VER

Nos sobrecoge el miedo ante las tragedias que reconfiguran el panorama mundial; las consecuencias de su embate, nos roba el aliento; la vida se ve amenazada y cada acontecimiento pone a la deriva el futuro y la permanencia del hombre en esta casa común. Dignidad y bienestar son sólo ideas del deseo, porque dejaron de ser el sustento de todo proyecto y el fundamento de una condición humana creada a imagen y semejanza de su Dios.

Nos sentimos solos en un mar inmenso, contaminado con la sangre de inocentes, cubierto con la violencia que flota en toda su extensión, impidiéndonos ahondar en las profundidades de la verdad, o…, salir a flote para respirar.

Nos sentimos amenazados, calculamos cada paso que damos y acortamos las distancias para no poner en riesgo nuestra integridad. Desconfiamos en las perentorias decisiones de la autoridad, porque tampoco ella confía en el pueblo, quien ahora, sometido, ya no sólo se muestra pasivo sino impasible.

Pareciera como si un nubarrón inamovible impidiera que la luz nos ilumine y el calor del sol nos levante de la tierra para reencontrar la mirada con el horizonte, que aun existe.

ILUMINAR

El lenguaje apocalíptico de los escritores sagrados nos advierte acerca del futuro; su mirada, adelantándose a los hechos, alcanza a ver lo que vendrá:

  • Ya viene el día del Señor… (Mal 3,19).
  • Días vendrán… (Lc 21, 6).

Pero, lo que ellos ven, ¿es realmente lo que nosotros leemos en la letra? Hombres de un pasado remoto, intuyeron su futuro, que ahora también es el nuestro, postrados, tal vez, ante un presente incierto y adverso, como el nuestro.

¿Se equivocaron? ¿Sus oráculos sólo sirvieron para amedrentar a la gente? ¿Sus pretensiones los convirtieron en profetas de la desventura? ¿Cómo creer en las mismas predicciones que se han repetido, una y otra vez, durante siglos?: un fuego que consumirá todo, no quedará piedra sobre piedra, se levantará una nación contra otra, terremotos, epidemias, hambruna, traiciones… (cf. Mal 3,19; Lc 21,6.10-11).

¡No se equivocaron!: nos dejaron una enseñanza. Las profecías no nos dicen lo que sucederá mañana, o dentro de un tiempo, como si Dios lo tuviera previsto. Nos enseñan, en cambio, a escuchar el presente y dejarnos conmover por la realidad, elementos indispensables (escuchar y conmoverse) del discernimiento, que nos ayuda a descubrir que, si no nos disponemos a cambiar, seguiremos siendo, nosotros mismos, el origen de toda desventura (guerras, epidemias, hambruna, corrupción, violencia…) y, así, no quedará piedra sobre piedra.

El profeta anuncia la voluntad del Padre y denuncia las injusticias del hombre, de hacer caso a sus palabras, o no, conoceremos las consecuencias de nuestros actos.

Lo único cierto es la promesa de Salvación que le Padre ha ofrecido a los que le son fieles, por eso, dice Jesús, cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre… (Lc 21,8). Para ustedes, los que temen al Señor, brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos (Mal 3,20).

ACTUAR

El evangelio es un acontecimiento que se concreta, día a día, en el anuncio de la Buena Nueva, en la búsqueda del Reino y su justicia. El evangelio, por una razón contundente, no predice la muerte prefigurada en la catástrofe, porque nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (Lc 20,38); antes bien, proclama el amor como ley y el perdón como forma de vida.

Los seguidores de Jesús somos profetas que no se dejan dominar por el pánico y nunca pierden la esperanza, porque todavía no es el final (Lc 21,9). Estamos llamados a denunciar las injusticias, asumiendo las consecuencias por la causa del Reino (cf. v. 12).

“Con esto, ustedes darán testimonio de mí… Si se mantienen firmes, conseguirán la vida” (vv. 13 y 19).

No podemos ser parte de un pueblo pasivo e impasible, donde, como reclama Pablo, algunos viven como holgazanes, sin hacer nada y, además, entrometiéndose en todo, y anunciando desventuras (2Tes 3,11). Somos trabajadores en la mies del Señor: El que no quiera trabajar, que no coma… (v. 10).