Los creyentes en Cristo peregrinamos a Roma para encontrarnos primeramente con nuestro Señor Jesucristo, en la celebración de la santa Misa; luego con el apóstol san Pedro, en sus reliquias en el sepulcro, y finalmente con su sucesor, el Vicario de Cristo en turno.

El encuentro personal con el papa es un momento muy esperado que pocos tienen la dicha de concretar, es un anhelo del corazón que en el momento de ocurrir provoca que el espíritu tome control de cuerpo, mente, alma y corazón; en tal manera, que las palabras se quedan calladas.

El papa santo Juan Pablo II solía, en momentos como este, mirar directamente a los ojos de quien estaba frente a él, y con esa mirada suya de santidad solía acariciar el alma de los creyentes que hacían larga fila para participar de ese encuentro conocido como “besa-manos”. El papa podía permanecer hasta por más de dos horas con los peregrinos que besaban, con gran devoción el Anulum Piscatoris o Anillo del Pescador, nombre que alude a san Pedro, el pescador de Galilea, el primer papa de la Iglesia.

Se sabe que el Anillo del Pescador ya era de uso común por los pontífices desde 1265, por una carta que el papa Clemente IV dirigió a su sobrino Pedro Grossi en ese año, en la que hace mención del anillo y de su uso específico para sellar sobre lacre documentos apostólicos y correspondencia variada, razón por la que el Anulum Piscatoris debe anularse a golpes de martillo toda vez que el papa muere a fin de evitar que cualquier documento sea avalado mientras la Sede Apostólica se encuentre Vacante.

Luego de que el anillo se anula, tal y como lo establece el documento Universi Dominici Gregis, de Juan Pablo II, sobre la Sede Vacante y la Elección del Romano Pontífice, del 22 de febrero de 1996: “Cuidar que sean anulados el Anillo del Pescador y el Sello de plomo, con los cuales son enviadas las Cartas Apostólicas” (Cap II, 13, g), se funde para elaborar el anillo del Romano Pontífice que resulte electo Sucesor de Pedro en el Cónclave, de tal manera que el oro con el que se elabora es el mismo de los anillos de los papas que le han precedido, con la figura de san Pedro en la Barca y con el nombre del Romano Pontífice en su parte superior o circundante.

Tras la renuncia del papa Benedicto XVI, su anillo no se destruyó, sino que solamente se marcó con una cruz para anularlo de esta manera, anillo que él sigue portando hasta ahora, en tanto que para Francisco se elaboró un anillo nuevo en plata dorada, tal y como él lo pidió, anillo que porta en pocas ocasiones pues gusta más de usar el mismo de cuando era arzobispo de Buenos Aires.

En los tiempos de las monarquías era común que reyes y príncipes se arrodillaran ante el papa y besaran el Anillo del Pescador en un signo de humildad ante la figura del Vicario de Cristo en la tierra. Con los años, esta costumbre pasó, por imitación, a todos los fieles que gustan de presentar así este signo de reconocimiento de la autoridad pontificia y del servicio que presta a la Iglesia el “Siervo de los siervos de Dios”, como también se le reconoce al Romano Pontífice.

Por lo tanto, y en esencia, no se besa el anillo de Karol Wojtyla o el de Joseph Ratzinger o el de Jorge Mario Bergoglio; se besa, con amor y devoción, el Anillo del Pescador, del Sucesor de Pedro, del Vicario de Cristo.

El papa, al consentir este gesto, permite que esta muestra de amor y de cercanía llegue al Cielo porque es por Cristo, con Cristo y en Cristo, pues ese rebaño, que es la Iglesia, y que le ha sido confiado no le pertenece a él mismo sino al mismo Cristo, como Él mismo le expresó a Pedro con su Palabra: “Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: -cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá” (Jn 21,18-18).

La experiencia de haber estado ante la papa crece luego de besar el Anillo del Pecador, pues así se expresa que ya no se está ante el papa, sino que se está con él, que uno mismo forma parte del rebaño que le ha sido confiado, pues donde está el papa está Cristo, y donde Cristo está allí está su Iglesia, en la que hemos sido bautizados y en la que moriremos en fidelidad.