El Evangelio refiere que estando Jesús clavado en la cruz “fue uno corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber” (Mc 15,36). La sed de Jesús dice mucho en dos palabras, “Tengo sed” (Jn 19,28), con las que manifestó la única queja de todo su dolor. En su agonía se cumplió la profecía: “En mi sed me han abrevado con vinagre” (Sal 69, 22). Mientras, el demonio se erguía orgulloso y satisfecho; nunca había visto así a Dios, sometido por su creatura amada hecha un verdugo.

En las Sagradas Escrituras, el vino simboliza el amor, como da cuenta el salmo expresando el excelso amor de Dios: “Unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa” (23,5), así como las compadecidas palabras de la Virgen María: “No tienen vino” (Jn 2,3), en apremiante petición a su divino Hijo porque la carencia de vino en la boda se entendería como ausencia de amor; y tras el milagro obrado por Jesús, el amor sobreabundó en ese vino que fue mejor al anterior. Así, en esa esponja empapada en vinagre, en vino corrompido, echado a perder, se ve la creatura humana frente al infinito amor de Dios respondiendo con un amor corrompido, amor apocado, echado a perder.

La santa Esponja fue hallada por santa Elena, madre del emperador Constantino, durante su incursión a Tierra Santa para rescatar los sitios sagrados, en el año 326. Al practicar excavaciones en el Gólgota encontró la santa Cruz, el Título de la condena, los Clavos, la Corona de espinas y la santa Esponja. Parte de estas reliquias, que llevó a Roma junto con la santa Escalera de mármol que colocó en el palacio Lateranense, las resguardó en el palacio Sessoriano, su residencia imperial de Roma, y otra parte las dejó en Jerusalén para que quedasen en la basílica del Santo Sepulcro, que edificó en el año 330.

Ya desde el siglo VII diversos documentos dan fe de la veneración de la que es objeto la santa Esponja, así como san Sofronio, monje y Patriarca de Jerusalén, que en el año 600 escribió: “y me regocijo al entrar al santuario espléndido, el lugar donde la noble emperatriz Helena encontró la madera divina; y sube mi corazón y se llena de un santo temor, ver la caña, la esponja y la lanza de Cristo”.

Tras la invasión a Jerusalén, del año 614, los persas hurtaron la Esponja y la Lanza, pero gracias a un acuerdo con el emperador de Bizancio, las devolvieron. La Esponja se envió, por seguridad, a Constantinopla, donde fue recibida con grandes honores el 14 de septiembre del año 629.

San Luis IX, rey de Francia, compró la santa Esponja a Balduino II de Courtenay, último emperador Latino de Constantinopla, y en 1239 la colocó en la Saint Chapelle de Paris junto con la Corona de Espinas.

Con los años, la santa Esponja ha sido dividida en partes, y aunque la principal se venera en la Saint Chapelle, también hay fragmentos en las basílicas de san Juan de Letrán, santa María la Mayor, santa María in Trastevere y la Santa Cruz de Jerusalén, en Roma. También en la catedral de Valencia, en el monasterio de El Escorial y en el monasterio de san Millán de la Cogolla, en La Rioja, España.

El trozo de la santa Esponja que se encuentra en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, en Roma, se venera dentro de un relicario dorado cilíndrico rodeado de seis columnas y rematado por una cruz.

El fragmento que se venera en la catedral de Valencia, fue obsequiado por el emperador de Bizancio, Manuel II Paleólogo, en el año 1400 a Martin I el Humano, rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña y conde de Barcelona, como recompensa por su ayuda contra la invasión sarracena. Se conserva en un relicario de plata sobredorada, con base en forma de estrella de seis puntas, un esbelto tallo y una esfera de cristal, esmerilada con adornos florales y rematada por una corona, que en su interior contiene a la santa Esponja. Por debajo de la esfera, un sello en lacre da fe de autenticidad.

Entre las varias confirmaciones de autenticidad, la más reciente es una carta hallada en el convento de la Madre de Dios de Baena, en Córdoba, España, en la que Vespaciano Gonzaga Colonna, virrey de Valencia bajo el reinado de Felipe II, en el siglo XV, tras la muerte de su esposa, Ana de Aragón, heredera de la reliquia, le escribe al papa san Pío V para informarle de su existencia y ponerla a su disposición.