VER

Es una práctica común convocar a la familia, a los amigos y a la gente cercana a nosotros, cuando deseamos celebrar algún acontecimiento importante de la vida (cumpleaños, boda, nacimiento de un hijo, quince años de la hija, aniversario de algo…); lo hacemos a través de una llamada telefónica, del uso de las redes, o de una invitación en papel, al modo tradicional. Y, dependiendo de qué deseamos celebrar, organizamos una comida, una cena o un gran banquete.

La invitación queda abierta, asistir al evento depende de los invitados, quienes deben considerar que hay un tiempo límite para estar allí y disfrutar, convivir, compartir…, porque la fiesta termina.

ILUMINAR

En las enseñanzas bíblicas hemos aprendido que el Reino de los cielos es como una gran fiesta, un banquete extraordinario, al que todos estamos invitados. Y también sabemos, por las mismas escrituras, que hay ciertas reglas, o condiciones básicas, que se deben cumplir para poder entrar: la forma de vestir, el momento de llegar, el lugar que se debe ocupar, la apariencia personal (limpia y alineada), la puntualidad… En realidad, todos son gestos simbólicos que nos remiten a cómo un creyente debe estar dispuesto y listo ante las exigencias del Reino.

“Esfuércense en entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán” (Lc 13,24).

Las experiencias que afloran del Evangelio, sobre todo aquellas que nos interpelan (amar, perdonar, liberar, servir, dar la vida, compartir, hacer justicia, etc.), requieren del esfuerzo, personal y comunitario, y no sólo del tratar, o intentar (esto es mediocridad). El amor a Dios, así como el amor al prójimo, es de tal manera exigente, que involucra toda la persona: corazón, alma, mente y fuerza (Dt 6,5). Además, se accede a ellas por la puerta, que es angosta, y no por otro lado ni por otra puerta, lo que implica un doble esfuerzo: conocer la puerta y saber que el ingreso a través de ella no es fácil. Y, como toda puerta, esta se puede cerrar dejando fuera a los que no han sido previsores o responsables.

“Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ¡Señor, ábrenos! Pero él les responderá: No sé quiénes son ustedes” (v. 25).

Para comprender por qué el señor de la casa cierra la puerta y deja fuera a los que llegan tarde, tenemos una clave de lectura: la mesa. Que aquí aparece en el contexto de una cena vespertina, cotidiana, al final del día. La mesa, más allá de ser un objeto material, es un objeto simbólico: lugar de reunión, de celebración, de toma de decisiones, de bienvenida y de compromisos. Pero, lo esencial de este símbolo es que representa una experiencia familiar y comunitaria: compartir el pan, las alegrías, las dificultades, los ideales y, por supuesto, celebrar la vida. Sentarse a la mesa, antes de terminar el día, es garantía de que están todos, juntos para compartir el pan y concluir la jornada. Finalizada la cena, el padre se levanta, agradece y cierra la puerta, porque ha llegado el momento de ir a descansar. Si alguno no llegó, se quedará fuera.

El sustento de esta experiencia radica en un elemento fundamental: la convocación. El padre de familia llama/invita a sentarse a la mesa para comer; el dueño de la casa, o el patrón, hacen extensiva una invitación para que los familiares y los amigos asistan a una fiesta. En ambos casos, quienes lleguen a tiempo disfrutarán de la comida, del banquete y de la convivencia.

Desde este panorama, el sentido y la intención de las palabras de Jesús, se encuentran en la pregunta que los discípulos le hacen al principio: Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan? (Lc 13,23). Hemos visto que no plantea una disertación teológica, o moral, como respuesta. Simple y sencillamente, parte de la vida y desde allí explica el proyecto del Padre.

La salvación es una propuesta, abierta a todos, un llamado, una invitación sin distingos ni preferencias; es un don, pero también una tarea. En el fondo, es una responsabilidad para quien es convocado: se hará responsables de aceptar, o no, la invitación.

La respuesta al llamado de Dios no está sujeta al tiempo cronológico, aunque hay para ella un tiempo oportuno (un kairós), el de cada persona en su relación con él, pero que no puede esperar indefinidamente, ni depender de falsas seguridades, creyendo que la salvación es un privilegio.

“Hay que esforzarse por «entrar por la puerta estrecha», lo cual quiere decir que hay mucho que aportar desde nuestras capacidades y posibilidades para nuestra propia salvación, entendida como una dimensión nueva de la vida que hay que comenzar a construir aquí…” (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

¿Cómo podríamos saber si nosotros somos de los que se salvan? Mucho me temo que una respuesta a esta pregunta no la hay…

No obstante, podemos encontrar algunos indicadores:

  • ¿Cómo respondemos al llamado que Dios nos hace?
  • ¿Nos esforzamos para entrar por la puerta?
  • ¿Estamos atentos al tiempo oportuno para no quedarnos fuera?
  • ¿Hacemos el bien, o hacemos el mal? (cf. Lc 13,27).

¿Nos sentamos a la mesa del Señor, o en nuestras propias mesas?