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Hasta qué punto puede llegar la irresponsabilidad de un gobierno (comprendiendo el sistema que integra todos los poderes y no únicamente a la persona sobre la cual recae la figura de quien gobierna), su ineficacia y la insensatez de sus acciones, para que una multitud, desesperada, desesperanzada y decepcionada, tome la decisión, al parecer irrevocable, de abandonar su tierra, su país e, incluso, su propia familia, para buscar otros medios de supervivencia, en tierras lejanas y ajenas que les garantice el pan cotidiano, el bienestar y la felicidad.

No podemos seguir pensando que la migración es sólo un “problema”, que se puede solucionar como cualquier otro, o que desaparecerá en un momento dado. La migración de pueblos enteros en todo el mundo es un fenómeno que, si bien representa un factor inherente a la naturaleza humana (moverse y tener derecho de movilidad), cobra, cada vez más, un significado más profundo y complejo. Es un fenómeno, en toda la extensión de la palabra, porque en él se gesta un grito de rebelión, que fluye y se extiende por los caminos, exigiendo libertad y denunciando toda clase de injusticias.

Emprender la marcha hacia un destino, posiblemente ideal, acompañado de incertidumbre, riesgos, y otro tipo de problemas (enfermedad, hambre, acoso, corrupción, etc.), es mejor a quedarse sin hacer nada y morir.

Podemos decir que el fenómeno de la migración es una expresión de libertad y de lucha por la vida.

 

ILUMINAR

En medio de una situación adversa, donde se tiene la impresión de que ya nada es posible y la esperanza muere en cada corazón apagado, el profeta alza la voz en nombre de Yahvé, recordando que los hechos del pasado no sólo son parte de la historia, sino gestos perdurables en favor de la vida y la libertad: “El Señor ha salvado a su pueblo”, (Jr 31,7).

La escena del texto de Jeremías, narra la migración de un pueblo, el retorno de Israel a su tierra y a la vida:

He aquí que yo los hago volver del país del norte y los congrego desde los confines de la tierra. Entre ellos vienen el ciego y el cojo, la mujer encinta y la que acaba de dar a luz.

Retorna una gran multitud; vienen llorando, pero yo los consolaré y los seguiré; los llevaré a torrentes de agua por un camino llano en el que no tropezarán…”, (vv. 8-9).

Aunque el discurso se refiere a todo el pueblo, no deja de llamar la atención que se destaque, de manera especial, a los desfavorecidos y despreciados; todos corren la misma suerte y caminan hacia el mismo destino, sin embargo, para algunos el riesgo es mayor y doble el esfuerzo.

En este caminar no se elige a los mejores, ni existen privilegios que favorezcan a unos cuantos, son las promesas de Yahvé las que animan esta marcha; promesas inclusivas, abiertas, acogedoras y marcadas por la misericordia, “porque yo soy para Israel un padre”, (v. 9).

La marcha de los migrantes hondureños encarna las razones de tantas otras migraciones; pueblos enteros, mujeres, niños, hombres, ancianos, todos ellos desfavorecidos, huyen de sus naciones, del cautiverio, de la esclavitud y de la muerte. Sus reclamos buscan una respuesta y unirse, así, a la voz del salmista, (Sal 125,1-6):

¡Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor!

Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio, creíamos soñar; entonces no cesaba de reír nuestra boca ni se cansaba entonces la lengua de cantar.

Al ir, iban llorando, cargando la semilla; al regresar, cantando vendrán con sus gavillas.

Al paso de la marcha, estamos nosotros, viendo…, o tal vez no, como Bartimeo.

 

ACTUAR

Si esa multitud que se mueve a paso firme nos interpela, y en ella descubrimos el rostro de Jesús, no queda más que abrir el corazón y gritar: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”, (Mc 10,47).

En sus búsquedas y en sus luchas subyace una pregunta que cambia nuestros paradigmas y se convierte en oportunidad para nosotros, ponernos de pie en un salto y acercarnos:

¿Qué quieres que haga por ti?: …que pueda ver”, (Mc 10, 51).