VER

En la vida de las personas que ven el futuro como una oportunidad y como un destino que se forja a cada instante, están siempre presentes dos dimensiones que se integran a la historia de cada individuo: el antes (pasado) y el después (futuro). Entre una y otra hay una línea que divide y marca lo acontecido respecto de lo que está por venir y acontecer.

Cuando se toma la decisión de caminar hacia delante, lo mejor es no mirar atrás, o sólo recordar el pasado como advertencia, como enseñanza o como referente que nos da pautas para no equivocar el paso. A veces, la nostalgia, o el miedo a lo desconocido, nos obligan a voltear, queriendo vivir nuevamente lo ya vivido, navegar en un estado de nostalgia que nos oprime y nos deprime, como anclados a la angustia de la muerte, sin haberla alcanzado aún.

En nuestro proceso de creyentes sucede algo parecido: a veces libramos batallas con el pasado, que nos impide alzar el vuelo con libertad; la conversión, por ejemplo, es un camino donde beben quedar claros el antes y el después de la vida personal. La Cruz, inclusive, marca el límite entre la muerte y la vida, resaltando, sobre todo, que después de ella hay vida en plenitud. Pero esa misma Cruz, para muchos creyentes, representa un límite insuperable, que no les deja ver el horizonte más allá de la resurrección.

ILUMINAR

“Se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios”. (Hch 1,3).

Lucas sitúa a sus oyentes frente a Jesús resucitado, cuarenta días después de la Pascua, como simbolizando un camino en sentido inverso al de Israel en el desierto; el pueblo pasó de la esclavitud a la libertad, ahora se abre un camino, un proceso, que va de la liberación del pecado a la plenitud en del Espíritu:

“Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu santo”. (Lc 24,48-49 // Hch 1,4-5).

El bautizo de Juan marcó un inicio, que ahora queda en el pasado (antes), y será llevado a plenitud con un bautismo definitivo en el Espíritu (después). Para ello, es imprescindible comprender que la muerte en cruz no debe convertirse en el límite que nos deje en el pasado, porque, más que un límite insuperable, representa en realidad un parteaguas que marca el rumbo de la vida hacia el futuro; la resurrección ha superado esa trágica limitación. Jesús mismo veía esa angustia en sus discípulos y por eso les dio numerosas pruebas de que estaba vivo. (v. 3)

Jesús ha cumplido su misión en la tierra. Predicación, pasión, muerte y resurrección integran un panorama completo de lo que el Padre le había encomendado, para él no queda más sentarse a su derecha. Ahora es el turno de los discípulos y de todos nosotros: predicar el evangelio en su nombre.

“Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén…”, (Lc 24,46-47).

Predicar en su nombre presupone su ausencia (dentro de poco ya no me verán…; es necesario que yo me vaya…; cuando yo me vaya…), aunque no un abandono; Jesús se va, pero no nos deja huérfanos (Jn 14,18), envía al Espíritu paráclito prometido para que nos acompañara.

La Sagradas Escrituras y el evangelio en particular, han gestado una pedagogía de la no dependencia, que podemos encontrar con claridad, por ejemplo, en los envíos (vayan y prediquen…), en la libertad que Jesús deja a sus interlocutores para que ellos decidan, deduzcan o descubran (el joven rico, o los caminantes de Emaús), pero sobre todo en una expresión propia del evangelio de Juan: les conviene que yo me vaya (Jn 16,7).

La Ascensión, además de ser un momento de glorificación y epifanía, es un momento de despedida (me voy…) y de envío definitivo; de ahora en adelante los discípulos harán el camino solos, con el Espíritu del Señor en ellos, y asumir lo que sigue, un después impredecible:

“Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los últimos rincones de la tierra”, (Hch 1,8).

Poco a poco, toda la comunidad de discípulos se va «contagiando» de la fe en la resurrección. Esta nueva aparición de Jesús nos da idea de que fue un proceso que comenzó con unos cuantos –o cuantas– hasta llegar a convertirse en una vivencia de tipo comunitario… Así, la comunidad de discípulos termina todo un proceso formativo, recordando las palabras y los signos del Maestro durante su vida pública. Ellos y ellas quedan ahora habilitados para ser testigos en todo el mundo, comenzando por Jerusalén. (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Lc 36-53).

Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania;

levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía,

se fue apartando de ellos y elevándose al cielo.

(Lc 24,50-51)

ACTUAR

"¿Qué hacen allí, parados, mirando al cielo?", (Hch 1,11).