Además de asumir que con nuestras opciones personales logramos definir nuestro día final, como vimos en el Evangelio de ayer, para la llegada del Reino hemos de mantener nuestra petición, a semejanza de la viuda que nos presenta Jesús en esta comparación. Si ella logró con su insistencia que el juez injusto le hiciera justicia, tanto y más hará Dios con nosotros, que somos sus hijos, si clamamos a él día y noche.

Podemos leer en este texto que Dios desea reivindicar a los oprimidos, pero lo hará en correspondencia con el deseo de liberación y con la insistente petición de estos.

El adversario de la viuda es la injusticia encarnada en la institución judía, la misma que dará muerte a Jesús.

Los elegidos son los Doce y cuantos los van a seguir. Deben pedir a Dios que el sistema opresor caiga cuanto antes.

En el fondo de este Evangelio encontramos que Jesús duda de si los que lo siguen, incluso los más cercanos, los Doce, han modificado su percepción de la sociedad en que viven; si en verdad les nace el deseo profundo de justicia; por lo mismo se pregunta si cuando venga el Hijo del hombre, encontrará fe sobre la tierra. Y es que es fácil prever que no tendrán fe, porque no han roto de forma radical con la institución judía.

Si lo pensamos bien, nosotros vivimos de manera semejante a los seguidores de Jesús; sabemos que nuestra vida personal y comunitaria transcurre sumergida en toda clase de ideologías e injusticias, incluidas aquellas que se han institucionalizado. Sin embargo, parece que no se nota nuestro deseo de justicia. Es probable que por miedo al cambio, o por indiferencia y falsa comodidad, permanezcamos en la sombra oscura de nuestras propias necesidades. En tal caso nos falta el espíritu de la viuda. Es decir, el deseo de construir un mundo mejor, insistiendo a tiempo y a destiempo, con quien tiene el poder, para que mida la ley y la autoridad que se le ha dado con nuestro deseo de justicia.

Quienes seguimos a Jesús, tanto hoy como desde hace dos mil años, no podemos permanecer pasivos; en efecto, estamos llamados por Él mismo, en este Evangelio, a orar sin desfallecer, a no descansar hasta conseguir que nuestro mundo se libere de ideologías y leyes arbitrarias que nos oprimen, y a instaurar su Reino.

Oración:

Señor Jesús, me descubro cómodo e indiferente respecto del mundo en que vivo. Me da náusea aceptar que muchos, al igual que yo, preferimos padecer toda clase de injusticias y ver la opresión en nuestro entorno, que hacer algo por superar este mal. Haz crecer en mí el deseo de un mundo mejor. Que sin llegar a ser un líder social, yo me atreva a marcar una diferencia notable en mi pequeño mundo de relaciones profesionales, comerciales y de amistad, en las cuales emerja con claridad mi deseo de justicia, y mi compromiso por una sociedad más equilibrada, humana y fraterna.

Permite que junto con mi familia construyamos relaciones bien sanas, basadas en una justicia que se antoje; que con el ejercicio de tu doctrina social logremos contagiar del buen espíritu de la viuda a cuantos han perdido la esperanza. Y que nosotros, desde nuestro hogar, experimentemos que nos haces caso, no por nuestra molesta insistencia, sino porque nos amas. Amén.