Más que todos…

VER

Cuando hablamos de generosidad, automáticamente pensamos en personas que donan y regalan cosas (ropa, alimentos, dinero), en abundancia e incondicionalmente. Pero esta es una concepción material de un gesto humano mucho más profundo y, por supuesto, inmaterial.

Atados a esa idea, nos convencemos de que dar (¿“sin recibir nada a cambio…”?), sobre todo a quienes lo necesitan, es un acto altruista que nos deja bien parados ante ellos; arrancamos de los otros el reconocimiento anhelado, que no sirven más que para alimentar nuestro ego.

Hemos hecho de la generosidad un acto público, y hasta político, en el que todo mundo se entera de lo que somos capaces. Allí, ponemos en juego nuestra imagen personal y el prestigio que nos hemos labrado; va de por medio la autoestima, alimentada por el ego, que bien protegida no ha sido capaz de abrirse realmente al otro, apreciarlo, estimarlo, a quien consideramos un medio útil para nuestras obras y el factor propicio para colocarnos en los asientos de honor y en los primeros puestos… (cf. Mc 12, 39).

ILUMINAR

La liturgia nos presenta a dos mujeres viudas, ambas en los límites de la supervivencia. Una de ellas sólo cuenta con “un puñado de harina y un poco de aceite, para preparar un pan que compartirá con su hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos (1Re 17,12). La otra, ha echado, en las alcancías del templo, todo lo que tenía para vivir (Mc 12,44).

Como podemos ver, encontramos en ellas una verdadera actitud generosa, que rompe los paradigmas de lo convencional, pues contrariamente a nuestra idea de que la generosidad es un “dar en abundancia (cf. Mc 12,41), de lo que sobra en una afortunada situación de riqueza, las viudas, superando los lacerantes límites de la pobreza, dan todo lo que tienen. Todo, para ellas, representa lo último que les queda.

El concepto generosidad tiene en su raíz un elemento fundamental: gene. Así, la generosidad es una acción con la que se da a luz y se gestan cosas nuevas; genera, produce, transforma… Una actitud generosa es capaz de descubrir que de la pobreza aflora la abundancia del corazón, y no a la inversa. Generosidad no es abundancia sino pobreza compartida: un pan (1Re 17,12) y dos moneditas de muy poco valor (Mc 12,42).

Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobra; pero esta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir (vv. 43-44).

La generosidad es también renuncia y desapego, porque en el corazón anida la confianza en el Señor y una fe que todo lo cree y todo lo espera. “Porque así dice el Señor Dios de Israel: La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra (1Re 17,14).

ACTUAR

La generosidad cobra sentido en la confianza, en los hermanos y en Dios. El salmista (Sal 145) pone en nuestras manos una oración matizada, precisamente, por la confianza en Dios y en la abundancia de su corazón, que es generoso:

  • El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo.
  • Abre el Señor los ojos de los ciegos y alivia al agobiado. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado.
  • A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo. Reina el Señor eternamente, reina tu Dios, oh Sión, reina por siglos.