VER

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy…, y así todos los días. Un dicho popular que nos recuerda que el hoy es fundamental para la construcción del futuro y el porvenir de cada mañana en nuestra vida. Pero hacer las cosas, cumplir con nuestras obligaciones, empeñarnos en sacar adelante nuestros objetivos, requiere de esfuerzo, disciplina y dedicación. Esto a nivel personal.

En cuanto a lo colectivo, cuando nos enfrentamos a situaciones que se deben resolver en la interacción de más de una persona, nos encontramos, muy a menudo, con la costumbre de postergar: “venga mañana”, “aún no está listo…”, “luego le hablamos”, “no hay fecha para la entrega”, etc. Y como eso se repite a diario -y nos desespera-, nos vemos en la imperiosa necesidad de insistir, cuantas veces se requiera, hasta lograr lo que buscamos.

En muchas situaciones y experiencias de la vida de los hombres, la actitud decidida e insistente ha sido la base de los mejores logros: las relaciones de pareja, el empleo conseguido, el proyecto aprobado, la liquidación de una deuda…

Cuando hay esperanza, el futuro siempre se abre generoso ante los ojos del hombre, pero es indispensable saber que, para llegar, hay que caminar, luchar, trabajar, insistir…

ILUMINAR

“En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola…” (Lc 18,1).

En la parábola, Jesús presenta un conflicto entre un juez irresponsable, que no temía a Dios ni respetaba a los hombres (v. 2) y una viuda, sometida al parecer, a las injusticias de su adversario (v. 3). Durante mucho tiempo, el juez no le hizo caso (v. 4), postergando la solución, sin escrúpulos ni piedad, hasta que la insistencia de la viuda le resultó molesta e incómoda (v. 5).

Es interesante ver cómo el juez, finalmente, toma una decisión a favor de la viuda, partiendo de su condición, reconociendo lo que era ante los demás. La realidad lo interpela y lo pone en evidencia. No es Dios, ni el respeto por el hombre, sino la justicia que se interpone ante él y la viuda, quien la mantuvo a flote gracias a su insistencia.

“Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando”, (vv. 4-5).

En seguida, Jesús hace un comentario (v. 6), que perfila el sentido profundo de la oración y la razón de que esta se haga sin desfallecer: […] ¿creen acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les aseguro que les hará justicia sin tardar (vv. 7-8).

Oración y vida no van por separado, mucho menos aún, oración y justicia. En ambos casos, la constancia y la perseverancia son, digámoslo así, la clave del éxito. La oración permea la vida gracias a la actitud orante, que no es otra cosa que la presencia del hombre ante Dios.

Teresa de Jesús, desde su experiencia de oración, estaba convencida de dos cosas: la primera, es que en la oración fíe de la bondad de Dios que es mayor que todos los males que podemos hacer… (V 19,17); la segunda, sabe el traidor -el demonio- que el alma que tenga con perseverancia oración la tiene perdida (V 19,5).

Aprender a vivir en esperanza -dice el P. Maximiliano Herráiz- es la primera gran prueba a la que se somete el orante. Porque no todas las prisas son fruto de amor. La perseverancia es la actitud fundamental que Teresa crea en el orante […] La oración perseverante renueva y transforma la vida. Acaba por imponerse a la vida.

Si hay oración hay cambio. Donde se da una corriente de amistad -con Dios- allí se opera y desarrolla una conversión […] toda oración es transformante. No puede darse una oración que no renueve al hombre. Y, en segundo lugar, la calidad de la vida del orante será siempre el criterio del discernimiento de su oración. La vida revela la oración que se tiene.[1]

ACTUAR

[…] cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?” (v. 8).

La oración nace y se alimenta de la fe, y de su fuerza y perseverancia vendrá la respuesta de Dios al hombre. La interrogante de Jesús es imprescindible para el creyente: cuando esa respuesta venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?

La oración que nace del silencio, de la intimidad con Dios, se convierte en grito, en voz que denuncia, en palabra que insiste y reclama justicia. Nuestra oración está comprometida con la transformación de la sociedad: ¿Ante qué realidades de la vida, o ante qué acciones de las estructuras de gobierno, que postergan soluciones, respuestas, o cambios, debemos insistir y luchar para alcanzar el bien común?

Ángel María Plaza, OCD, recogiendo de las profundidades de la oración teresiana, nos advierte que la oración unifica la vida y devuelve al hombre su libertad. El hombre libre ya no calla.[2]



[1] Herráoz García, M. OCD. (2014). La oración, historia de amistad. Ed. de Espiritualidad. Madrid. pp. 65-67.

[2] Id. Prólogo, p. 10.