VER

Mensajes, comunicados, conferencias, informes, ruedas de prensa, discursos… en torno a la situación del mundo y del país.

De todo lo que recibimos y escuchamos en los medios, ¿qué representa, en realidad, una Buena Nueva? ¿Qué, de todo ello, es alentador y prometedor? ¿Quién, o quiénes, son mensajeros de esperanza y certidumbre?

La verdad se diluye, se pierde en el flujo de una información que no da razón de nada; sale de una voz sin fuerza, que no contagia ni seduce, y cae en el vacío de los oídos sordos, en la viciada escucha de los que acostumbran oír rumores.

ILUMINAR

Sube a lo alto del monte, mensajero de buenas nuevas… (Is 40,9). Estas palabras del profeta, proyectadas hacia el futuro, encuentran su cumplimiento en Jesús, el enviado del Padre, su predilecto, el ungido.

El bautismo de Juan, asumido por Jesús en el Jordán y, luego, propuesto por él mismo como proyecto de vida (vayan y bauticen…), rompe con los límites del ritualismo, marcados por la circuncisión, haciendo llegar la salvación a todos los hombres, por medio del agua que purifica y el Espíritu que transforma y fortalece.

La unción de Jesús con el Espíritu de Yahvé marca el principio de una humanidad ungida con Espíritu Santo y fuego (Lc 3,16); bautismo que nos regenera y renueva (Tito 3,5), y nos destina a ser mensajeros de buenas nuevas, defensores de la verdad y la justicia; enviados por Dios para consolar, hablar al corazón de los hombres y gritar que el tiempo de servidumbre ha terminado; a preparar caminos y construir, alzar la voz y anunciar noticias alegres (cf. Is 40, 1-5.9): ¡Aquí está tu Dios…! (Is 40,9).

La voz que llegó del cielo también baja hoy en cada bautizo y en cada creyente que dice al proyecto del Reino y al llamado del Padre: Tú eres mi hijo, el predilecto, en ti me complazco (Lc 3,22).

ACTUAR

Jesús fue bautizado y, después de ir al desierto, se adentró en la vida del pueblo y comenzó a predicar la Buena Nueva, curando, liberando, acogiendo… El bautismo no es sólo pertenencia a la familia de los creyentes, es iniciación y es, sobre todo, misión y compromiso; justificados por la gracia, nos hemos convertido en herederos (Tito 3,7).

Somos mensajeros de buenas nuevas, porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres y nos ha enseñado a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, para que vivamos ya desde ahora, de una manera sobria, justa y fiel a Dios… (Tito 2,11-12).