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Las apariencias engañan… Los humanos somos capaces de esconder lo que somos y hacer ver, del modo que sea, lo que no somos en realidad. Nos cubrimos de títulos, honores recibidos, medallas, grados académicos sin proyección ni sentido, puestos públicos…, con el único fin de sobresalir ante los demás, de aparentar y, por demás, de autojustificar así, que no somos igual a los otros.

Aparentar es un problema subjetivo, que no hace más que anteponerse a las inseguridades, las carencias afectivas y la pobre identidad de un individuo; el verdadero problema, que repercute en las relaciones y en la interacción social, es cuando las apariencias se convierten en criterio para enjuiciar a los otros y decidir, desde la apreciación subjetiva (individual y colectiva) si una persona es buena o mala, adecuada para una relación, o inadecuada; si es idónea para un trabajo o para ocupar un puesto especial, o no lo es. Muchas veces, a través de esa mirada inquisidora (siempre subjetiva), determinamos si el otro es injusto, inmoral o pecador.

ILUMINAR

Los hombres juzgamos con criterios humanos y hemos hecho de la religión una retahíla de criterios por los que debe pasar la aceptación, o no, de una persona. Desde este filtro, tan inhumano y frívolo, hemos querido, también, acomodar el evangelio, forzando su esencia y sentido, a la tarea de mesurar los actos del hermano con una mirada inquisitorial y condenatoria, y no acogerlo, como es, desde el amor y a través de la misericordia.

La Sagrada Escritura es fuente abundante de enseñanzas, ¿por qué entonces no hemos aprendido que el Señor es un juez que no se deja impresionar por apariencias? (Sir 35,15). Su juicio no se detiene en lo que nosotros vemos de una persona, Él mira y escucha sus necesidades. Por eso el libro de Ben Sirá (35,15-17.20-22) no escatima palabras para decirnos que Dios no menosprecia a nadie por ser pobre y escucha la súplica del oprimido. No desoye los gritos angustiosos del huérfano ni las quejas insistentes de la viuda (vv. 16-17). Queda claro que es un juez que hace justicia, y que no condena por apariencias.

En esta línea de enseñanzas aflora el evangelio de Lucas (18,9-14), desde el cual, Jesús recupera no sólo una imagen de Dios perdida en las autojustificaciones de los que se tenían por justos, sino también, lo que ese Dios mira en el corazón del hombre y que otros desprecian (v. 9).

Dos hombres subieron al templo para orar(v. 10). Uno de ellos sólo para cumplir con las prescripciones y validar sus actos ante Dios (un fariseo); el otro, subió para encontrarse con Dios y poner su miseria ante él (un publicano).

El fariseo únicamente tiene ojos para sí mismo y “agradece” a Dios no ser como los demás, quienes, desde su trinchera, son vistos como lacra de la sociedad: ladrones, injustos, adúlteros y publicanos… (v. 11). Ese agradecimiento ególatra, no es a Dios; es un alago a sí mismo y a la equivocada imagen de Dios que lo satisface. […] el fariseo de la parábola, no logra esa justificación, no porque Dios se la niegue, sino porque cree que no la necesita y por tanto, no la pide (Luis A. Schökel).

El publicano, encargado de recaudar los impuestos del imperio, deshonesto e impostor, despreciado por el pueblo y por las autoridades, pide a Dios que se apiade de él; reconoce su pecado y se sincera con el Señor. En ese reconocer, asume que sus acciones han perjudicado a los demás. Con humildad y con respeto, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo (v. 13). Simplemente, en su silencio, hizo suyas las palabras del salmista:

“El Señor no está lejos de sus fieles y levanta a las almas abatidas. Salva el Señor la vida de sus siervos. No morirán quienes en él esperan”, (33,19.23).

Pero en ese pondré mis ojos -dice Yahvé-: “en el humilde y en el abatido que se estremece ante mis palabras” (Is 66,2). A tal grado, que la oración del humilde atraviesa las nubes… (Sir 35,21).

Pues bien -concluye Lucas-, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido (v. 14).

ACTUAR

En la vaciedad de un corazón cerrado, ensimismado y egoísta, no cabe la posibilidad de abrirse ante los ojos de Dios, ni mucho menos de reconocerse vulnerable ante la miseria del hermano. La mejor defensa es aparentar y la mejor arma, usar las apariencias, lo que subjetivamente se ve del otro, para destrozarlo.

El alcance de nuestra oración depende del valor que le demos. Si es como la del fariseo, entonces se convierte en una especia de “cobro” a Dios -dice Schökel-, esperando de Él lo que creemos merecer.

En cambio, como nos recuerda el Sirácide, quien sirve a Dios con todo su corazón es oído y su plegaria llega hasta el cielo. La oración del humilde atraviesa hasta las nubes… (35,20-21). Es la oración del hombre que delante de Dios se siente absolutamente indigente, necesitado del amor y la compasión divinos (Luis A. Schökel).

Cómo y para qué oramos: ¿para justificarnos, para juzgar al otro, o para encontrarnos con Dios?