En un elocuente himno, san Romano el Melódico, Padre de la Iglesia, reflexiona en la maternidad divina de María, siempre virgen: “El padre de la madre, por decisión propia, se convirtió en su hijo; el salvador de los recién nacidos es un recién nacido en sí mismo, con cuna en un pesebre. Su madre lo contempla y le dice: -Dime hijo mío, ¿cómo plantaste tu semilla en mí? ¿cómo te formaste? Yo te veo, ¡Oh! carne mía, con asombro, ya que mi seno está lleno de leche y no he tenido esposo; te veo envuelto en pañales, y el sigilo de mi virginidad sigue intacto: tú en verdad lo has custodiado cuando te dignaste venir al mundo, hijo mío, Dios que eres desde antes de los siglos”.

Una antigua tradición del siglo VI refiere que cuando Herodes el Grande, rey de Galilea, “envió matar a todos los niños de Belén y de toda la comarca, de dos años para abajo” (Mt 2,16), conocidos en el martirologio romano como los Santos Inocentes, san José tuvo la precaución de refugiarse temporalmente junto con su Sagrada Familia en una gruta cercana a la gruta de la Natividad. Antes de emprender la huida a Egipto, que Dios encomendó a san José, la Virgen María amamantó allí a su divino bebé, y al caer al suelo unas cuantas gotas de su maternal leche, toda la roca de la gruta, que era rojiza, milagrosamente se tornó blanca.

Este venerable sitio de nuestro mundo, de roca calcárea suave y blanca, al que desde siglos se le ha llamado Gruta de la Leche, se localiza a 200 metros al sureste de la basílica de la Natividad, en la ciudad de Belén. En el siglo IV, en torno a la gruta se edificó una pequeña capilla en memoria de la Virgen madre que allí alimentó al Redentor.

Desde siglos, como sigue sucediendo ahora, los peregrinos que acuden a la basílica de la Natividad, en su travesía visitan también la capilla de la Gruta de la Leche, muchos de ellos en busca del polvo que se extrae al escarbar las paredes calcáreas de la gruta, pues estas partículas de roca, al mezclarse con agua se diluyen y hacen que el agua se torne blanca como la leche y adquiera su misma consistencia. A partir del siglo XIII proliferó el deseo de adquirir este polvo, y tal fue tal la cantidad que se extrajo, que la gruta cambió su primitiva fisonomía tanto como que el hueco original se convirtió en tres, de los que el central es el de mayores dimensiones.

En 1872, sobre el sitio donde estuvo la primigenia capilla se edificó una nueva iglesia, la que prevalece hasta ahora, proyectada por los arquitectos Louis Lions y Rovatti Chiara. Aledaño a la nueva capilla se construyó el monasterio de las Hermanas Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, que conecta mediante un pasillo interior con la Capilla del Santísimo Sacramento instalada al interior de la gruta, donde la Adoración Eucarística Perpetua es continua durante todo el día con la intención de orar por la solución del conflicto entre Palestina e Israel y por la paz en Tierra Santa y en todo el mundo.

El polvo que se obtiene de la roca es muy solicitado por mujeres, tanto cristianas como musulmanas, carentes de fertilidad o de lactancia, para beberlo disuelto en agua o espolvoreado en los alimentos en espera de que la Virgen Madre de Dios les obtenga un milagro. Los frailes de la Custodia Franciscana de Tierra Santa, custodios también de la Gruta, proporcionan generosa y gratuitamente el polvo junto con un instructivo que detalla la manera en que ha de tomarse junto con las devotas oraciones deprecativas. El folleto también pide a las mujeres que desean concebir un hijo, que al cumplirse el milagro lo notifiquen enviando la fotografía del recién nacido.

Año con año se reciben alrededor de 500 notificaciones de milagros, procedentes de diversos países, que se conservan en varios archiveros. Los más recientes se exhiben en un muro reservado al interior de la Gruta para tal propósito. Son millares de cartas de miles de esposos que atestiguan la naturaleza milagrosa del polvo que les ayudó a concebir a su anhelado hijo.

La Gruta de la Leche, en la Tierra Santa, es una reliquia que contiene una tierra que en sí misma es santa y que la providencia divina ha querido dejar en este rincón de nuestro mundo para enaltecer la maternidad como don proveniente del plan de Dios y para recordarnos que al concebir un hijo se recibe siempre un regalo que proviene del cielo.