Fuimos llamados a vivir “La comunidad de Jesús”. Esperamos que cada encuentro, acreciente nuestro amor a Cristo y a los hermanos que vivimos de la comunión en Él. En nuestra nueva comunidad de Jesús, haremos un camino largo y maravilloso de encuentros con Él y con María, con sus discípulos y con la gran familia a la que pertenecemos desde el día de nuestro bautismo. Una familia que a lo largo de dos mil años se alegra y se inspira en los santos y los mártires, cuya sangre pervive corriendo entre nosotros como fuente inagotable de fe, de esperanza y de caridad.

Se enchina la piel de sólo imaginar nuestro ser de Iglesia y el camino que andaremos; nuestro origen remoto y a la vez inmediato en la fracción del pan, en la vigilia de Jesús, su muerte, su resurrección y luego, su espíritu en Pentecostés.

La figura de María y la de los discípulos reunidos en la primitiva comunidad cristiana (Hch 2,42) nos muestran no una postal del pasado, sino el lugar de nuestra más auténtica y viva comunión en Cristo.

El papa Francisco nos ha impulsado a renovarnos, a probarnos como Iglesia en salida y a realizar nuestra vocación de discípulos y misioneros. Considero que para mejor responder a su proyecto y de nuestros obispos, nos conviene empezar, en nuestras reflexiones, desde que nuestra Iglesia comenzó a constituirse. Allá con los primeros testigos, los pescadores de Galilea que ante el llamado de Jesús: "Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres", (Mc 1, 17; Mt 4, 19), respondieron llenos de asombro y novedad.

A nosotros igual, nos toca responder en la alegría de construir una nueva época del mundo y de nuestra Iglesia; para ello consideremos que —después de María que es el mejor espejo de Jesús—, nos llega la verdad entera de Cristo a través de la palabra y el testimonio de los apóstoles. Con ellos y por sucesión con los papas y los obispos, hasta el día de hoy vivimos el misterio de la perfecta comunión.

Veamos que no nos entenderíamos como cristianos sin vivir como Pueblo de Dios. Ante la afirmación liberal: Cristo sí, Iglesia no, de quienes interpretan que Jesús deseaba “El Reino de Dios” y no la Iglesia,[1] hay que entender que la misión de Jesús, hijo encarnado, es perfectamente “comunitaria”. No ha venido sólo para salvar individuos dispersos que pudiesen tener suerte de una conversión en el último momento de sus vidas, sino para unir a la humanidad, para congregarnos y para hacer de nosotros su Pueblo, el Pueblo de Dios.

Sería reductivo vivir el “Reinado de Dios” sólo al interior de nuestra alma, sin ningún compromiso visible con los demás. Por otro lado, hay que recordar que la misión última de Jesús es llevarnos a la comunión con él, con su padre y el espíritu. ¿Puede haber un argumento más claro para entender que mientras discurrimos nuestra vida de cristianos estamos llamados a vivir como perfecta comunidad de Jesús que es la Iglesia?

Este es el proyecto de Jesús. Y aunque él llamó a quien quiso y escogió a los suyos, desde el ámbito personal, quiso constituir el Pueblo de Dios, para reunirlo, purificarlo y salvarlo.

Jesús instituyó a los doce en “el monte”, el lugar donde Dios aparece. Esto significa que Jesús los eligió para que estuvieran con él, en comunión, y para enviarlos como testigos de que el Reino de Dios empezó a suceder — Mc 3, 13-16; cf. Mt 10, 1-4; Lc 6, 12-16—.

Como sabemos, el número doce conecta con las doce tribus de Israel. Esto significa que Jesús desea reinstituir el pueblo de Dios, sobre las expectativas judías. Israel esperaba la reconstrucción del reino temporal, Jesús elije a sus doce para introducirlos en comunión de vida y de amor con Él, para luego participarles de su misión: realizar el reinado de Dios con hechos y palabras — cfr. Mc 6, 7-13; Mt 10, 5-8; Lc 9, 1-6; 6, 13—.

Considero que tenemos que sanar el entre dicho de quienes desean una Iglesia individualista y ligera, llevándolos a entender que es la comunión con Dios en Cristo, la que nos salva, la que nos apersona con el padre y el espíritu. Así, podemos expresar: ¡Cristo sí, la Iglesia también!

Para terminar nuestro encuentro de hoy en la comunidad de Jesús, situémonos en la “Última Cena”, veamos que en ese acto maravilloso, Jesús fundó la Iglesia; la Iglesia de Comunión. Allí se dio así mismo para crear una nueva comunidad cuyo vínculo es la comunión con él mismo. ¿Se entiende? Nosotros somos comunión con Jesús y es desde esa comunión que los primeros discípulos reciben el poder de perdonar pecados — cfr. Jn 20, 23— y el poder de hacer discípulos a todas las naciones.

Y es desde esa misma comunión que nosotros somos Iglesia. Veamos que entre Jesús Hijo de Dios y nosotros, su Iglesia, no existe ninguna separación. Por lo contrario, vivimos de él, de su presencia en medio de nuestras casas y de la comunidad reunida en los templos, en nuestra vida sacramental y comunitaria. Vivamos de esta alegría, si Cristo está con nosotros ¿Quién en contra? Si estamos en comunión con él, es porque su Reino, el Reinado de Dios, está sucediendo, y a la vez vendrá.