Estamos a punto de celebrar la solemnidad de la Ascensión del Señor (domingo 2 de junio), justo antes de otra gran solemnidad, con la que se concluye el tiempo Pascual: Pentecostés (domingo 9 de junio). Entre ambas hay una secuencia litúrgica y teológica coherente que da sentido, sobre todo, al acontecimiento de Pentecostés.

Esta vez centraremos la atención en la Ascensión del Señor, comenzando por aclarar el término y luego el significado de este particular acontecimiento.

No es lo mismo ascensión que asunción

  • Sucede que entre algunos creyentes hay una confusión entre dos términos: ascensión y asunción. No significan lo mismo y, aunque fonéticamente suenen parecido, no son términos homófonos (ni suenan igual ni significan lo mismo).
  • Como primera aclaración: ascensión se refiere a la acción de ascender (subir, elevarse) y está ligada a la figura de Jesucristo.
  • Como segunda aclaración: asunción viene del verbo asumir y ha sido utilizado en relación a la Virgen María (tenemos el Dogma de la Asunción de María, proclamado por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 y cuya fiesta celebramos el 15 de agosto).
  • La Ascensión del Señor es un acontecimiento narrado por Marcos y Lucas; lo encontramos en tres fuentes del Nuevo Testamento: Mc 16,19; Lc 24, 50-51 y Hch 1,9-11.
  • En cambio, respecto a la Asunción de María, no hay ningún texto de la Sagrada Escritura que describa el modo y el momento en que María fue llevada hasta el cielo en “cuerpo y alma”. Surge de la tradición y de la piedad del pueblo.

La Ascensión del Señor

  • Es una festividad muy antigua celebrada solemnemente por la Iglesia, pero no se tienen datos ni documentos que hagan evidente su existencia antes del s. V.
  • En sus orígenes, la fiesta se ubicó 40 días antes de terminar la cincuentena Pascual (50 días) con la solemnidad de Pentecostés. De ese modo, la Ascensión del Señor se celebraba el jueves de la semana VI de Pascua (justo a los 40 días después de la resurrección, siguiendo la tradición de Hechos de los Apóstoles 1,3).
  • Aunque en algunos países se sigue celebrando en jueves, 10 días antes de Pentecostés (Para este año, según el calendario litúrgico oficial, dicha celebración está marcada el 30 de mayo), algunas diócesis, como las nuestras, la trasladan al Domingo VII de Pascua, por razones prácticas.

Significado teológico de la ascensión

  • La ascensión de Jesús no se entiende si no está ligada al acontecimiento de Pentecostés.
  • ¿Por qué? Antes de que Jesús ascendiera a los cielos, encomendó, o confirmó, a los discípulos la misión de evangelizar y bautizar a todos los pueblos. Para que esto se lograra, según su proyecto, prometió enviarles al Espíritu Santo:

“Mientras comía con ellos, les encargó que no se alejaran de Jerusalén, sino que esperaran lo prometido por el Padre: la promesa que yo les he anunciado –les dijo–: que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados dentro de poco con Espíritu Santo”, (Hch 1,4-5).

  • Con la Ascensión termina el tiempo de Jesús en la tierra, para poder así regresar al Padre. A partir de entonces, iniciará el tiempo de la Iglesia con Pentecostés.
  • Ahora, la misión de los discípulos tendrá que llevarse a cabo sin la presencia de su Maestro, pero poniendo en práctica todo lo que él les enseñó. Tal como la había anunciado en el evangelio de Juan (16, 7):

…les conviene que yo me vaya. Si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor, pero si me voy, lo enviaré a ustedes.

  • La Ascensión del Señor no significa abandono, sino un estar entre nosotros de manera distinta, resucitado. Abre las puertas a la esperanza, pero nos pide que no nos quedemos parados, sin hacer nada:

… ¿Qué hacen allí parados mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”, (Hch 1,11).

La fiesta de la Ascensión nos recuerda que el Espíritu está por venir…