Cuando seas convidado, vete a sentar en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: amigo, sube más arriba.

En el banquete del Reino de Dios no sirve el deseo de precedencia. Porque allá no depende sólo de nosotros estar o no cerca de Dios, sino del lugar que mejor nos conviene para participar. Al banquete, además de ir a recibir el alimento, el diálogo y el amor, vamos a aportar nuestro don con humildad. Por eso Jesús nos invita a renunciar a la ambición de honores como condición para entrar en el Reino.

Como vemos, más que una lección de buenos modales o de respetar jerarquías, Jesús insiste en que la actitud con la que asistimos al Reino de Dios sea de humildad.

Pensemos en nuestra relación con Dios; nosotros, en nuestra condición humana, muchas veces nos encontramos en el “último lugar”, participamos de una humanidad degradada por la infidelidad y el pecado. Pero Jesús viene a elevarnos. Nos eleva tomando el último puesto en el mundo: la cruz. Es desde esta humildad radical que Jesús nos redime; que hace que cualquier lugar sea bueno y apropiado para nosotros. Nos enseña, así, a buscar un lugar en el banquete de la vida, y en el banquete de Dios, desde la humildad y la gratuidad.

Si en el banquete continuo que representa nuestra vida sufrimos de cualquier cosa, incluso de la indiferencia, la duda, las ofensas y otros padecimientos, aprendamos que el banquete no ha terminado; que llegará el dueño de la fiesta, Jesús, quien nos está invitando y nos dirá: amigo, sube más arriba.

Oración:

Señor Jesús, permite que desde casa y en la asamblea dominical, ocupemos los mejores lugares, aquellos que tú nos asignas para bien nuestro y de los demás. Permítenos experimentar tu presencia y gozar humildemente de ser convidados.

Amén.