Nos encontramos ante una afirmación que corrobora un proyecto (traer fuego) y ante el lamento de un deseo que no se ha cumplido (desearía que estuviera ardiendo).

El fuego es una energía de luz y calor abrazador, que, en cuanto arde, arrasa con todo a su paso y lo transforma, convirtiéndolo en más fuego; en las antiguas culturas y religiones, es símbolo de la presencia divina. Baste recordar cómo Yahvé marchaba al frente del pueblo hebreo en una columna de fuego, marcando el rumbo, protegiendo y arrasando con todo aquello que les impidiera el paso (Ex 13,21-22). El fuego que Jesús ha traído es, precisamente, esa presencia distinta de Dios, dinámica y transformadora, que “arrasa” con las injusticias, convirtiendo la esclavitud en libertad, el pasado sombrío en la certeza de un futuro promisorio y la ley en una alianza de fidelidad y confianza mutuas: tú serás mu pueblo y yo seré tu Dios… (Ex 6,7-9; Jr 30,22; 32,38). Pero, para eso es, necesario un corazón dispuesto a los riesgos y abierto a las novedades.

La fuerza del fuego provoca miedo y, entonces, nos hacemos precavidos, medimos la distancia entre él y nosotros, y nos retiramos, porque conocemos las irremediables consecuencias de su embate. Jesús se enfrenta a una población que se resiste al cambio, el fuego que ha traído es impredecible, novedoso, pero no arde porque nadie se deja abrazar por él; prefieren vivir, dice Luis A. Schökel, atados al tiempo previsible y medible (al khrónos: kronos), reflejado en el cumplimiento puntual de la ley, y no según la dinámica del khairós (kairos), que capta el tiempo como lo que hace posible experimentar nuevos contenidos vitales, es decir, “duración”, pero también “paso”, dando lugar a nuevas situaciones. En los autores bíblicos designa la oportunidad en la que se verifica el encuentro entre el Dios que se revela y el hombre en su condición personal y temporal […][1]. Kairós es el tiempo oportuno…

La pasividad que se gesta en la indiferencia y en la resistencia a la Buena Nueva, se romperá en las generaciones jóvenes, representadas en el hijo, la hija y la nuera (v. 53), condiciones sociales de sumisión y dependencia; su postura y sus decisiones marcarán la división entre unos y otros: De aquí en adelante, de cinco que hay en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres (v. 52). No es que Jesús se haya propuesto dividir a las familias, su presencia y su mensaje son una propuesta abierta a una nueva forma de ser y de vivir, respecto de la cual se puede, o no, optar. La división se detona cuando la gente opta por Jesús y acepta su mensaje, entrando en conflicto con las instituciones.

ACTUAR

El evangelio, la religión y la Iglesia han sido, durante siglos, causa de divisiones. Pero… ¿qué tipo de divisiones? Generación contra generación, pueblo contra pueblo, una ideología contra otra, hermano contra hermano. Ha ardido el fuego…, ¿ha sido el fuego que trajo el Señor?

Hay muchas maneras de decirlo, una de ellas es la letra de esta canción: Papá cuéntame otra vez (Ismael Serrano).

https://www.youtube.com/watch?v=hhzDjWmCmtM



[1] Ropero, A. (2012). Kairós, en Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia. Ed. Clie. Barcelona. p. 1466.